Lunes, 30 de Noviembre de 2020

Entre arrieros e incas en la cordillera del Maipo

ChileEl Mercurio, Chile 29 de noviembre de 2020

Una semana de trekking en la cordillera del cajón del Maipo permite descubrir no solo fascinantes lagos y glaciares, sino también vestigios prehispánicos y huellas de la cultura arriera que conoció como pocos estas montañas. Por Paula López Wood . Fotos: Cristian Donoso Christie .

E n la cordillera del cajón del Maipo, las hileras anaranjadas de dedales de oro apuntan al sol del mediodía. Esas flores silvestres se mueven con gracia, a diferencia de nosotros, que caminamos cargados como mulas, con más de 20 kilos en las mochilas, por una senda de animales que encontramos entre los poblados de El Melocotón y San Alfonso.
"Otra cosa es con guitarra", suele decir la voz popular, y vaya que el dicho cobra sentido a medida que ascendemos por el filo oriental de la quebrada La Calchona. Habíamos hecho este trayecto en varias oportunidades, por el día, para dar con un paso que conectara con el sector alto de la meseta. El mismo paso que ahora creemos haber visto a través de un nevero, así que partimos con carga suficiente para una travesía de una semana por la cordillera del Maipo. Si todo sale bien, podremos documentar antiguas sendas de arrieros y un posible ramal del camino inca identificado en estudios arqueológicos en el entorno del portezuelo Peladeros, para -después de casi 50 kilómetros de caminata- desembocar en la laguna Negra y el embalse El Yeso. Y si bien nos entusiasma imaginar todo lo que viviremos, de momento la concentración está puesta en paliar el calor insufrible del mediodía que seca cada vez más esta senda abrupta.
Primeros andinistas
Tras una hora de marcha, nos hidratamos en el estero La Calchona antes de continuar el ascenso. Hay aquí un arroyo cristalino que forma pozones en los que es posible sumergirse.
Sabemos que hasta alcanzar los neveros del filo cumbrero, no habrá más agua disponible.
El origen de este precioso estero -al cual se puede llegar tras una hora de caminata desde el poblado de El Melocotón- está en el cerro Peladeros, una montaña cuyo hombro poniente debiésemos alcanzar al día siguiente, y donde se encuentra el primer hito inca a identificar.
Por ahora nos maravillamos con las laderas de la quebrada que muestra enormes cactus como candelabros y abundante pasto con espinos floridos. Incluso vemos una construcción de cemento demolida, vestigio de un antiguo criadero de chanchos. Pero presencia de ganado, nada. Solo un puñado de caballos sueltos y las huellas del abandono.
Hace no mucho, por aquí transitaron arrieros con sus tropas de cientos de animales. Así nos contó Alfredo Caña, oriundo de San Gabriel y gran conocedor de esta ruta, quien, antes de partir, nos orientó con algunos consejos, como pircas que tanto él como sus antepasados usaron para "arrancharse" en la montaña cuando andaban en las veranadas.
Caña heredó el oficio de su abuelo, quien -según dijo- podía cargar cada mula con hasta 200 kilos para ir al otro lado de la frontera, en Tunuyán, Argentina, y hacer "cambalaches" con jabones y charqui. Pero cuando el trabajo con los animales dejó de ser rentable, dada la privatización de predios y la llegada de otros medios de carga que reemplazaron el uso de mulas, Alfredo Caña y los demás arrieros del cajón del Maipo tuvieron que reinventar su oficio. Por eso ahora se dedica a construir muros de piedra de contención en el sector El Ingenio.
"La cultura de los arrieros se está acabando -dijo Caña-. La mayoría de la gente ya no puede trabajar sus animales. Antes, el transporte de materiales hacia los cerros, como las partes de una antena o el cemento, se hacía con mulas. Hoy se han reemplazado con helicópteros. Además, tenemos el peligro del puma, que si se come los potrillos perdemos la temporada. Los pocos que tenemos animales, que no son más que 2 o 3 caballos, los usamos para hacer viajecitos, para llevar víveres y carpa a turistas".
