Martes, 13 de Enero de 2026

Magdalena Araya: "Los viejos aún activos tenemos que entregar nuestra experiencia y devolver la mano"

ChileEl Mercurio, Chile 12 de enero de 2026

A la cabeza de la Corporación de Apoyo al Celíaco y con una actividad académica y de investigación que no se detiene hace más de media década, la gastroenteróloga pediatra afirma: "Aún me siento con las mismas ganas, parto en la mañana con la misma energía".

"A veces me dan el asiento en el metro y me digo: '!Chuta¡, de veras que estoy vieja'... se me olvida", dice riendo la doctora Magdalena Araya, cuya vitalidad y energía a los 81 años desafía cualquier estereotipo de edad.
Y probablemente también se olvidan quienes trabajan con ella el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) de la Universidad de Chile, sus alumnos de postgrado y educación continua, y las personas con enfermedad celíaca. A todos ellos irradia hace más de 50 años su pasión por la medicina, la salud pública, la academia y la educación para una mejor calidad de vida.
Formada como gastroenteróloga pediatra, cuenta que siempre supo que estudiaría Medicina. No sabe cuándo surgió esa vocación, pero sí que sus padres le decían que, con apenas seis años, les pidió de regalo un microscopio.
Ya como estudiante de Medicina en la Universidad de Chile, recuerda que su verdadera pasión era entender el porqué de las cosas: "Mientras mis compañeros se enfocaban en el tratamiento, yo me preguntaba por qué una persona desarrollaba una enfermedad y otra no".
Poco después de titularse como médico cirujano en 1970, junto a su marido decidieron partir a vivir a Australia. Aunque inicialmente enfocó su trabajo en la práctica clínica, un colega le sugirió tomar el camino académico, tras advertir que, en paralelo a la atención de pacientes, la doctora había montado en solo 10 meses tres estudios independientes. Motivada por este consejo, obtuvo una beca para cursar un doctorado en la Universidad de Sídney.
"A mí me interesaba mucho investigar el intestino delgado, que es un aparato súper complejo. Y mi tutor me dijo que el mejor modelo para saber cómo funciona era la enfermedad celíaca", rememora.
Así comenzó su acercamiento a esta enfermedad crónica, de la que hoy ella es un referente. Como profesora titular de la Universidad de Chile y jefa de la Unidad de Gastroenterología del INTA, hace investigación, publica papers y dicta clases y conferencias sobre este trastorno causado por una intolerancia permanente al gluten, proteína presente en el trigo, el centeno y la cebada. Su vigencia y reconocimiento internacional llevó a que recientemente fuera invitada a integrarse al directorio de la Sociedad Latinoamericana para el Estudio de la Enfermedad Celíaca (LASSCD).
Un péndulo epidemiológico
Durante su carrera profesional, ha sido testigo y protagonista de cambios radicales en la salud de los chilenos. Tras volver a Chile a fines de los 70 se integró al INTA para trabajar con el doctor Fernando Mönckeberg. "En esa época, el foco institucional era la lucha contra la desnutrición y la diarrea infantil. Sin embargo, a fines de los años 80, la diarrea aguda prácticamente desapareció, gracias a las campañas de prevención por la amenaza del cólera", cuenta.
Emergieron entonces como preocupación sanitaria las enfermedades del aparato gastrointestinal mediadas por el sistema inmune, como enfermedades autoinmunes, intolerancias y alergias alimentarias: "Antes, la enfermedad celíaca era una cuestión rara, afectaba a una entre 2.000 a 3.000 personas. Ahora es a cerca del 1% de la población".
Fue entonces cuando volvió a enfocarse en este trastorno. Su preocupación era el subdiagnóstico y la dificultad de los pacientes para llevar una dieta sin gluten. "Aquí en Chile, en esa época había bastante pobreza todavía. Y hacer que un niño celíaco de la periferia de Santiago no comiera pan era prácticamente imposible. Eso a mí me empezó a desesperar. Me preguntaba qué hacer para que estos niños simplemente no vivieran pésimo, porque pasaban hospitalizados y recayendo una y otra vez".
Esa preocupación era compartida por gastropediatras de hospitales de niños de Santiago que la invitaron a formar un grupo de trabajo para abordar las dificultades diagnósticas y sociales de estos pacientes. En 1989 el grupo se convirtió formalmente en la Corporación de Apoyo al Celíaco (Coacel), organización sin fines de lucro que ella preside desde fines de la década de 1990.
Bajo su liderazgo, la corporación se enfocó en la investigación y docencia de la enfermedad celíaca, el acceso a exámenes a través de Fonasa y en asesorar políticas públicas como la entrega de leche Purita Fortificada libre de gluten y la declaración de gluten en fármacos, entre otras. Al mismo tiempo, ella y su equipo entregan orientación y educación a los pacientes y sus familias para sobrellevar la estricta dieta y las complicaciones cotidianas de su enfermedad.
Sellos negros
Pero a las enfermedades inmunológicas se sumó otro gran cambio epidemiológico que a Magdalena le tocó enfrentar desde una posición de liderazgo. De la desnutrición infantil Chile pasó a una epidemia de obesidad, condición que, paradojalmente, se alimentaba de resabios de la desnutrición.
