Viernes, 05 de Marzo de 2021

Una promesa a medias cumplida

ChileEl Mercurio, Chile 22 de enero de 2021

Levedad fue lo que prometí... Levedad no como banalidad ni como simpleza... Levedad como un espesor que no resultara denso.

En la primera de mis columnas regulares en este diario prometí a los lectores algo que no estoy seguro de haber cumplido. Eso es lo que suele ocurrir con las promesas, que es más o menos lo mismo que pasa con las virtudes: nunca se alcanza la cima a que nos propusimos llegar. Y eso que la promesa la hice aquí hace 29 años, que es el tiempo que llevo publicando en este espacio. Un tiempo más que suficiente como para haber logrado cumplir con la promesa que queda pendiente.
Levedad fue lo que prometí entonces. Levedad en la escritura. Levedad no como banalidad y tampoco como simpleza, sino como quitar peso innecesario a los relatos, es decir, al lenguaje, aunque sin por ello incurrir en simplificaciones. Levedad como un espesor que no resultara denso y que facilitara un ágil desplazamiento del lector por los textos. Levedad también como humor, una virtud, este último, que empieza a escasear tanto como la serenidad, atrapados como parecemos estar todos entre la gravedad y la desmesura. Levedad, en fin, como la explicó Italo Calvino en sus propuestas para el presente milenio, o sea, y en palabras del propio autor italiano, como antídoto a la excesiva vitalidad de los tiempos, esa vitalidad que muchas veces no pasa de ser sino exaltación "ruidosa, agresiva, piafante y atronadora".
Suena algo cursi, pero la verdad es que tengo mi propia historia de amor con el periodismo, partiendo por el diario mural que los directivos de mi colegio censuraron en un par de ocasiones. ¿Cuál fue la falta? Recomendar películas que la calificación eclesiástica había decretado no aptas para ningún tipo de público e incluir fotografías y resultados de las carreras que se disputaban en el hipódromo viñamarino. Se trataba de un diario grande, con tres divisiones, cada una cubierta por un vidrio que protegía la integridad de las ediciones. Yo era el único que tenía llaves para abrirlo y cerrarlo cada vez que renovábamos el material, y a la tercera de las censuras me negué a entregarlas y suspendí la publicación durante un mes como señal de protesta. Dos auxiliares del colegio retiraron la edición censurada, pero guiñándome un ojo para indicarme que lo dejarían en un lugar en que podría encontrarlo fácilmente.
Habiéndome inscrito como candidato a la Convención Constitucional, debo suspender mis colaboraciones con el diario. Suspender, digo, porque me gustaría volver tanto si no resulto elegido como si lo soy y concluyera el trabajo de la Convención. A mí el periodismo me ha permitido soltar la mano y dejar de escribir como hacen los académicos: con exceso de citas, notas al pie de página y una densidad que obliga a releer continuamente los párrafos. Lo que más quiero es no perder la mano, evitar que se vuelva rígida de nuevo.
En un momento como este no puedo dejar de mencionar la pregunta que me hacen a veces los lectores: "¿y el diario te ha censurado alguna vez?" "Nunca", respondo. "Ni antes ni después de una columna he recibido alguna indicación de los editores para que cambie algo del texto o modifique un enfoque", agrego, aunque sí tengo que decir que mis amigos de derecha me ruegan continuamente que no escriba de política y que me incline por hacerlo sobre lo que observo en la naturaleza, en el estadio o en un bar del hipódromo, mientras que los de izquierda me retan cada vez que escribo sobre esos temas y, según dicen, desaprovecho el espacio que me da este diario.
Mi columna "Observación de un canelo", por ejemplo, fue celebrada por mis amigos de derecha y lamentada por algunos de izquierda, mientras que aquellas en que expresé apoyo al proceso constitucional abierto por el gobierno anterior causaron la molestia de los de derecha y el entusiasmo de los de izquierda.
Peor es cuando me declaro un liberal de izquierda: los de esta última suelen echarse atrás ante la palabra "liberal", y los de derecha ante la expresión "izquierda", y lo único que puedo replicarles, tanto a unos como a otros, de la mano del gran Nicanor, es que, juntos, el liberalismo (no el neoliberalismo) y el socialismo (democrático) jamás serán vencidos.
Hasta pronto.