El oficio del arriero es solitario, pero la adaptación a nuevas fuentes de sustento ha llevado a estos sabios de la cordillera -acaso los primeros andinistas, junto a los pueblos indígenas que circularon por este lugar- a desarrollar habilidades sociales. "Nuestro único contacto en la montaña era con las mulas y los materiales, pero ahora hay que tratar de conversar con la gente, contarles cómo se llaman los sectores, los lugares más bonitos", explicó Cañas.
Es lo que hizo también con nosotros, dos entusiastas caminantes de la montaña, al explicarnos que, por ejemplo, el cerro San Gabriel es llamado por los arrieros "morro de las cabras", ya que estos animales suelen arrancarse a su cumbre con abundante pasto. O que el sector del glaciar Echaurren -que circunda la laguna Negra y a donde tendremos que llegar al final de nuestra travesía- se conoce como "rincón negro", por el colorido de sus rocas.
Una toponimia no oficial a la que solo es posible acceder conversando con estos conocedores.
Hacia arriba
Atrás quedan los nogales, el bosque de quillay, peumo y bollén que antaño se sobreexplotó para la leña. Sobre los 1.800 metros de altitud, la vegetación muta a arbustos y champas de montañas. También pasamos empinadas moles blancas de texturas descarnadas y agudas, arduas y estratificadas, que en algunos sectores hay que sortear con cortos pero no menos desafiantes pasos de escalada.
Las sombras se alargan y percibimos con detalle rasgos de un camino que alguna vez debe haber sido altamente transitado. Nos sorprende ver unos muros de piedra construidos a pulso, que sostienen un tramo del sendero que pasa sobre un precipicio. Más tarde sabremos que, décadas atrás, por aquí bajaron las mulas con grandes cantidades de piedra laja para la fabricación de pisos de terrazas que, con la modernidad, sería reemplazada por baldosas y cerámicas, haciendo del oficio de los lajeros del valle del Maipo algo que ahora solo vive en el recuerdo.
Cuando por fin flanqueamos el nevero, el paisaje cambia radicalmente. Hemos cruzado un umbral que nos transporta hacia la meseta de alta montaña. Ingresamos a una preciosa vega con vista al majestuoso cerro El Plomo. Observar su oculta cara sur nos emociona: da la sensación de estar en el reverso de una montaña tantas veces vista desde el valle de Santiago. Ya no escuchamos el ruido de vehículos que andan a toda velocidad por el sinuoso camino al Volcán; tampoco las ramas mecidas por el viento ni jilgueros que cantan al atardecer.
En cambio, sobre nosotros ahora rige el silencio y vuelan cóndores y bailarines que buscan su presa.
Geografía sagrada
Si el día anterior avanzábamos por una huella única y definida, las sendas ahora se abren en todas direcciones sobre un terreno movedizo que hace dudosa nuestra marcha. No es difícil desorientarse con estos caminos que parecen no llegar a ninguna parte. Para sumar incertidumbre, al superar los 2.500 metros de altitud el paisaje se cubre de nieve, lo que hace aún más difícil saber por dónde van las huellas de arrieros.
La falta de oxígeno a más de 3 mil metros dificulta el tranco: se vuelve más torpe. De pronto se hace fundamental el radar de la intuición, como también la revisión constante de las imágenes satelitales de Google Earth y la carta del Instituto Geográfico Militar que llevamos. Pero en esta travesía exploratoria, las curvas de nivel muchas veces no logran describir con exactitud lo que hay en terreno.
La ruta que ideamos desde la comodidad del computador termina siendo una mera proyección que no siempre calza con la realidad. Como los arrieros que buscaban las huellas de sus animales, nuestra tarea también es detectivesca. Dar con signos en la naturaleza que enseñen el rumbo más adecuado. ¿Será mejor subir por este filo lleno de nieve, o continuar por la quebrada? ¿Preferible alcanzar esa cota y tener una vista más amplia, o cruzar el nevero para acortar camino? Por lo general la respuesta es aventurarse y probar.
