Miércoles, 14 de Noviembre de 2018

Guerra comercial

ChileEl Mercurio, Chile 13 de noviembre de 2018

Aunque la capacidad de Chile para influir en el desenlace de esta guerra sea ínfima, no lo es su efecto ejemplarizador.

Las amenazas de guerra comercial entre Estados Unidos y China se han hecho realidad, y ambos han subido sus tarifas al intercambio recíproco. Es una mala noticia para Chile y el mundo. Aunque lo sucedido puede ser estimado aún un hecho acotado, considerando la cantidad y relevancia de los productos afectados, la incertidumbre respecto de la duración e intensidad de esta disputa, así como la disposición que han mostrado las potencias para ejecutar sus amenazas, ofrecen un panorama inquietante.
Estas preocupaciones tienen dimensiones de corto y largo plazo. Su impacto sobre la recuperación de la economía mundial es incierto. Aunque muchos estudios dan cuenta de efectos directos acotados sobre la actividad, las implicancias financieras de la disputa ya comienzan a sentirse en muchas economías emergentes. La caída en los precios de las materias primas, la intensa depreciación de monedas de países en desarrollo y el ajuste en las bolsas son prueba de un efecto negativo que dista de ser irrelevante.
A su vez, la tensión actual hace surgir la preocupación sobre el verdadero compromiso de las principales autoridades mundiales con el libre comercio y la globalización. Este es el aspecto que reviste mayor gravedad. La integración comercial, no exenta de retos para muchos países, ha generado un mejoramiento sustantivo de la economía mundial en las últimas décadas, permitiendo a miles de millones de personas salir de la pobreza. En la medida en que esta disputa se circunscriba al corto plazo, sus efectos serán limitados. Pero si ello refleja un cambio en la evaluación de los beneficios de la apertura comercial por parte de Estados Unidos, China o la Unión Europea, los costos de largo plazo pueden ser significativos.
Este debate es particularmente relevante para Chile. La transformación económica iniciada a mediados de la década de 1970 tuvo como eje la apertura comercial y la integración al mundo. Lo que aparece como obvio para las actuales generaciones no lo era hace 50 años, y Chile fue precursor en el proceso de apertura en un continente que sufrió décadas de estancamiento y pobreza en un ambiente de aislamiento y proteccionismo. Las virtudes del libre comercio no han de ser olvidadas por el paso del tiempo, y las autoridades, académicos y líderes públicos deben aprovechar la coyuntura para fomentar un debate sobre la importancia que la integración al mundo reviste para el desarrollo en un país como el nuestro. Aunque la capacidad de Chile para influir en el desenlace de esta guerra sea ínfima, no lo es su efecto ejemplarizador en el medio latinoamericano respecto de los beneficios que el libre comercio ofrece.