Lunes, 18 de Enero de 2021

Ensayos breves sobre una era cruel

ArgentinaLa Nación, Argentina 11 de enero de 2021

Lo bien que les sienta la no ficción a algunos autores

Lo bien que les sienta la no ficción a algunos autores. Es el caso de Valeria Luiselli, de quien acabo de leer dos obras reeditadas por Sexto Piso: Los niños perdidos (Un ensayo en cuarenta preguntas) y Papeles falsos. Escritas en momentos diferentes, una de ellas impregnada de un tono algo más urgente que la otra, destilan belleza, inteligencia, un preciso ejercicio de la mirada personal.
En Los niños perdidos, tras ese título que tiene algo de lejana fábula, un eco de aquella terrible Cruzada de los Niños medieval, Luiselli aborda una de las más atroces catástrofes que nuestra época supo conseguir: la continua sangría de migrantes centroamericanos que intentan llegar a Estados Unidos y el demoledor porcentaje de chicos y chicas de todas las edades que forman parte de ese tránsito desesperado.
La crónica de Los niños perdidos se hace en estricta primera persona. Luiselli es, ella misma, migrante. En 2014, el año en que comenzó a gestarse este libro, la escritora mexicana aún estaba tramitando los papeles que le permitirían trabajar y residir con tranquilidad en Estados Unidos. Por aquel tiempo realizó un breve recorrido, junto con su familia, por la zona limítrofe entre el país de origen y el país receptor. Territorio de sol abrasador, donde el estatus de "indocumentado" es apenas más suave que el de "ilegal", y donde el desierto -cuando no las balas humanas- se convirtió en un permanente devorador de personas ("Solo en el instituto forense de Pima County, en Arizona, se han registrado más de 2200 restos humanos desde 2001, la mayoría de los cuales siguen sin ser identificados", describe Luiselli).
A fines de 2014, un encadenamiento de casualidades llevó a la escritora a trabajar como intérprete en la Corte Federal de Inmigración de Nueva York. Se convirtió en el nexo bilingüe entre el sistema judicial norteamericano y los niños indocumentados que, tras pasar todo tipo de instancias previas, conservaban alguna mínima posibilidad de evitar la deportación. No era una simple traducción: Luiselli debía lograr que la fría letra de un cuestionario migratorio fuera comprensible a oídos de chicos -algunos realmente muy pequeños- que venían de ser separados de sus familias, que habían vivido infernales jornadas en el desierto, que antes habían viajado en el tren conocido como la Bestia. Luiselli debía intentar, además, que las respuestas evasivas o inevitablemente infantiles encajaran en los rígidos moldes de la jerga institucional.
Uno de los casos más conmovedores es el de dos hermanas guatemaltecas de cinco y siete años. El español ni siquiera era su primera lengua, porque en las pequeñas aldeas de su país se hablan diversas lenguas indígenas. Luiselli cuenta cómo intentó encauzar el cuestionario con la mayor. Formuló la primera, obligatoria, pregunta: "Por qué viniste a los Estados Unidos?". La niña, tímida y diligente, sonrió y le dijo: "Eso no lo sé". Le preguntó entonces cómo viajaron. "Nos trajo un señor". Si el señor era un coyote. "No, un señor". Y por dónde cruzaron la frontera. "Eso no lo sé". Como si a los siete años se pudiera saber algo sobre la crueldad del mundo.
Con esas historias, el dolor que las sustenta y la conmoción al tomar contacto con ellas, se hilvana la escritura de Los niños perdidos. Un equilibrio cuidadoso entre el testimonio, la reflexión y el puro y duro dato informativo.
Un equilibrio similar preside Papeles falsos, selección de textos escritos bastante antes, donde la visita a una mapoteca, un paseo en bicicleta o el recuerdo de una estada en Venecia son la puerta de entrada a un análisis cultural sustancioso pero nunca solemne. "Los paseos a lo largo de las lecturas trazan los espacios que habitamos en la intimidad", escribe en uno de estos breves ensayos. Sin duda las lúcidas filigranas de esta autora ya ingresaron en las íntimas geografías de muchos de nosotros.