Y en eso cae la tarde. Apenas hemos comido y urge detenerse. En un refugio de piedra improvisado encontramos una "choca" oxidada, esos recipientes que usaban los arrieros para calentar agua. Es evidente que no somos los primeros en transitar este lugar y, tras recuperarnos, seguimos. Una hora más de caminata entre inmensas rocas coloradas que parecen seres vivientes y alcanzamos una meseta más alta, donde nos llama la atención un alambrado que deslinda dos fundos en la ladera oeste del cerro Peladeros. Decidimos armar campamento ahí.
Estamos en eso cuando vemos una estructura de grandes piedras en forma de medialuna. Es el primer hito que buscábamos: vestigios que podrían formar parte de la huaca inca cerro Peladeros -según estudios arqueológicos, el adoratorio de montaña más austral del Tawantinsuyu- y que podría haber estado localizado junto a un ramal del Camino del Inca que comunicaba al valle central con la localidad argentina de Tunuyán a través del portezuelo de los Peladeros. De hecho, en este mismo sector, andinistas como Sergio Kunstmann encontraron en los 80 centenares de fragmentos de cerámica imperial inca.
Nuestra llegada a este pequeño recinto semicircular coincide con el fin exacto del invierno. Estamos aquí, en este misterioso lugar, en pleno equinoccio de primavera. Podemos avistar las grandes moles de los cerros El Plomo -donde está el reconocido adoratorio incaico-, Tupungato y Piuquencillo; también parte del valle de Santiago y el curso del río Maipo. Esta panorámica nos hace pensar que podría ser un sitio idóneo y estratégico para un adoratorio. También llama la atención cómo a nuestro alrededor se alza toda una toponimia religiosa de cerros, esteros y poblados que rodean a la huaca: están los cerros San Lorenzo -santo que es patrono de la minería en Chile-, San Gabriel, San Pedro Nolasco, San Nicolás y San Francisco, además de los pueblos de San Alfonso y San José, tal vez como una manera de redefinir un culto anterior.
Canteras de altura
Continuamos al este por una sucesión de quebradas y lomajes nevados que, al acercarnos a la base del Piuquencillo, nos sorprenden con grandes piedras diseminadas, fragmentos de montaña arrastrados por un derrumbe.
Tras diez horas por una nieve dura que nos obligó a usar crampones en algunos pasos con pendiente fuerte, alcanzamos la base del portezuelo de los Peladeros. Decidimos montar campamento en el único sector libre de nieve. Cual sería nuestra sorpresa cuando, al despejar las piedras para armar la carpa, encontramos diversos tipos de lascas, herramientas de piedra labradas que daban cuenta de que estábamos en medio de una antiquísima cantera lítica. Tal vez miles de años atrás otro grupo de humanos encontró aquí, como nosotros ahora, un lugar propicio para aprovisionarse de herramientas y descansar después de un largo trayecto.
Sol intenso y nubes como plumas nos acompañaron en el cruce del portezuelo, con vistas tan maravillosas como los días previos. Sobre todo cuando apareció la cumbre piramidal de una enorme mole cubierta por un glaciar. Era el imponente Mesón Alto que, en sus escarpadas y afiladas rocas, sostiene nieves eternas que ni el sol ni nada parecen destruir. Tuvimos suerte de cambiar la vista hacia el norte, porque a unos cien metros y erguida sobre la nieve identificamos una nueva estructura circular que marcaba un hito de ocupación humana en la ruta. Otra vez una pirca -donde había una estaca de carpa oxidada- nos asombró por su posición estratégica.
Y tras una tediosa caminata que nos hizo avanzar hundidos hasta las rodillas en la nieve, por fin divisamos los esperados cuerpos de agua: las lagunas Negra y del Encañado y, más hacia el oriente, el embalse El Yeso. Cada una con sus tonos y entorno distintivo, la belleza de ese escenario nos recordó la palabras del intendente Benjamín Vicuña Mackenna, cuando en 1873 viajó con una comisión de ingenieros a explorar estas lagunas con el propósito de encontrar nuevas fuentes de agua para el valle de Santiago: "Un tesoro perdido al alcance de la mano", las describió en su Esploración a las lagunas Negra y del Encañado en las cordilleras de San José i Valle Yeso . Décadas más tarde, el andinista Kurt Klemm, en El baqueano del alpinista chileno de 1934, las identificaría como "los lagos más hermosos que existen en la cordillera central".
