Pelea de gigantes
Si bien en el corto plazo nadie querrá exponerse a la ira de un Trump envalentonado, ser temido es distinto a ser respetado
Si bien en el corto plazo nadie querrá exponerse a la ira de un Trump envalentonado, ser temido es distinto a ser respetado. Tarde o temprano, EE. UU. tendrá que recomponer sus relaciones y recuperar la confianza de los que se han sentido atropellados por la política del Maga.
ricardo ávila pinto - especial para el tiempo @RAVILAPINTO
Quizás no haya fábula de Esopo más conocida que la de la tortuga y la liebre. En la historia, la primera gana una carrera por su persistencia, a pesar de que la segunda es mucho más rápida. Guardadas las proporciones, hay quienes creen que en el mundo de hoy está sucediendo algo parecido entre China y Estados Unidos. Ambas potencias están enfrascadas en una lucha por la supremacía global usando métodos muy distintos. Mientras el gigante asiático avanza de manera relativamente sutil y opera con una visión de largo plazo; el norteamericano reacciona de forma brusca, sobre todo con Donald Trump al mando. Ello explica la insistencia en dejar obstáculos en la vía y acudir a argumentos de fuerza, como el empleado en Venezuela. Bajo esa visión, la captura de Maduro y el poner a Caracas bajo la supervisión de Washington, o los intentos de tomarse Groenlandia, no son más que la manera en que la Casa Blanca busca marcar el territorio y asegurar una ventaja que siente que disminuye. La expresión burda de tal accionar es reducirlo todo al petróleo, pero en realidad lo que está en juego es el poder mundial, algo que tardará décadas en dirimirse. Además, así como la disputa sucede en el campo de la geopolítica, también se da -entre otras categorías- en la economía, el comercio o la tecnología. Cada tablero cuenta con sus respectivas fichas, aunque lo que pasa en uno puede determinar el resultado de la partida en otro. Para complicar todavía más las cosas, hay participantes de orden menor, con capacidad de hacer daño. No faltan tampoco los que quieren pescar en río revuelto. Con ello resulta imposible pronosticar un resultado. Lo único que se sabe es que en un planeta fragmentado, los riesgos vienen al alza y aparecen daños colaterales en múltiples dimensiones. No estar en la mira de los más fuertes es requisito para la mayoría, junto con el desafío de poder avanzar en medio de los vientos cruzados. Colombia, como otros en América Latina y el Caribe, está obligada a reconocer esa realidad y no meterse en líos innecesarios mientras trata de mantener su casa en orden. Cambio de tercio Cuando en 1989 el académico Francis Fukuyama acuñó la expresión "el fin de la historia" para señalar el triunfo de las democracias occidentales de corte liberal sobre el modelo totalitarista que representaba la Unión Soviética, no imaginó que vendría una etapa incluso más compleja para la humanidad. Por ese entonces, tras las reformas impulsadas por Deng Xiaoping, quien hizo famoso el dicho de "no importa de qué color sea el gato, mientras cace ratones", China había comenzado un rápido proceso de expansión económica. Así, en cuestión de una generación, pasó de ser un país pobre a uno de ingreso medio que sacó a cientos de millones de sus habitantes de la miseria. Buena parte de esa transformación se logró por un auge exportador que benefició a los productores de bienes primarios. De despachar artículos baratos gracias a sus enormes economías de escala, los chinos dieron el paso a una oferta cada vez más sofisticada, capaz de competir con las grandes multinacionales. La llegada de inversión de occidente permitió aprender de los que ya sabían, sumado a la formación profesional de millones de jóvenes y el apoyo del Estado a través de subsidios directos y velados a empresas. También, tuvo lugar un desarrollo de infraestructura que no tiene paralelo en la historia de la civilización y que permitió enormes avances en competitividad. Basta recordar que la red de autopistas china duplica la de EE. UU. con una geografía más desafiante, y la de trenes de alta velocidad supera al resto del planeta. En cuanto a kilovatios, la capacidad de generación está por encima de la de Norteamérica y Europa combinadas, aparte de niveles de conectividad digital que, entre otras, masificaron múltiples aplicaciones y llevaron a la casi desaparición del dinero físico. Como lo recordaron los expertos Dan Wang y Arthur Kroeber en un texto para Foreign Affairs, a mediados de la década pasada Pekín hizo explícito un plan para guiar las industrias del futuro. La estrategia comprendió recursos en sectores como energía, semiconductores, automatización o materiales de última generación. Parte de esos resultados ya están a la vista. China es líder en la fabricación de vehículos eléctricos, robots, paneles solares y equipos de telecomunicaciones, entre otros. Aunque Tesla puede ser la marca más reconocida, en 2025, BYD vendió 2,25 millones de autos eléctricos, unos 600.000 más que su rival estadounidense. Incluso la irrupción de la inteligencia artificial fue respondida de manera ingeniosa, como en el caso de DeepSeek, una firma que desarrolla modelos de lenguaje grandes a una fracción del costo de los conglomerados estadounidenses. Además, Pekín ha consolidado ventajas estratégicas clave. Una de ellas es su capacidad de refinar lo que se conoce como "tierras raras", un conjunto de 17 elementos usado para elaborar imanes o catalizadores para la industria automotriz. Existen dificultades, claro. Por ejemplo, la burbuja del ramo edificador explotó y sus secuelas permanecen. En cuanto al crecimiento, el dragón chino ya no vuela tan alto como antes y