"Me acuerdo que era terrible. !Teníamos niños obesos de 8 meses, 10 meses y con gran esfuerzo en el policlínico lograban que no subieran de peso en ese mes. Pero llegaba una asistente social a regalarle un kilo de arroz y un kilo de leche y no sé cuántas cosas más, 'porque el niño se podía desnutrir'".
En 2010 la doctora Araya se convirtió en la primera mujer en dirigir el INTA. Ese mismo año la Encuesta Nacional de Salud revelaba que el 67% de la población en Chile tenía sobrepeso u obesidad.
Dentro de sus cuatro años a la cabeza del instituto lideró, junto a su antecesor, Ricardo Uauy, el hito de coordinar al equipo de expertos que, por encargo del Ministerio de Salud, determinó los límites de nutrientes críticos que darían origen a los conocidos "sellos negros" de la ley de etiquetado de alimentos procesados.
Este desafío no estuvo exento de presiones y de una fuerte oposición de la industria alimentaria, pero Magdalena asevera que haberlo enfrentado con rigor técnico ha permitido que hoy la población pueda elegir informadamente los alimentos que consume.
"Hoy no solo hay más conocimiento, hay más conciencia de parte de la población y los profesionales. No cabe la menor duda de que hemos mejorado. Hay un sector de la población que ya entendió que estábamos comiendo muy mal y que está tratando de volver a comer un poco más razonablemente", sostiene.
Una familia incondicional
Magdalena Araya reconoce que en todo lo que ha emprendido su familia ha estado detrás, apoyándola incondicionalmente.
"Mira, tengo un solo matrimonio y tengo la suerte de seguir casada con la misma persona. En Australia tuve dos hijas que son un siete y tengo cinco nietos, de entre 22 y 11 años. Somos una familia que no pelea, todos se quieren, somos felices", cuenta orgullosa.
-¿Cómo se lleva con sus nietos?
"Yo realmente los disfruto muchísimo, soy muy amiga de todos. Con el mayor somos requeteamigos, porque le gusta mucho viajar, así que hemos viajado juntos. Cuando era chico, con mi marido le dijimos: 'Cuando crezcas y tengas 14 años, te vamos a invitar a viajar'. Y a los 14 años nos dijo que quería ir a Nueva York. Entonces, de ahí para adelante todos los otros estaban esperando cumplir los 14 años para ir a Nueva York. Se estableció inmediatamente como una tradición".
-¿Y su marido logra seguirle el ritmo o a veces le pide que pare un poco?
"En realidad, solo puedo dar las gracias, porque tengo un marido que me ha dado todo el apoyo. Yo toda la vida he estado corriendo para allá y para acá, que tengo que hacer esto o lo otro y él siempre estuvo ahí: 'Anda, haz lo que te gusta, no te preocupes, que yo me encargo de la casa'. No, no me puedo quejar. Lo mismo con mis hijas".
-¿Cómo se siente envejeciendo?
"Envejecer es toda una experiencia. Uno se siente igual, yo me siento con las mismas ganas, parto en la mañana con la misma energía. Pero de repente me dan el asiento o en una reunión alguien dice: 'Es que había una vieja o un viejo' y que yo conozco y !tiene 10 años menos que yo¡ Entonces me digo: 'Si ese es un viejo, entonces !¿que soy yo?¡", cuenta riendo.
-¿Se veía trabajando y haciendo docencia pasados los 80?
"La verdad es que yo tomé conciencia de esto hace dos años, cuando se enfermó mi marido. Él siempre estuvo para mí y ahí me correspondió estar yo para él. Entonces ahí tomé conciencia: ¿por qué estoy trabajando tantas horas afuera y viajando? No tiene sentido. Y ahí empecé a hablar de que me tengo que retirar. Desde 2024 ya no recibo ningún alumno de postgrado. Esa ha sido mi manera de prepararme para poder ir saliéndome de la universidad sin dejar un hoyo difícil de tapar".
-¿Y que pasará con Coacel?
"De Coacel no me voy a retirar, quisiera dejarlo parado en sus propios pies económicamente hablando. A mí me encantaría poder dejar eso andando sin que se note que yo estoy desapareciendo".
Vejez con responsabilidad social
Para Magdalena la vejez no es un libro que se cierra al llegar al último capítulo, sino un libro de consulta, que debe permanecer abierto para que otros puedan aprender de sus páginas.
"Hay muchos adultos mayores que siguen trabajando por necesidad, porque la pensión no les alcanza. Pero hay otro grupo, que son gente profesional, que trabajó toda su vida y no tiene la urgencia económica. Para ellos seguir trabajando es una forma de retribución, pero se tienen que retirar solamente porque llegaron a la edad. Eso lo encuentro absurdo", reflexiona.
-¿Cree que se solucionaría aumentando la edad de jubilación?
"En realidad, creo que no se trata solo de cambiar la visión de la población hacia el viejo, sino también de cambiar la visión que tiene el viejo de sí mismo. ¿Por qué, por ejemplo, colegas míos de universidad que hacían bien su pega dejaron de ver enfermos por jubilarse, siendo que hay colas por todos lados? Encuentro que es como penca irse para la casa y dedicarse solo a plantar plantitas o a jugar golf. Creo que los viejos que aún estamos activos tenemos la responsabilidad de entregar nuestra experiencia y devolver la mano".
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