Sábado, 20 de Abril de 2019

El Gobierno, de la negación y la parálisis a la reacción para recuperar espacio

ArgentinaLa Nación, Argentina 20 de abril de 2019

En la Casa Rosada temen una derrota electoral, y eso condiciona sus movimientos; están convencidos de que habrá un escenario de polarización con Cristina Kirchner

La épica del sacrificio no alcanza para ganar elecciones. Después de una etapa de negación y otra de aparente parálisis, el Gobierno empezó a reaccionar a la idea de que la derrota en las urnas es una posibilidad concreta. A Macri se le escurre el tiempo y su margen de maniobra es estrechísimo. Dejó de soñar con una reactivación redentora y, resignado a jugarse el poder atado a un plan económico impopular, recurre decididamente a las herramientas de la política, acaso las únicas que le quedan a disposición.
La primera urgencia fue reconstruir el espíritu de Cambiemos, una coalición sometida al desgaste interno y a las ofertas externas, sobre todo en lo que respecta a los radicales. El retorno decidido de María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta a la cocina de las decisiones abrió paso a la jugada más amplia de reconectar con los líderes de la UCR.
Las negociaciones de un paquete de medidas anticrisis significaron más una novedad por los actores que circularon por la Casa Rosada que por la magnitud de los cambios que se vienen. El propio gobierno tuvo que salir a desinflar las expectativas de que se anunciaría un nuevo plan económico. "No hay magia posible", volvió a decirles Macri a los dirigentes bonaerenses invitados a Olivos el viernes. Es así. No piensa correr sobre la cuerda floja del ajuste.
En la versión más realista, lo que presentará el miércoles será un compendio de buenas intenciones, que permita moderar el alza de precios en productos de supermercados, fomentar créditos al consumo y aplanar las subas de tarifas de servicios públicos. Una ayuda para pasar el otoño. Muy pocos en la Casa Rosada esperan que el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, consiga un permiso adicional del FMI para abrir un poco más la mano.
"Lo positivo es que se entendió la necesidad imperiosa de mostrar preocupación por las penurias de la gente. Es un giro fundamental", decía ayer un dirigente de Pro que venía bregando desde hacía semanas por una reacción en la cúpula del poder.
Macri soporta los peores registros de popularidad de su carrera. Perdió el respaldo de una porción importante de quienes lo votaron en el ballottage de 2015 y está amenazada la fidelidad entre los seguidores más duros.
Los informes de Jaime Durán Barba, de los que tanto se habló esta semana, confirmaron lo que por olfato repetían en la intimidad Vidal, Rodríguez Larreta y otros dirigentes del oficialismo. Hay bronca en la calle por el golpe al bolsillo y el desacierto en todos los pronósticos recientes del Gobierno. Cómo justificar que Macri haya dicho en el verano que "la inflación está bajando" y que el Indec se empeñe en desmentirlo. Esta semana se anunciará el índice de marzo, que estará entre 4 y 4,5%.
Con sus números, el gurú ecuatoriano sacudió el tablero, aunque la obviedad de las conclusiones despertó burlas de quienes no lo quieren. "Sacó un termómetro al mediodía en el medio del Sahara y comprobó que hacía calor", dijo un diputado cercano a Elisa Carrió.
Otra decisión táctica afecta al discurso oficial. La clave aquí y ahora es defender la "identidad", un concepto al que suele apelar el jefe de Gabinete, Marcos Peña, como un valor innegociable. Al menos hasta las primarias de agosto Macri le hablará al votante propio, a ese tercio imaginario que sigue confiando en el Gobierno.
La polarización -sostienen los estudios de Durán Barba- es un hecho inamovible, con la novedad de que Cristina Kirchner, en la orilla contraria a Macri, está más firme de lo habitual y tiene un techo más poroso. Puede ganar un ballottage.
La lógica de los dos extremos continuará -y en esto coinciden la mayoría de los consultores políticos que trabajan en la campaña- salvo que uno de los dos polos colapse. En esa lógica, el antimacrismo y el antikirchnerismo son dos pulsiones legitimadas en la sociedad que encontrarían una vía electoral alternativa si Macri o Cristina se revelaran incapaces de neutralizar al rival.
Cambiemos necesita defender su tercio. Para eso son vitales dos variables: que siga vivo el contraste con el pasado y que se eviten saltos bruscos en el dólar. La hipótesis de que la dinámica de la crisis que llevará al descontrol del tipo de cambio es el combustible inconfesable de la candidatura de Roberto Lavagna. Su proyecto supone un enfrentamiento final con Cristina y no con Macri, alimentado por exvotantes de Cambiemos que busquen un antídoto eficiente contra el regreso del populismo.
Cuando dice "no es no" a una primaria con Sergio Massa y Juan Urtubey, el economista es coherente con esa visión. No tiene sentido involucrarse en una interna peronista si se cree que los votos a conquistar están en el terreno contrario. "No hay lugar para una tercera vía porque nuestro polo no va a colapsar", retruca un hombre de la Jefatura de Gabinete.
Al menos las liquidaciones del campo y el comienzo mañana del nuevo sistema de subastas de US$60 millones diarios con los préstamos del FMI alientan la esperanza de un sosiego cambiario. ¿Alcanzará? El gran desafío es soportar el efecto Cristina. Si se confirma su candidatura, la presión sobre el dólar será crítica. Es un arma de doble filo para Macri: sin ella en el tablero, el plan de reelección quedaría amenazado de muerte por un peronismo sin prontuario; con ella, la inestabilidad económica podría espantar al círculo menos fiel de votantes de Cambiemos.
"¿Van a alcanzar 60 millones diarios cuando el mercado confirme que el regreso del kirchnerismo es una posibilidad real?", se preguntaban empresarios destacados en la cena que el lunes organizó el Cippec en la Rural. El fantasma de Cristina recorría el salón. Macri hizo todo lo que pudo para señalarlo. Somos nosotros o ella, fue su advertencia tácita al establishment.
En los despachos macristas subsiste la intriga por Cristina. Las apuestas coinciden abrumadoramente en que competirá por la presidencia. Pero no falta quien se pregunta si no ensayará alguna jugada sorpresiva. Por ejemplo, competir por la gobernación de Buenos Aires. ¿Por qué lo haría? Tal como sugieren las elecciones provinciales, la fuerza del kirchnerismo en el interior está menguando. En cambio, en Buenos Aires, y sobre todo en el conurbano, la salud de la expresidenta parece de hierro.
¿No sería razonable que ella buscara el triunfo en el distrito clave donde el peronismo no tiene candidato natural y otro dirigente con menos rechazo popular aspirase a la presidencia? ¿Gobernar la mayor provincia del país no sería un reaseguro de cualquier pacto que Cristina pudiera firmar con otro justicialista? Hoy son especulaciones que no se condicen con los actos de la expresidenta.
Otro foco que atrae miradas es el colectivo de los gobernadores, dueños de los votos en sus provincias y esquivos en la disputa nacional. El más escurridizo es el cordobés Juan Schiaretti, favorito para ganar la reelección el 12 de mayo. Lavagna espera ese acontecimiento antes de anunciar su candidatura. Sueña con que el Gringo empiece a alinear el peronismo anti-K en su favor. Pero mantiene la sospecha de que quizás un gran triunfo lo impulse a competir por la presidencia.
El Gobierno también tiene marcada en rojo esa fecha. Hasta entonces necesita garantizar el orden cambiario y mostrar empatía social para desalentar a los competidores. El Presidente pide confianza, pero son días frenéticos en los que emergió el miedo a perder. Un sentimiento indeseable, pero que en política suele ser más saludable que la temeridad y la soberbia.