aunque consigue números que otros envidiarían, las épocas más dinámicas quedaron atrás. Esto para no hablar de un régimen con pocas libertades políticas y con el poder concentrado en Xi Jinping. Los roces con vecinos como Filipinas o Japón son frecuentes, mientras aumentan las señales ante un eventual intento de someter a Taiwan militarmente. Y la estrategia sigue su marcha. Hacia adelante, según la profesora Elizabeth Economy, China tiene los ojos puestos en áreas como minería submarina, ampliar su presencia en los polos, el espacio exterior y una serie de tecnologías estratégicas. En la agenda también está quitarle espacio al dólar e impulsar al yuan. Eso, aparte de asegurar el abastecimiento que necesita el país, tanto en comida como en insumos industriales. La reacción En respuesta, EE. UU. comenzó a subir la guardia desde mediados de la década pasada. La primera ofensiva abierta tuvo lugar tras la llegada de Trump a la Casa Blanca en 2017, con medidas restrictivas que su sucesor Joe Biden no desmontó. Sin embargo, esos ataques apenas fueron el abrebocas de lo que comenzó a suceder hace algo menos de un año tras el cambio de administración en Washington. Aparte del alza de aranceles generalizada, la retórica se volvió mucho más agresiva, hasta que en octubre se firmó una especie de tregua por mutua conveniencia. Aun así, ambos lados elevaron los impuestos que pagan los productos del otro al entrar a su respectivo territorio, lo cual no le impidió a China alcanzar un nuevo máximo de exportaciones al resto del mundo en 2025. El decálogo de hostilidades se ha extendido a la geopolítica. Las diferencias vienen de atrás, pero tras la invasión a Ucrania fue evidente el acercamiento entre Pekín y Moscú, el cual incluyó la compra del petróleo ruso, objeto de sanciones internacionales. De manera más sutil, en África hay una competencia entre chinos y estadounidenses tanto por influencia como por negocios. Guinea, Zambia, la República Democrática del Congo o Zimbabue albergan grandes proyectos mineros que son fundamentales en el proceso de transición energética. En Asia ambas potencias cortejan a India o Indonesia, mientras Corea del Sur o Vietnam tratan de irse por la línea media. La iniciativa de la Franja y la Ruta, lanzada por Pekín en 2013, ha sido un instrumento muy exitoso al desarrollar cientos de proyectos de infraestructura en varios continentes. Y esa tensión se trasladó a América Latina y el Caribe en donde las cosas han cambiado mucho en lo que va del siglo. Hoy, China es el principal socio comercial, al igual que proveedor de recursos de crédito y, en menor grado, de inversiones en buena parte de la región. Tan solo el intercambio bilateral en 2024 ascendió a 518.000 millones de dólares según la Cepal. Uno de los países con los cuales se estrecharon los lazos de manera más temprana fue Venezuela. Después de la llegada de Chávez al Palacio de Miraflores, se estructuraron préstamos millonarios que no estuvieron exentos de sobresaltos y comenzaron a ser pagados con despachos de crudo al otro lado del Pacífico. Ahora esos envíos están en veremos después de que la Casa Blanca tomó el control de las ventas de hidrocarburos de origen venezolano. Es posible que el asunto se convierta en un factor de desacuerdo adicional, algo que ya dio lugar a un pronunciamiento desde Pekín. Más allá de cómo se solucione el impasse, la pregunta de fondo es qué tratará de hacer Washington para reducir la presencia china en el hemisferio. Presiones directas y vetos pueden estar a la orden día, al igual que gestos unilaterales. México, por ejemplo, le impuso aranceles del 50 por ciento a las importaciones del país asiático en diciembre. Sin embargo, romper los vínculos no será fácil ante el grado de profundización alcanzado. Milei en Argentina y Lula en Brasil se encuentran en polos ideológicamente opuestos, pero ninguno quisiera dejar de exportar soya y otros productos agropecuarios a China, que es su principal cliente. Aparte de eso, las formas importan. Lo que la prensa califica como la actitud imperial de EE. UU., al tratar de imponer su voluntad frente a los más débiles, implica el riesgo de ocasionar el resultado contrario. No solo en Latinoamérica, uno de los temas de discusión en la agenda pública es cómo reducir la dependencia de un Tío Sam más interesado en el vasallaje que en la cooperación y el diálogo constructivo con otros países. La aprobación de tratado de libre comercio entre los socios de Mercosur y la Unión Europea, tras 25 años de negociaciones, es una señal de que hay voluntad de explorar caminos de integración distintos. Si bien, en el corto plazo nadie querrá exponerse a la ira de un Trump envalentonado por el éxito de su operativo en Caracas, ser temido es distinto a ser respetado. Tarde o temprano, Estados Unidos tendrá que hacer el esfuerzo de recomponer sus relaciones y recuperar la confianza de tantos que se han sentido atropellados por la política del Make America Great Again (MAGA). A pesar de la antipatía que hoy despierta Washington, tampoco parecer ser una buena idea cambiar de bando. Ese es el motivo por el cual la no alineación suena como la opción más aconsejable, algo que es más fácil de decir que de hacer, pero que se ajusta a los intereses nacionales de decenas de capitales. Gustavo Petro, que logró apaciguar a su contraparte estadounidense el miércoles y viajará a Washington a comienzos del próximo mes, debería tener presente cuando entre a la oficina Oval de la Casa Blanca que hay peleas que no le corresponden. Y menos esta de largo aliento entre dos gigantes, en la cual nuestro rol es el de espectadores, no de participantes.