Jueves, 15 de Noviembre de 2018

La isla a la intemperie

Puerto RicoEl Nuevo Dia, Puerto Rico 15 de noviembre de 2018

Un muchacho de nombre raro, Beryl, se hizo carne sobre la faz del milenario Atlántico y acá, en este todavía aturdido punto del ardiente Caribe, con un efecto similar al que causa la onda expansiva de una explosión, hubo un hondo estremecimiento

Un muchacho de nombre raro, Beryl, se hizo carne sobre la faz del milenario Atlántico y acá, en este todavía aturdido punto del ardiente Caribe, con un efecto similar al que causa la onda expansiva de una explosión, hubo un hondo estremecimiento. Cayeron como granos de un saco roto y rebotaron por los paisajes todavía desolados palabras que activaron resortes muy dolorosos de nuestra memoria colectiva: refugio, planta, agua, fila, supermercados, luz, "redundancia de sistemas", COE, otras.
De inmediato, se llenaron los supermercados, las farmacias y los puestos de gasolina. Se vieron hordas saliendo de tales lugares con agua para alimentar ejércitos y con latas de conservas suficientes para hibernar varias tormentas. Reaparecieron los candungos rojos de la gasolina de nuestros amores. Plantas generadoras fueron desempolvadas, aceitadas, prendidas, quién sabe si hasta abrazadas y besadas. El gobierno decretó estado de emergencia, dio libre a los empleados públicos.
Puerto Rico, a nueve meses y par de semanas del 20 de septiembre de 2017, estaba otra vez, mucho más rápido de lo que hubiésemos querido, con más intensidad de la que algunos podían haber imaginado, en "modo María". No importa que desde el primer momento se hubiese sabido que Beryl nació enfermo y muy débil y que, a causa de ello, no tenía prácticamente ninguna posibilidad de hacernos daño. Esa fue información que el país guardó muy en lo detrás de la conciencia; al frente estaba la herida todavía abierta, todavía sangrante, todavía dolorosa, de María.
No es para menos. Han pasado, hoy, nueve meses y 18 días de María, pero hay 60,000 compatriotas viviendo todavía bajo toldos; muchos otros miles no han podido llevar su casa al estado en que estaba antes de María; otros lo perdieron todo y no recuperaron nada; queda gente sin luz; hay incontables semáforos que no han vuelto a encender; se ven en las calles los negocios sin letreros; de los cientos de miles que se fueron, algunos han vuelto, pero la mayoría no; hay postes, verjas, paredes, aún en el suelo.
Las cicatrices físicas de María, en resumen, nos asaltan cada vez que salimos a la calle. Las otras, las emocionales, mucho más difíciles de reconocer y manejar, las tenemos impresas en el alma día y noche, no las podemos evadir ni en el sueño ni en la vigilia.
Los rostros atónitos. El recuerdo del rugido del viento. El estruendo de la destrucción. Los días o semanas sin saber de los seres queridos. Los ríos salidos de su cauce. Los campos arrasados. Las casas sin techo o inundadas. Los negocios destrozados. Las pilas de escombros. Las interminables filas.
La incertidumbre sobre qué se pondrá en la mesa cada una de aquellas largas noches. Los muertos. Los muertos que no querían contar. Los interminables meses sin electricidad. Donald Trump divertido tirándonos rollos de papel.
Cualquier evento de lluvia, que los ha habido desde el 20 de septiembre para acá, nos sacude las nostalgias. Se va la luz, aunque sea por un rato, lo cual pasa con demasiada frecuencia (pasaba también antes de María) y nos ponemos ansiosos. Nos hablan de un tal Beryl, nos dicen que es huracán y corremos a las tiendas a apertrecharnos de todo lo que imaginemos que vamos a necesitar.
Hay quien dice que los puertorriqueños tenemos síntomas de que lo que en la psiquiatría se conoce como "síndrome de estrés post-traumático" o PTSD por sus siglas en inglés. El PTSD es una enfermedad mental que puede afectar a quienes han experimentado o presenciado un evento traumático, como lo fue María. Algo que el paciente de PTSD asocie al evento traumático le puede traer temores renovados, palpitaciones, miedos, pesadillas, "flashbacks".
Algunos estudios que dicen que el PTSD se puede experimentar a nivel colectivo, sobre todo en sociedades que han vivido desastres naturales, guerras o genocidios. Es posible también que eso sea lo que está pasando en Puerto rico. Pero hay más.
Puerto Rico entró a la primera temporada de huracanes después de María con la certeza inviolable y dolorosa de que estamos mucho peor al ya grave estado que había cuando el 20 de septiembre de 2017 nos dio su caricia de bestia. A pesar de todo lo discutido, hablado, reclamado, implorado, visitado y explicado durante los pasados nueve meses, Puerto Rico no está ni cerca de estar preparado para enfrentar otro fenómeno atmosférico de gran magnitud.
El sistema eléctrico, por ejemplo, fue remendado a duras penas y está más frágil que nunca. Las regulaciones estadounidenses de asistencia prohíben que se mejore con dinero federal. Hay que dejarlo "igual que estaba", frase que no necesita más explicación para que se entienda su gravedad.
Lo mismo aplica a las miles de casas que fueron destruidas por María. Las familias que fueron ayudadas por FEMA (mucho menos de la mitad de las que solicitaron) solo recibieron, si fueron afortunados, lo suficiente para dejar su residencia "como estaba" antes del huracán, lo cual muy frecuentemente tampoco es la solución. En muchísimos casos, lo recibido no daba ni para eso. Además, donde quiera que uno mira hay quejas con el programa "Tu Hogar Renace", que está a cargo del Departamento de Vivienda de Puerto Rico y da ayuda para hacer las casas "habitables".
Al mismo tiempo, hay miles de personas todavía peleando con los seguros privados para que les cubran lo que ellos entienden que les corresponde.
Desde María hacia acá, Estados Unidos ha asignado a Puerto Rico $31,600 millones, una tercera parte de lo que el gobernador Ricardo Rosselló dice que fueron las pérdidas ocasionadas por el huracán. Pero hasta principios de junio, según un análisis de El Nuevo Día, solo se habían desembolsado cerca de $3,200 millones. La espesa burocracia federal, la desconfianza en los funcionarios de Puerto Rico, el empecinamiento en no reconocer que no se puede ver a Puerto Rico como se ve a cualquier estado rico de Estados Unidos, es inamovible, no sabe de PTSD ni de temporada de huracanes.
En fin, que, como puede verse, a los puertorriqueños no solo nos atormenta la memoria de lo que ocurrió. Nos atormenta también la certeza de que, otra vez, tenemos que enfrentar desnudos, indefensos y a la intemperie fenómenos naturales que son rutinarios en la zona del mundo en que vivimos. En estos días fue el triste Beryl, enfermizo y debilucho, quien nos tocó a la puerta para recordárnoslo. En las próximas semanas y meses, serán otros.
Se asusta cualquiera.