Sábado, 29 de Noviembre de 2025

Guzmán Carriquiry publicó sus memorias en El Vaticano: Hay un reflorecer del sentido religioso y de la fe

UruguayEl País, Uruguay 29 de noviembre de 2025

El exembajador uruguayo en la Santa Sede y uno de los laicos más notorios de cinco papados, el uruguayo acaba de publicar "El testigo. Medio siglo de un latinoamericano en la Roma de los Papas" en el que repasa su vida

"Puedo considerarme uno de los pioneros laicales de El Vaticano", dice Guzmán Carriquiry Lecour, quien sirvió a cinco Papas en sus 48 años en Roma.

De esa experiencia va El testigo, sus memorias que, como se avisa, abarca "Medio siglo de un latinoamericano en la Roma de los Papas".

Carriquiry fue jefe de oficina en el Pontificio Consejo para los laicos, Secretario de la Pontificia comisión para América Latina y Secretario encargado de la vicepresidencia de la Pontificia Comisión para América Latina, el primer laico en ocupar esa posición jerárquica en El Vaticano. Fue embajador de Uruguay en la Santa Sede en el gobierno de Luis Lacalle Pou.

Este es un resumen de una entrevista con El País.


¿Cómo definiría El testigo?

Es la verdad de mi experiencia de vida y trabajo en el Vaticano al servicio de cinco sucesivos pontificados. Es una experiencia única y le tocó a un uruguayo. Expresa un acto de gratitud a Dios por el don inaudito, inmerecido, que me ha permitido vivir.

Desembarcó en el Vaticano en 1971. ¿Cómo era la Roma de los Papas por entonces?

Llegué a un Vaticano sumamente clerical, pero el Concilio Vaticano II había puesto de relieve la dignidad y participación de los laicos católicos en la Iglesia. El papa de entonces, Pablo VI, fue el santo y sabio guía de aquel imponente acontecimiento y timonel de la barca de la Iglesia en un pos-concilio a la vez fecundo, turbulento, crítico. Se me había planteado sólo un año de trabajo "ad experimentum"; fueron 48. Puedo considerarme uno de los pioneros laicales en el Vaticano.

¿Qué Papa le impresionó más?

No me gusta compararlos y menos contraponerlos. Después de Pablo VI fue el paso brevísimo pero espiritualmente refrescante de Juan Pablo I. Los 27 años de pontificado de Juan Pablo II fueron los de un papa místico, que fortaleció a la Iglesia desde las certezas de la fe, un gigante misionero al encuentro de pueblos y naciones. Ratzinger, un gran europeo capaz de recapitular su tradición cultural y cristiana, fue el más grande teólogo viviente convertido en Sucesor de Pedro. Y el papa Francisco inauguró la extraordinaria novedad de un primer papa latinoamericano en el despliegue de la catolicidad. Con Juan Pablo II y los papas Ratzinger y Bergoglio mantuve una relación muy personal, incluso con periódicos encuentros en torno a la mesa del almuerzo o de la cena. En el libro recojo muchos recuerdos de esos encuentros personales.



Francisco fue su amigo. Quizás porque lo señalaban como "kichnerista", en Uruguay se lo miraba con cierto recelo. Hábleme de él.

Tacharlo de "kichnerista" es ofender a un jefe de 1.400 millones de católicos. Además, no lo fue. Lo que pude decirse es que vivió décadas, como tantos argentinos, dentro de cierto humus cultural de la tradición peronista. Su pontificado estuvo caracterizado por grandes intuiciones proféticas: la sencillez y proximidad del papado, el misterio de la misericordia, el amor a los pobres y excluidos, la sinodalidad en la Iglesia, la participación de las mujeres en responsabilidades dirigentes en el Vaticano. Llevó a cabo reformas importantes para mayor transparencia eclesial. Fue su gobierno puntual lo que planteó mayores dificultades y a veces relieves críticos. Un cardenal muy cercano dijo antes del último cónclave: ahora tenemos que pasar de un hombre solo al comando a un director de orquesta, y que cuide más la unidad de la Iglesia.

En El testigo menciona a Alberto Methol Ferré. ¿Cómo valora su aporte intelectual?

Para mi fue muy importante encontrarlo colaborando con la revista latinoamericana "Víspera", que se publicaba en Montevideo. Sus artículos críticos sobre la estrategia guerrillera de Guevara y Debray, sobre la teología de la secularización como errada interpretación de la renovación conciliar, sobre la corriente de teología de la liberación que enganchaba con el marxismo nos crearon anticuerpos muy importantes. También nos introdujo en la historia de América Latina, nuestra "Patria grande", y en los grandes movimientos populares y nacionales de esa historia. El papa Francisco lo consideró también uno de sus maestros: ese "genial pensador rioplatense". Es curioso dijo el óptimo cardenal Sturla que sean dos laicos uruguayos de nuestro país tan secularizado: uno que ocupó los cargos dirigentes más importantes en el pontificado y el otro que fue protagonista en la Iglesia de América Latina.

Además de sus memorias, el libro evoca, aquí y allá, una historia no escrita de la Iglesia en el Uruguay.

Queda sí por escribir una historia de la Iglesia en el Uruguay, sobre todo después del Concilio. Yo recuerdo en mi libro al aporte de tantos laicos de valor, ante todo, Francisco Bauzá y Juan Zorrilla de San Martín. Después Dardo Regules y Salvador García Pintos.Y en el pos-concilio, Enrique Iglesias, Juan Pablo Terra, Carlos Real de Azúa, Methol Ferré, Fernando Oliú, Patricio Rodé, Mario Cayota, Ignacio de Posadas.¡entre otros!

Estuvo en la visita de Juan Pablo II al Uruguay. ¿Cómo fue esa experiencia y qué le dijo a un país tan secularizado?

Fue un regalo del Papa traerme en la comitiva pontificia. Apenas bajado del avión, el secretario del presidente Sanguinetti me llevó a encontrarlo al palacio Taranco, donde me señaló que el pontífice sería recibido con "pompa magna". Allí se firmó horas después la mediación pontificia que evitó una catastrófica guerra entre Argentina y Chile por los hielos del sur. Recuerdo que días antes de ese viaje escribí en "L'Osservatore Romano" que "Uruguay tiene necesidad de Jesucristo".

Su libro nos introduce en los cambios vividos en la Iglesia durante las vicisitudes de estos 50 años de historia. ¿Cómo la ve ahora?

Ahora la veo bajo la guía segura del papa León, en tiempos de esperanza jubilar, como gran signo y obra por la paz, la fraternidad y un renovado humanismo en un mundo polarizado, fragmentado, violento y confuso. Hay un reflorecer del sentido religioso y de la fe, incluso dentro los desiertos de un nihilismo aparentemente confortable pero que no da razones ni ideales para una vida y convivencia más humanas.

¿Cuánto dejó afuera de estas memorias?

Escribí mucho y con la libertad de los hijos de Dios. Pero cuidé cierta comprensible reserva y hubo algo de auto-censura.
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