Lunes, 23 de Septiembre de 2019

Guatazo gradual, guatazo igual

ChileEl Mercurio, Chile 23 de septiembre de 2019

El lago Villarrica lucía precioso

El lago Villarrica lucía precioso. Primero entró el dedito gordo al agua. Se congeló de inmediato, pero ya estábamos de traje de baño, así que había que apechugar. Le siguieron una patita, las rodillas. Las dudas aumentaron. Con el agua a la cintura, partes más sensibles activaron las alarmas. Había que dar marcha atrás. Los beneficios de la hazaña no compensaban el gradual entumecimiento. Desde entonces, el Villarrica se disfruta desde la orilla.
Existen al menos tres razones para implementar gradualmente una política pública: su complejidad, costos fiscales o incertidumbre del impacto. Chile ofrece ejemplos de cada una.
El programa Chile Crece Contigo combinó servicios de apoyo a familias y niños, entrega de información, seguimiento, coordinación de múltiples ministerios, entre otras cosas. Tal complejidad justificó su implementación gradual: partió en 161 comunas en 2007 y otras 181 se sumaron en 2008. Poco se conoce del impacto total (estudios muestran resultados positivos de algunos componentes), pero su pausado arribo probablemente ayudó a focalizar los esfuerzos donde se necesitaban más.
Distinto fue el caso de la gratuidad en educación superior. Aquí no fue su complejidad, sino el estratosférico costo fiscal lo que forzó una implementación gradual. Por cierto, los parches han demostrado el deficiente diseño inicial. Los ajustes podrían haber sido planeados e integrados en el monitoreo del programa, pero el voluntarismo pesó más. Total los recursos adicionales los pone el Estado al final.
Las dudas de los futuros efectos de una política pública son otra, quizás la peor, justificación para la gradualidad. La discusión en torno a una lenta reducción de la jornada laboral es un ejemplo. Dada la insípida flexibilidad que acompaña la idea del Ejecutivo, el daño sobre la creación de empleo, se apuesta, podría disiparse en el tiempo. ¿En dos o tres años? No, !ocho¡ Se infiere, entonces, que la idea puede ser costosísima. ¿Y los incentivos? No se han discutido. Imagínese dos trabajadores haciendo la misma pega, pero uno contratado en diciembre de 2019 y el otro en enero de 2020. ¿Se irá todos los viernes el primero una hora después que el segundo? ¿Qué dirá el sindicato al respecto? Y dado el alto costo que se augura, ¿no tendrá aún más incentivo la empresa para apurar la automatización de las labores productivas? Todo sugiere que a pesar de la gradualidad, sin flexibilidad real, la reducción de jornada puede ser letal. Y a diferencia de la gratuidad, en este caso los platos rotos los pagarán directamente las personas.
La lenta entrada al Villarrica permitió revisar los costos y beneficios de lo que parecía una buena idea. Desde fuera, la majestuosidad del lago hechizaba, pero la cosa fue distinta con las patitas en el agua. Por suerte hubo tiempo para arrepentirse. No será el caso de la reducción de la jornada. Una vez promulgada, no habrá vuelta atrás. Tal como está planteado, este improvisado guatazo dejará a muchos empleos con hipotermia total.