Lagos escondidos
Para el descenso, si bien habíamos identificado un número considerable de huellas de animales en dirección al sur, en ese rumbo las cartas mostraban un abrupto desfiladero de rocas gigantescas que separaba al sector alto de la meseta, donde caminábamos, del valle del Encañado, hacia donde debíamos dirigirnos.
Para superar ese desnivel libre de riesgo tendríamos que hacer un largo rodeo, caminando por nieve honda, que tomaría un día entero. Solo pensar en esa fatigosa ruta, que pasaba junto al cerro Echaurren, nos hizo desistir y fantasear con que, tal vez, si seguíamos las huellas de esos animales, eventualmente daríamos con una bajada que los mapas hasta ahora no mostraban en absoluto. Así que eso hicimos.
Las cumbres agudas que circundaban el escenario que veíamos se hicieron imponentes. También el viento gélido y las nubes.
Caminamos en silencio por horas y el atardecer nos encontró en una abrupta y estrecha quebrada que, por primera vez, nos hizo desconfiar de nuestro instinto. Al enfrentar un precipicio vertiginoso, con la noche cayendo sobre nosotros, decidimos echar marcha atrás. Mientras armábamos campamento sobre un filo ventoso, nos dimos cuenta de que un gran derrumbe había caído sobre el borde oriental de la laguna Negra, sector por donde pensábamos cruzar para seguir al portezuelo la Paloma y desembocar en el río Colorado.
Esa noche, la más fría de todas, la montaña nos recordó que no es nuestro deseo, sino ella quien domina y escribe los designios de este territorio.
Fuimos afortunados al día siguiente, al hallar una quebrada oculta que nos permitió bajar bastante rápido al valle del Encañado. Después de 5 días en plena cordillera, volvíamos a ver arroyos cristalinos serpenteando hasta cascadas; patos con sus crías saludando la primavera; vertientes tapizadas de musgo que contrastaban con la árida roca donde nacían. El del Encañado es un valle ideal para el pastoreo y por eso fue natural ver tal cantidad de pircas y refugios de arrieros a lo largo del sendero que bordea el río, seguramente usados durante la época de las veranadas. Más abajo, la plácida laguna cordillerana servía de refugio para decenas de especies de aves. Ahí armamos campamento para subir la mañana siguiente la cuesta del Inca y alcanzar la laguna Negra.
Es desconcertante que esta, separada tan solo 50 kilómetros en línea recta de la ciudad de Santiago, se haya conocido de forma oficial recién en 1868. Hasta entonces, la Negra no aparecía en la cartografía. Solo cazadores de guanacos y uno que otro avezado arriero tenían conocimiento de esta laguna de más de cinco kilómetros de extensión que atrajo al intendente Vicuña Mackenna para evaluar utilizarla como fuente de agua para el valle de Santiago en vista de la fuerte sequía que azotó al país la segunda mitad del siglo XIX.
Tras encontrar la "roca del observatorio" en la ribera sur de la laguna Negra, donde Vicuña Mackenna retrató con su cámara oscura a toda la comisión de ingenieros, y dar con algunos vestigios como estacas oxidadas y restos de loza antigua, seguimos adelante. Nos hubiésemos quedado fondeados allí: este paisaje con su espejo cristalino rodeado de rocas blancas de formaciones fantásticas sin duda debe ser de lo más emocionante de la cordillera de Santiago. Pero había que seguir. Así que tras cruzar un acarreo avistamos una pequeña laguna de aguas estancadas y, muy cerca, una enorme estructura rectangular con muros de piedras apiladas con pircas circulares en su interior. Se trataba de otra instalación incaica, la más grande que habíamos visto. ¿Habrá más establecimientos incas en esta desconocida red vial cordillerana prehispánica? ¿Cuántos otros tesoros al alcance de la mano esconde este lugar?
Las preguntas se diluyen a medida que descendemos por el camino que nos conecta con el embalse El Yeso. Tras una semana de absoluta soledad, retornamos a la civilización.
En poco tiempo más, cuando la nieve desaparezca, los últimos arrieros llegarán para soltar sus animales y hacerlos pastar en lo alto de estas mesetas.