Domingo, 29 de Noviembre de 2020

La revolución de los primeros libros

ArgentinaLa Nación, Argentina 29 de noviembre de 2020

El mantra, mil veces oído, repite que la era de la Red es comparable a la revolución que hace más de cinco siglos produjo la invención de la imprenta

El mantra, mil veces oído, repite que la era de la Red es comparable a la revolución que hace más de cinco siglos produjo la invención de la imprenta. Hay mucho de cierto, aunque los tipos móviles de Gutenberg no solo sacaron del ostracismo los textos para multiplicarlos por el ancho mundo. Con su impulso jubilaron también a los códices, los copistas y otros etcéteras. La virtualidad, incluso con el inesperado espaldarazo de la pandemia, no alcanza en cambio a relegar a los libros físicos. Tal vez porque sin saberlo las dos culturas están obligadas a convivir largo tiempo por razones prácticas.
Un argumento atendible, fácil de constatar, en favor de lo impreso: ayuda a compensar la omnipresencia cegadora de las pantallas. A esa razón, tal vez se le pueda sumar una previsión psicológica inconsciente. La producción virtual, por muy bien que se la almacene, ni siquiera necesita de los 451 grados Farenheit -en que, según la novela de Ray Bradbury, se consume el papel- para imaginar su propia catástrofe. Depende al fin de cuentas de algo tan precario e inestable como la electricidad. En una novela reciente, Serverland, la alemana Josefine Ricks propone una curiosa retroutopía: un mundo en que todo lo digital se volvió chatarra y parte del pasado.
Más allá de las inevitables fantasías de estilo ludita, el reciente giro tecnológico puede compararse con ejemplos de estirpe similar al de Gutenberg. Es el que toma como objeto El infinito en un junco, el ensayo en que Irene Vallejo, una joven filóloga española, retrata con erudición contagiosa un sismo muy anterior: el surgimiento de los primeros libros en el mundo antiguo, mucho antes del papel propiamente dicho.
Fue aquella, bien mirada, una mutación más morosa y lenta, pero tan fundamental como la abierta por la imprenta. Quizá mayor, porque la segunda no podría haber existido sin la primera. Pesa, sin embargo, menos en el imaginario por los milenios de distancia y, también, por un detalle material: la endeblez de los soportes. El papiro no sobrevivía por lo general más de dos siglos, por no hablar de la fragilidad de las tablillas. De toda esa épica letrada, quedan más ecos y rastros que originales. Con excepción del doblete homérico -una historia aparte-, antes del siglo V a. C. solo se conservan fragmentos. El rollo de papiro de Sobre la naturaleza, que Heráclito depositó en el templo de Artemisa, en Éfeso, fue devorado por el fuego de un piromaníaco. Sófocles -ya en una época un poco posterior, mejor dotada para la supervivencia- escribió más de cien tragedias, pero a nuestro tiempo llegaron solo siete.
Vallejo pone a girar su ensayo alrededor de una cantidad fabulosa de información (empezando por la Biblioteca de Alejandría), pero me voy a detener en una página sobre el período clásico que revela un momento de ruptura clave. Fedro es -al menos para mí- el más intrigante de los diálogos de Platón: por su engañoso escenario bucólico (bajo un árbol, a la vera de un río, pero con las murallas de Atenas a la vista), pero sobre todo por su deriva temática, que pasa sin aviso de la belleza y el amor a la retórica y a la escritura. Sócrates, como se sabe, se negó siempre a escribir y en el diálogo explica su desconfianza ante la centralidad que empiezan a cobrar los escritos organizados. Las ideas de Fedro son complejas, pero digamos rápido que Sócrates (si no el real, el de Platón) no solo considera la escritura opuesta a la oralidad y nociva para el razonamiento filosófico, sino también un atentado contra la memoria. En vez de razonar, dice, los individuos van a empezar a repetir, a depender de algo externo. El temor socrático tiene una paradójica resonancia contemporánea, como compruebo cada vez que consulto en un buscador lo que debería recordar sin problemas. Pero, en el reverso, Sócrates no previó que lo escrito favorecería la duda y el pensamiento. La ironía actual, subraya Vallejo, es que sus críticas, acuñadas por Platón, se conservaron en lo que hoy es un libro. Que es donde probablemente termine a la larga por recalar -como ya ocurre, ¡ay!, con legiones de influencers- una parte de la virtualidad.