Domingo, 23 de Septiembre de 2018

Tecnología en el aula, ¿un cacho más?

ChileEl Mercurio, Chile 23 de septiembre de 2018

El urgente cambio cultural en la sala demanda menos cachos y más innovación.

Terminaban los años 80 cuando en el Instituto Nacional llegaron los computadores. Una sala en desuso fue acondicionada para recibir las joyas y un emprendedor profesor se hizo cargo del cacho: definía horarios de operación, aseguraba funcionamiento de máquinas y convencía al resto de incrédulos colegas de la importancia de la incipiente revolución. Todo para instruir a los estudiantes en lo que serían las habilidades del futuro. Se enseñaba logo , un lenguaje de programación educacional que permitía mover una tortuguita en la pantalla en base a comandos. ¿Efectividad de la iniciativa? En perspectiva, fue como participar en un capítulo de Los Picapiedras. A nadie la experiencia le cambió la vida.
La transformación de la enseñanza a partir de la tecnología es realidad en países que se tomaron en serio la nueva revolución industrial. A la distancia impresiona la masiva presencia de pizarrones inteligentes, computadoras y tablets en las escuelas. Desde cerca, lo realmente sorprendente es el cambio cultural que se instaló en las salas de clases. ¿Aprender a programar? Ese ya no es el punto. La apuesta actual es aprender matemáticas con scratch , comunicación creando un p odcast , geografía con Minecraft , robótica con piezas de Lego . En el fondo, se integran los avances a todos los ramos, siempre fomentando el trabajo en equipo y el desarrollo de habilidades blandas, nuestras ventajas comparativas frente a las máquinas. El cambio cultural es total.
¿Cómo se subieron los docentes al carro de tal transformación? Primero, asegurando que la incorporación de tecnología no fuese un cacho más. No se sumaron responsabilidades burocráticas a los maestros, sino que se redujeron. Luego vino un trabajo constante de capacitación, no en la utilización de una planilla de cálculo o procesador de texto, sino en el uso de recursos disponibles para mutar las prácticas educativas. El proceso fue lento, pero los logros educativos, el convencimiento de los padres y políticas bien orientadas sostuvieron los cambios.
Y con el progreso vino la innovación. En los Estados Unidos, por ejemplo, los docentes preparados, con tiempo para planear y libertad para enseñar, son grandes consumidores de las nuevas plataformas digitales de aprendizaje. Por eso, si bien se guían por un currículum, van adaptándolo con el constante cambio tecnológico. Eso cierra el círculo: un maestro que se reinventa día a día es un modelo a seguir para estudiantes que estarán obligados a hacer lo mismo en su vida profesional. Así la innovación promueve el progreso.
En Chile se avanza, pero hay que apurar el tranco e innovar. Es esencial que la incorporación de la tecnología en la enseñanza no sea percibida por los maestros como un cacho más. Quienes tienen hoy 30 o más se ilustraron computacionalmente a paso de tortuga en parte por eso. Las nuevas generaciones no pueden darse ese lujo.