Ironismo feroz
Reducir la jornada laboral no es progresismo. Es la agenda de obligaciones al revés.
Santo Tomás de Aquino no pensó sus conocidas Cinco Vías para demostrar lo que ya creía probado, sino para seguir el argumento hasta el final y descubrir adónde lo llevaba realmente. Cuando lo hizo llegó a una conclusión dificil de tragar para el optimismo racionalista: la razón llega al umbral de lo real, pero no lo agota. Los que patalean hoy por la reducción de la jornada laboral tendrían que hacer el mismo ejercicio intelectual. El final del argumento no es la conquista. Es siempre la misma pregunta: ¿quién paga la cuenta?
Ya lo sabemos: la paga quien no tiene nadie que lo defienda.
Bajar la jornada sin que la productividad aumente es hacer más caro el costo laboral por unidad producida. A las empresas sometidas a la competencia y que no pueden trasladar ese costo al precio sin perder clientes, únicamente les queda apretar por la única variable efectiva: el empleo. El beneficio ideado para proteger al que ya trabaja empuja a la informalidad al que aún no lo hace. El costo no desaparece; se redistribuye siempre hacia los más débiles. Hacia los que quienes promueven estas medidas sostienen defender con tanta convicción.
Invocar anteriores reducciones de la jornada como antecedente glorioso es, además, un ejercicio de nostalgia selectiva. Quiza había algunos sectores productivos en alza y aun había esperanza de que el Estado no perfeccionara tanto el arte de ahogar lo que dice proteger. Nada de eso aplica hoy. Apelar a ese pasado para justificar una reforma presente no es historia: es propaganda con fecha de vencimiento caducada.
El movimiento sindical uruguayo es transparente en su método: se gestiona desde la premisa de la lucha permanente contra los empleadores. No es un secreto, y eso tiene una lógica propia. Muestra algo más profundo que una táctica gremial: es la concepción del conflicto como estado natural y permanente de las relaciones laborales. Desde ahí no hay incentivos para buscar acuerdos; solo los hay para acumular conquistas. En ese escenario, el apaciguamiento empresarial no genera paz sino que alimenta la próxima demanda. Las empresas están absolutamente solas en la contienda. El Estado, cuando llega siempre lo hace como tercer actor con el único objetivo de que no le compliquen la gestión. Como decía Plá: todos los derechos tienen límites. La libertad sindical no habilita a cualquier cosa. Quien abusa debe responder, y los empleadores tienen en la Constitución y la ley las mismas herramientas que los sindicatos para protegerse y exigirlo. Deberían hacerlo sin complejos.
Quienes hablan de reducción, ignoran que el mercado de trabajo uruguayo no es un todo monolítico. Una jornada idéntica para el trabajador rural zafral, el operador logístico y el desarrollador de software no es justicia: es la imposición burocrática de quien nunca pisó una empresa pero se cree en condiciones de conocer cómo deben funcionar. Es histórico: las élites diminutas y arrogantes siempre creen tener respuestas universales para problemas particulares que no conocen ni de lejos. Reducir la jornada laboral no es progresismo. Es la agenda de obligaciones al revés: el que produce, paga, el que agita, cobra.
Y mientras tanto, la beatería de izquierda nos mira a los ojos y nos dice que es un derecho.