Viernes, 14 de Diciembre de 2018

Sobreviví para aprender a caminar otra vez

ColombiaEl Tiempo, Colombia 13 de diciembre de 2018

JAVIER BORDA - PARA EL TIEMPO @javieraborda
Las luciérnagas volaron y encantaron al sujeto, que se sorprendió con su luz

JAVIER BORDA - PARA EL TIEMPO @javieraborda
Las luciérnagas volaron y encantaron al sujeto, que se sorprendió con su luz. Ojalá así comenzara este cuento, pero en realidad es el inicio de una historia que aún no termina. Las luciérnagas eran las luces de un vehículo que casi me mata la noche del 6 de enero del 2014. Al conductor victimario lo vamos a conocer en estas líneas como el innombrable. De 23 años, lozano, trigueño, iba a unos 140 km/h en un Mercedes-Benz C200, adelantando carros en la autopista Norte de Bogotá como si estuviera en un videojuego, sin miedo a la imprudencia. A las 10 de la noche ‘ganaba’ su carrera contra la sensatez, hasta que embistió el carro que yo manejaba, un Chevrolet Aveo, en la calle 187. Una imagen no siempre vale más que mil palabras. Las fotos que se ven en esta página alcanzan a describir lo fuerte del impacto material, pero no el personal. Salir con vida de semejante choque fue un milagro. Y si bien mi esposa, la copiloto, no sufrió lesiones de consideración, sí hubo un daño mucho mayor. Sin conciencia de lo ocurrido, espabilé solo 72 horas después en el hospital, en una cama cómoda, aunque sin poder mover las piernas. De mi cadera salía un ‘tutor’, el mejor eufemismo para un milagroso aparato que unía los huesos de mi cadera y pelvis, prácticamente destruidas. "Volver a caminar depende de usted", me dijo el doctor. Y yo constaté entonces la rebeldía de mis piernas y pies inflamados, amoratados, que no me hacían caso. El anillo pélvico se dañó; tuve fractura del acetábulo izquierdo, la columna y el reborde anterior; el nervio ciático derecho también se lesionó. Sufrí otras fracturas menores, ulceración en el párpado derecho, trauma en los tejidos blandos y osteomuscular y, lo que mencionaba antes, la pérdida del control motor de las piernas. Es decir, lo peor. La primera recuperación Es una desgracia que la atención a una persona en Colombia dependa de cuánto tenga en sus bolsillos. En mi caso fue fundamental contar con medicina prepagada. El dinero del Soat literalmente se esfumó con las primeras intervenciones en la clínica. Por fortuna, hubo cómo pagar. Gracias a Dios, la ambulancia llegó rápido tras el choque. Gracias a Dios, mi esposa pudo llamarla desde el teléfono que un solidario testigo le prestó. La familia fue una gran acompañante en el proceso de recuperación. También la morfina y el tramadol, debo decirlo. Todo dolía, y el espejo espantaba: apenas podía mover un poco el cuello y los brazos, me aterraba un corte de 10 centímetros en la frente, me aquejaban politraumatismos en todas partes, vestía unas medias-pantalón para evitar una trombosis y me habían unido a una sonda porque ni siquiera podía ir al baño por mí mismo. Pasé 17 días en la Fundación Cardioinfantil. Había estado "a cinco minutos de morir", según dijo el médico que me recibió en el hospital. Me quitaron el tutor el 13 de enero, según constata la historia clínica, y dos días después "se registró una movilidad adecuada en los dedos". El primer paso era imposible darlo; mi primer paso, irónicamente, solo era ponerme de pie. El 27 de enero salí del hospital en silla de ruedas, pero con una sonrisa enorme. La motivación y el optimismo fueron vitales para levantarme. Aunque el dolor seguía, la sola posibilidad de volver a caminar mitigaba el sufrimiento que había causado el innombrable. A pesar de lo exigente que fue aplicarme todos los días inyecciones en el estómago, pedir ayuda para ir al baño, no poder dormir, tomar todos los días decenas de medicamentos o sufrir de hipersensibilidad en las piernas, la esperanza fue el motor del progreso. Siempre se aprende A los 32 años debí aprender nuevamente a caminar. Y es difícil que a esa edad deban explicarte cómo hacer algo que para ti siempre fue natural. Es raro. Permanecí tres meses en una cama antes de poder iniciar el plan real de volver a marchar. En casa empecé trabajos de fortalecimiento muscular y reacondicionamiento físico con una fisioterapeuta. Un mes después del choque (estrellarse a alta velocidad no es un ‘accidente’, sino una imprudencia) logré apoyarme en las dos piernas. A los dos meses conseguí ponerme de pie, siempre con el apoyo de muletas o de un bastón. La fisioterapeuta que me visitó fue útil, pero lo cierto es que debí ir a un centro especializado. Fue muy decepcionante que las terapias que necesitaba no me las hubieran aprobado en un comienzo porque, en palabras institucionales, no eran "urgentes", pero, después de una queja pública, la prepagada aceptó cubrirlas. Con estas terapias especializadas todos los días, más reacondicionamiento físico, sesiones psicológicas, fortalecimiento muscular, masajes de relajamiento, masajes para acabar la hipersensibilidad, terapias con agua, terapias con calor, estiramientos y con mucha paciencia, el mundo propio volvió de a poco a su lugar en medio año. Un paso, dos pasos, medio trote, una carrera... Volver a empezar Como aprendí a caminar por segunda vez, regresé al trabajo, viajé, reí, lloré. ¡Viví! Me prohibieron jugar fútbol, así que intenté el tenis. Sin embargo, en un aspaviento, el dolor aumentó y fue necesaria otra operación. En junio del 2015, un año y medio después de sorprenderme con aquellas luciérnagas en el espejo retrovisor de mi carro -mejor dicho, las luces del auto del innombrable-, me retiraron los tornillos y todo lo que me habían incrustado en los huesos para arreglar la pelvis, la columna y la cadera. Como anécdota, un tornillo se rompió y se quedó en el esqueleto, creo yo que para siempre. A la vez, me hicieron una artroscopia en la pierna izquierda. Fueron otros dos meses de incapacidad, de estar en cama. Nuevamente debí hacer terapias y repetir el ‘cuento’ con pequeños pasos, medicinas, persistencia, optimismo y dolor. Por tercera vez en la vida, aprendí a caminar. Las radiografías mostraron que mi cadera parecía ya la de un adulto mayor y dictaminaron que en algún momento tendré que hacerme un trasplante de cadera. Como periodista, espero que esa noticia nunca llegue. Mientras tanto, escribo estas líneas. Trabajo, voy al gimnasio, evito los ejercicios de choque, me tomo una cerveza; todo es normal, más allá de una molestia que persiste en la cadera izquierda. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, dicen. Hace pocos días tuve que ir a un funeral. El tío de mi esposa fue atropellado por una moto en la absoluta oscuridad de una vía que conduce a Mesitas del Colegio, sin luciérnagas a la vista, y falleció. Me dicen que yo estoy vivo de milagro. Y puede que sí. Veo las fotos, y lo evidencio. Cuando llegué a la clínica de urgencias, hace ya cuatro años y medio, mi corazón latía 18 veces por minuto. Muy poco para todo el frenesí que la vida puede dar. Usted también puede contar su Experiencia saludable. Envíela a los correos ronsua@eltiempo.com y josmoj@eltiempo.com.
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