El sueño del árbol de Navidad
Después de la Fiesta de Reyes comienza otra liturgia, más silenciosa y menos festiva: desarmar el árbol de Navidad
Después de la Fiesta de Reyes comienza otra liturgia, más silenciosa y menos festiva: desarmar el árbol de Navidad. No se trata solo de quitar adornos, sino de deshacer un escenario entero. Cada esfera, cada luz, cada figura vuelve a pasar por las manos como si reclamara su propia despedida. Así, la casa recupera sus rincones habituales, ahora un poco más vacíos.
Guardar es también devolver a la oscuridad de una caja lo que hace unos días parecía indispensable para el resplandor del hogar. Hay que envolver con cuidado cada objeto, porque no son solo objetos: son signos. Se guardan para que vuelvan, para que retornen con el mismo brillo, la misma sencillez y el mismo sentido. Y en ese gesto minúsculo aparece otro verbo que se parece demasiado: aguardar. Guardar y aguardar. Sellar la caja y abrir el calendario.
Allí, en el silencio de un armario o una bodega, los adornos duermen un largo sueño sin sobresaltos. Son guardianes de un tiempo suspendido que no conocen estaciones, ni rutinas, ni urgencias. Solo esperan. Y cuando finalmente despiertan, vuelven a habitar el centro del hogar como quien regresa de un viaje.
Así, desmontar el árbol no es únicamente despedir la Navidad; es preparar el futuro. Porque la caja que se cierra no es un final, sino un pacto. Es prometer que el tiempo seguirá girando y que, en su debido momento, esos objetos volverán a encender la casa desde adentro, con su luz conocida y su misterio intacto.