Sábado, 23 de Marzo de 2019

Julian Barnes reúne sus escritos sobre arte

ChileEl Mercurio, Chile 22 de marzo de 2019

El narrador británico publica "Con los ojos bien abiertos", un conjunto de ensayos que da cuenta de su pasión por el arte y de su ya probado amor por la cultura francesa.

El novelista Julian Barnes (Leicester, 1946) llegó al arte por azar, por accidente, por extravío, porque sí. Estudiaba en París y allí comprendió que la modernidad también sucedía irremediablemente dentro de los museos y de las galerías, en las calles y en cualquier lugar donde el hombre pudiera decir lo que ama, lo que rechaza. Eran los años 60 y de la fogata de las vanguardias quedaba más que un surco de ceniza.
Ahí se enclavijó Julian Barnes, el escritor posmoderno, el lexicógrafo, el crítico de cine. Fue levantando una obra en paralelo a su narrativa, donde artistas, cuadros, esculturas y movimientos se hilaban con puntadas de talento, de reflexión certera, de asombro, de preguntas (sobre todo), de algunas luminosas certezas.
El material que despliega con entusiasmo está reunido en un volumen estimulante, "Con los ojos bien abiertos" (Anagrama). Ensayos sobre arte que tienen la francofilia como eje y que repasan algunos de los momentos (o creadores) principales de los siglos XIX y XX, ahí donde Barnes cifra su insistente foco de atención, encomendándose a sí mismo la singular tarea de gozar mirando.
Géricault es el primer convocado. "La balsa de la Medusa" (1819), con su drama, su escasa esperanza, su épica de náufragos, es casi un relato. Un relato extraordinariamente literario. Pero como hace a lo ancho de los ensayos reunidos, Barnes no se queda en la narración, sino que abunda en los destellos propios, en la libertad de lectura sin reverencia. A su manera. Ensanchando un cuadro, una zona o una mancha de la tela a capricho, sin perder la armonía de contar.
Delacroix, Courbet, Manet, Cézanne, Redon, Bonard, Vuillard, Valloton, Braque, Magritte, Oldenburg, Freud, Hodking... Son algunos de los convocados por Barnes. Y a cada uno le dispensa su sitio, lo enlaza con su tiempo y extrae su singularidad contra todo aquello que en el arte hay de prefabricado. No amplifica, sino que fija. Y tampoco condena a los artistas o sus obras al inventario de sensaciones inasibles ni a un hospicio de utopías alegóricas, sino al rigor de una forma de comprenderlos. La suya.
La selección es tan caprichosa como identitaria. No se escoge para dar lección, sino para remachar filiaciones. Para compartir estéticas. Aquí, la crítica de arte está descartada. El propósito es más excitante, más cercano. Barnes es demasiado lúcido para creerse propietario de una sola forma de mirar. Incluso, de una sola patente de error.
Antes que tesis hay aquí vida y "un triunfo del detalle relevante", dice. Porque saber de pintura es eso, fijarse en la superabundancia de lo que no se ve. Es algo más que describir lo visto para encontrarle sentido al arte en medio de una catástrofe, de la placidez o de la nada.