Perú y el nudo gordiano que asoma de las urnas
Ambos candidatos expresan el profundo y disolvente desencuentro entre el Perú de Lima y las otras grandes ciudades, con el Perú rural, en especial el país andino, el amazónico, el de la selva y el de la puna.
Una sociedad partida casi exactamente a la mitad y dividida entre dos posiciones ideologizadas y extremas. Eso muestra este electrizante proceso electoral en Perú. Entre la derecha fujimorista y la izquierda que se encolumnó con la candidatura de Roberto Sánchez, hay un océano baldío de centrismo. En esas aguas tempestuosas siempre naufraga la estabilidad política, poniendo en riesgo la democracia del Perú.
Desde que las urnas cerraron a las cinco de la tarde del domingo, el zizagueo fue de vértigo. Los boca de urna coincidieron en señalar ganadora a Keiko Fujimori, pero en los conteos rápidos que se conocieron a las diez de la noche, tanto Datum como IPSOS dieron por ganador a Roberto Sánchez. Durante toda la noche al conteo lo encabezó Keiko, pero al alcanzar el 92% de actas escrutadas a media mañana del lunes, se ponía a la cabeza Sánchez.
Si a ese resultado lo corroboraran los recuentos sucesivos que vendrán a continuación, Keiko quedaría con un extraño y contradictorio récord: el record de poseer un liderazgo individualmente mucho más poderoso que todos los demás, pero con un techo muy superior al de cualquier otro contrincante que la enfrentara en un ballotage.
Sólo Ollanta Humala, en la elección del 2011, la venció en la primera vuelta y luego corroboró ese doblegándola también en el ballotage. Pero en el 2016, Keiko se impuso en la primera vuelta de la elección que perdió en el ballotage con Pedro Pablo Kuczynski. Lo mismo ocurrió en las elección del 2021, cuando se impuso en la primera ronda y fue vencida por el insólito Pedro Castillo en la segunda vuelta.
Pero ninguna de esas elecciones sería más demoledora para la imagen de la líder de Fuerza Popular que esta, porque haber perdido contra un candidato como Roberto Sánchez certificaría que sea quien sea el que la enfrente en una segunda ronda, la vencerá inexorablemente.
Quizá Sánchez se revele como un astuto dirigente, incluso como un buen gobernante, pero en esta campaña electoral hizo algo que merodeó la ridiculez: proponerse como un discípulo de Pedro Castillo y reivindicar su gobierno fallido.
Es absurdo reivindicar a un presidente que duró apenas un puñado de meses porque, ante el sabotaje permanente del fujimorismo en el Congreso, incurrió nada menos que en un intento de golpe contra el Poder Legislativo.
Tras la caída de Castillo, su camarada ideológica y sucesora en el cargo, Dina Boluarte, gobernó cumpliendo rigurosamente las órdenes que le daba Keiko, o sea que encabezó un gobierno derechista y represor hasta que la sacaron con un juicio de vacancia.
Haber llegado a la segunda vuelta y logrado un empate técnico que lo deja a milímetros del sillón presidencial reivindicando al fallido Pedro Castillo no es la única extravagancia de Roberto Sánchez. También es desopilante el izquierdismo socio-culturalmente reaccionario que profesa. Similar al del actual presidente interino José Balcázar, viejo dirigente del partido marxista Perú Libre que impulsa la legalización del matrimonio infantil.
El izquierdismo reaccionario de Roberto Sánchez es anti-feminista, se opone a la legalización del aborto y en lugar de luchar contra la violencia de género, parece promoverla.
En esos puntos, hasta Keiko Fujimori tiene posiciones más progresistas que Sánchez. Aún así, lo que dejaron a la vista las urnas peruanas es una extraña polarización entre dos posiciones extremas: el derechismo duro que reivindica de manera acrítica el régimen de Alberto Fujimori, del que Keiko fue primera dama cuando su padre echó a su madre, Susana Higuchi, del palacio presidencial, y el izquierdismo delirante que reivindica un fracaso gubernamental estruendoso como el de Pedro Castillo.
Ambos expresan desde polos extravagantes el profundo y disolvente desencuentro entre el Perú de Lima y las otras grandes ciudades, con el Perú rural, en especial el país andino, el amazónico, el de la selva y el de la puna.
Esa grieta oscura y profunda supura los liderazgos radicales que parten la sociedad casi exactamente a la mitad.