Domingo, 20 de Septiembre de 2020

Cuando el amor también es herida

ArgentinaLa Nación, Argentina 20 de septiembre de 2020

Silvia era hermosa, dueña de esas bellezas que capturan la mirada

Silvia era hermosa, dueña de esas bellezas que capturan la mirada. Era la esposa de un diplomático. Tenía tres hijas. A una de ellas le puso su mismo nombre, le dijo que tenía temple de guerrera. Que, lo sabía, era la que siempre la iba a defender.
María Silvia Esteve, esa hija, realizó una película, Silvia -estrenada hace unos meses en el sitio Puentesdecine.com-, que es bastante más que una indagación sobre la figura de la madre o sobre lo que podría significar ser "su" guerrera. Es un apunte al costado de una sospecha mayor: la de que va siendo hora de reescribir la famosa máxima tolstiana, y aceptar que ninguna familia está exenta de su propia, particular y secreta, cuota de infelicidad.
Lo que se cuenta en esta película es demoledor. Lo es, también, el modo en que se lo cuenta. Por la delicadeza de orfebre, por el pudor, por la brutal honestidad.
A simple vista, Silvia es un montaje de filmaciones familiares -VHS de los años 80 y 90-, fotografías y alguna que otra imagen deLo que el viento se llevó. Tras ese ensamblaje hay una historia de madres e hijas: una madre que no pudo o no supo maternar; Silvia, su hija, que haría de la maternidad el centro de su vida, y la directora y sus hermanas, cuyas voces en off intentan enhebrar los recuerdos de esa madre devota, fallecida abruptamente. Es, también, la historia de un matrimonio desdichado puertas adentro pero radiante en las grabaciones de video que Esteve escudriña, ralentiza, observa una y otra vez, en busca de una respuesta que nunca será definitiva.
"Mamá admiraba a Scarlett O’Hara", dice la voz en off de la directora -o de alguna de sus hermanas; por momentos es difícil identificar quién es quién-, antes de aclarar que, al fin de cuentas, lo que motivaba al personaje central de Lo que el viento se llevó no era el amor romántico, sino la defensa de su tierra, de lo propio. Y aunque en un primer momento cuesta descubrir la cercanía de Silvia con aquella luchadora pero también egoísta y avasallante heroína encarnada por Vivian Leigh, a la larga se entiende: Silvia tenía talento, había estudiado abogacía y Ciencias Políticas, pintaba, componía música. Se había construido a sí misma por sobre una adolescencia marcada por el abandono del padre y el deterioro psíquico de la madre. En ese construirse sobre los despojos, se convirtió en la esposa ideal, en la estrella de los videos donde su marido la registraba caminando por el jardín de la casa, descendiendo de unas escaleras, impecable, bella y perfecta. Pero tras el cuento de hadas de tanta película casera germinaba una planta emponzoñada. Y la violencia y el desequilibrio que había creído superar, iban a reaparecer en ese hogar de maravillas.
Las hijas intentan recordar; sus propios rostros infantiles, captados durante algún fin de año o algún festejo escolar, son el acicate de la memoria. Descubren que no siempre recuerdan lo mismo, que no siempre escucharon las mismas versiones, que no siempre estuvieron en el mismo lugar.
Se hacen preguntas. Por qué mamá -piensan-, que había estudiado, que tenía encanto, que sabía manejarse socialmente, nunca dio forma a ningún deseo, salvo el de abocarse a las tres hijas. Por qué cuando empezaron las pastillas, el alcohol, la depresión y la violencia, nadie estuvo ahí para ofrecerle una salida.
Y está el pudor. El pasaje donde la película cuenta que, en una época especialmente tormentosa, una de las hijas se ocupaba, tras cada comida familiar, de esconder los cuchillos. Para evitar que los padres se lastimasen entre ellos. No hay muchos más detalles, ni necesidad de que los haya.
Vi Silvia este fin de semana neblinoso. Sentí el prodigio de su realización, la intensidad de su dolor. Y cómo no pensar en aquello que los álbumes familiares nunca dicen: que el amor que es amor, pero también es herida.