Cómo llega a Norteamérica 2026: la economía del fútbol
Norteamérica 2026 no aparece como una anomalía, sino como otro hito de una tendencia más larga: la del fútbol convertido en una de las actividades más exitosas de la globalización cultural.
"El fútbol es lo más importante de lo menos importante" suele decirse. Pero, a esta altura, no solo es discutible la autoría de la frase, sino también su contenido. Porque el fútbol ya es una de las mayores industrias del entretenimiento, la más grande dentro de las relacionadas al deporte. Y esta Copa del Mundo parece confirmar ese liderazgo e importancia.
De hecho, se estima que los ingresos globales generados directamente por el fútbol superan los US$ 30 mil millones anuales, más que la industria discográfica mundial y comparable al mercado global del cine. En particular, el Mundial de Norteamérica 2026 generaría algo más de US$ 11 mil millones, casi 60% por encima de Qatar 2022, esencialmente por la mayor escala del torneo. Esta aumenta en cerca de 50% al participar 48 selecciones en vez de 32, jugarse 104 partidos versus 64 y televisarse al menos 156 horas de juego.
No parece, sin embargo, que este aumento en la oferta del espectáculo enfrente problemas de demanda, a juzgar por algunos precios de mercado, que suelen ser los mejores indicadores de interés por un bien o servicio. Todo lo contrario.
No tiene fundamento la idea instalada en algunos círculos respecto del supuesto desinterés que este Mundial generaría por esa mayor escala o por jugarse en algunos países donde el fútbol no es el deporte más popular.
Basta un dato para ilustrarlo: el torneo proyecta una asistencia del orden de 7 millones de espectadores, casi el doble del récord que aún ostenta el propio Mundial de EEUU 1994. A eso hay que sumar el interés de las colonias inmigrantes en los tres países organizadores. Si había un momento para volver a aumentar la escala del torneo era en 2026, porque interés no iba a faltar.
Esto ha llevado a hablar de FIFAflation para describir los altos valores de las entradas derivados de esa gran demanda. La FIFA fijó precios casi el doble de las dos ediciones previas y los valores del mercado secundario ya superan a los del Super Bowl, las finales de la NBA y los conciertos de Taylor Swift. No es solo inflación general, sino también captura de valor: la FIFA sabe que administra un activo escaso, global y difícilmente sustituible.
Pero este boom no empezó con este Mundial ni se explica solo por su escala. Su expansión como industria del entretenimiento lleva más de medio siglo y responde, en gran medida, a la globalización. Ha ido asociada a la apertura comercial, la revolución de las telecomunicaciones y la masificación de la televisación. Un deporte popular de carácter local hasta hace un siglo se convirtió en global, con circulación planetaria de jugadores, capitales y audiencias.
El hincha dejó de ser solamente nacional: los grandes clubes europeos pasaron a tener millones de seguidores en todo el mundo, con buena parte de sus ingresos provenientes de derechos audiovisuales, sponsors y marketing global. Como suele ocurrir ante un boom de demanda, también se valorizan sus factores derivados. En este caso, el talento. De ahí la mejora estructural en los salarios de los futbolistas, las valorizaciones de sus transferencias y la dinámica en que el trabajo capturó una porción extraordinariamente alta de los ingresos del negocio, en contraste con lo que se suele plantear. Es una industria con alta participación relativa de la masa salarial.
Esa creciente atracción ayuda a entender por qué el Mundial sigue ganando centralidad aun cuando se expande su tamaño. No solo hay más países competitivos y más jugadores insertos en las grandes ligas; también hay un ecosistema económico más profundo y globalizado detrás de cada partido. Pese a la incorporación de 16 selecciones adicionales, la calidad promedio no se deterioró de forma relevante, precisamente porque el fútbol hoy es más internacional y porque jugadores de países antes periféricos participan en ligas más exigentes.
En ese contexto, Norteamérica 2026 podría representar otro impulso para el desarrollo de la industria del fútbol en Estados Unidos. La Major League Soccer (MLS), todavía lejos de las grandes ligas europeas, dejó de ser una rareza para convertirse en una liga en construcción seria, con más inversión, mejores academias y una lógica de crecimiento menos improvisada que en otros intentos. El efecto Messi reforzó esa tendencia: elevó ingresos, audiencias y visibilidad internacional. A la vez, hay un hecho estructural todavía más relevante: entre los jóvenes estadounidenses, el fútbol sigue ganando espacio, en una tendencia favorecida por cambios demográficos, generacionales y culturales.
Por eso, la discusión importante no es si este Mundial será demasiado grande. La pregunta de
fondo es otra: cuánto margen tiene aún esta industria para seguir creciendo. Todo indica que bastante. Todavía falta la expansión plena en el mercado de miles de millones de personas de Asia. Y no solo en el fútbol masculino: hoy el segmento de mayor crecimiento es el femenino, tanto en audiencias como en valorizaciones y derechos comerciales.
Norteamérica 2026 no aparece, entonces, como una anomalía, sino como otro hito de una tendencia más larga: la del fútbol convertido en una de las actividades más exitosas de la globalización cultural. Lo que alguna vez fue apenas un juego local es hoy un activo global, con precios de evento global, salarios de estrella global y audiencias de escala global. Quizá por eso convenga corregir definitivamente la vieja frase. El ocio y el entretenimiento siguen ganando importancia, dentro de los cuales el fútbol es muy importante.