Está cuarta entre las más vistas de la plataforma de streaming y se espera que esté nominada en algunas categorías de los premios de la Academia; más allá de eso es una de las grandes películas del año
Si restaurar la fe en la humanidad es una suma de pequeños detalles, uno de ellos podría ser que una película como
Sueños de trenes esté aún entre lo más visto de
Netflix a 20 días de su estreno. No es que se pueda confiar en ese ranking promocional, pero ver allí algo así es, si se permite, tontamente esperanzador. Uno se conforma con esas cosas.
Aspira, además, seriamente a nominaciones al Oscar por su guion original, la fotografía del brasileño Adolpho Veloso, su actor principal (Joel Edgerton) y un secundario (William H. Macy). Algunos predictores la ubican incluso como como probable competidora a mejor película y director. Y la partitura de Bryce Dessner (el compositor de la banda The National) es de un destaque y una presencia que merecerían ser reconocidas.
Basada en una novela de
Dennis Johnson (que en Uruguay se editó hace unos 10 años y quizás ande en la vuelta en librerías),
Sueños de trenes es la nueva película de los socios creativos, Greg Kwedar y Clint Bentley. La anterior fue la nominada a tres Oscar
Las vidas de Sing Sing que también coescribieron pero dirigió Kwedar; ahora de la dirección se encarga Bentley.
Sing Sing era sobre un grupo teatral carcelario y tenía a Colman Domingo en su gran papel. El tono y la apariencia es absolutamente opuesto a su nueva película, aunque comparten la mirada humanista.
Sueños de trenes es la tragedia de un hombre bueno, Robert Grainier (intepretado por Edgerton), a quien se le sigue la vida desde 1917 a 1968. Leñador y obrero ferroviario, tiene un origen indefinible, una culpa que lo atormenta y una parquedad inalterable.
Es uno de aquellos que abrieron Estados Unidos al progreso con la línea Pacific Northwest, una tarea que "no serán las pirámides de Egipto", como dice un capataz, pero si requirió de un sacrificio importante. Su vida no está llena de aventuras sino es una rutinaria sucesión de eventos a veces salpicados por momentos felices; o sea eso que llamamos vida.
Esos instantes de felicidad son junto a su esposa, Gladys (Felicity Jones), que espera con la nena en casa, allá por Bonner's Ferry, Idaho. Es una vida inalterable y de una ética de trabajo puritana, como se ha señalado con propiedad, y de la cual la película parece ser una exhaltación. Es un himno a un territorio, a una nación y a hombres que ayudaron a construirla.
La naturaleza en toda su frondosidad de bosques húmedos funciona como una presencia magnífica y mística, una idea que vendrá de Terrence Malick (más de eso, un poquito más adelante) pero que Bentley y Kwedar apropian a su personalidad. La película comienza y termina con cantos de pájaros y es el camino a un regreso a la tierra que la película añora como inevitable.
Grainier está ganado por la apatía de un trabajo primitivo, peligroso: lo atormenta, en sueños y en apariciones, la muerte un asiático a manos de una turba racista que no hizo nada para detener. Es también una película sobre la culpa.
Un evento triste aportará drama a la historia y combustible a ese existencialismo.
Algunos encuentros el veterano leñador que interpreta Macy; un indio que lo contiene en su peor momento; el apóstol Frank que sabe todo de la Biblia le darán una dimensión humana y también profundamente norteamericana a su mirada. Una inesperada y desgarradora conversación con una guardia forestal (Kerry Condon) funciona como la necesaria catarsis para un personaje así de atribulado.
Edgerton es uno de los grandes actores de su generación, aunque no ha tenido la exposición suficiente. Fue el joven tío Ben del joven Anakin Skywalker en los primeros episodios de la saga cinematográfica de Star Wars, se hizo notar en cosas como la australiana, Animal Kingdom o El matrimonio de Jeff Nichols (con Ruth Nigga sobre el primer matrimonio interracial en Virginia). Allí mostraba una melancolía viril que podía ser amenazante o tierna en personajes complejos en sus diferencias. Eso está acá también.
Magistralmente presentadas,
Sueños de trenes construye postales de un universo y un tiempo que desaparecieron pero que está ahí cómo un botas que alguien algún día clavó en un árbol, vestigio de un hombre, de una historia. Hay imágenes subyugantes.
Es, además, una película transcendentalmente norteamericana, en el sentido que la da ese concepto, Malick, una referencia visual y atmosférica marcada en el tono y la paleta que impone la fotografía de Veloso y que genera ese aire fantasmal, bucólico. Hay cercanía temática y temporal con su Días de gloria, la película que también incluía mano de obra golondrina. Aquí está, además, el mismo aire contemplativo y la pátina zen al que alguien podría sumar una capa de Andrei Tarkovski.
Sueños de trenes es reflexiva, bella y profunda. Nada mal para una película aprentemente exitosa de Netflix.
Sueños de trenes [* * * * * ]Estados Unidos, 2025. Título original: Train Dreams. Director: Clint Bentley. Guion: Bentley y Greg Kwedar basado en una novela de Denis Johnson. Fotografía: Adolpho Veloso. Editor: Parker Laramie. Música: Bryce Dessner. Con Joel Edgerton, Clifton Collins Jr., Felicity Jones, Alfred Hsing, David Olsen, John Patrick Lowrie, Chuck Tucker, Rob Price, Paul Schneider. Duración: 102 minutos. ¿Dónde verla? Netflix.