Jueves, 15 de Enero de 2026

"El lago de los cisnes": entre el lirismo y la técnica

ChileEl Mercurio, Chile 15 de enero de 2026

El Teatro Municipal se colmó hasta el último asiento para presenciar una nueva reposición de "El lago de los cisnes" de Piotr Ilich Tchaikovsky, en la versión coreográfica de Iván Nagy y Marilyn Burr (1998)

El Teatro Municipal se colmó hasta el último asiento para presenciar una nueva reposición de "El lago de los cisnes" de Piotr Ilich Tchaikovsky, en la versión coreográfica de Iván Nagy y Marilyn Burr (1998). Su propuesta, con variaciones respecto de la célebre lectura de Marius Petipa y Lev Ivanov (1895), plantea un desafío constante tanto para los solistas como para el conjunto. Su mayor virtud es concebir el ballet como un espectáculo integral: no solo conmueve, sino que estimula la sensibilidad del espectador desde múltiples frentes.
En ese sentido, resultaron fundamentales la iluminación (Ricardo Castro), la escenografía y el vestuario. Destacó especialmente el trabajo de Enrique Campuzano, de atmósfera romántica y onírica en los actos blancos, junto a los lujosos trajes diseñados por Pablo Núñez. Sobresalieron particularmente los imponentes vestuarios de Rothbart, que contribuyeron decisivamente a la construcción del personaje, complementando la sólida interpretación de Cristopher Montenegro.
La coreografía, fluida y dinámica, aprovecha con inteligencia las capacidades técnicas de la compañía. El cuerpo femenino brilló en los arduos actos segundo y cuarto, sostenidos con lirismo, entrega y delicadeza. Nagy introduce pequeñas pausas, respiraciones y un tempo interior que confiere expresividad y relieve al conjunto de cisnes. El único reparo es la aún perfectible uniformidad de estilo y un cuerpo masculino que mostró problemas puntuales de alineación y coordinación, especialmente en el primer acto.
El pas de trois del primer acto fue ejecutado con frescura por Alexia Comisso, María Lovero y Matías Romero, quien también asumió el rol de Beno. Los célebres "cisnes pequeños" obtuvieron sus habituales aplausos espontáneos, al igual que los "cisnes grandes" y los intérpretes de las danzas de las princesas extranjeras del tercer acto. El pas de quatre -Perrella, Comisso, Lovero y Silva- fue, sencillamente, impecable.
Inès McIntosh, primera bailarina del Ballet de la Ópera de París, ofreció una Odette-Odile de alto nivel. Su transición entre actos, la precisión de manos y pies, y la metamorfosis radical hacia la dureza calculada de Odile en el tercer acto dieron cuenta de una intérprete en plenitud. Resulta difícil afirmar en cuál de sus dos facetas destacó más: si en la frialdad fascinante del cisne negro o en el estremecimiento melancólico del cisne blanco. Shale Wagman, ganador del Prix de Lausanne, construyó un Sigfrido delicado y de elegante línea, más orientado hacia la pulcritud técnica que hacia la efusión expresiva. Estuvo muy bien en las difíciles variaciones del primer acto. Ambos fueron ovacionados.
Al frente de la Orquesta Filarmónica, Pedro-Pablo Prudencio extrajo la potencia y el dramatismo de una partitura tan variada como emblemática, aportando un adecuado soporte para la danza. En ciertos pasajes de los actos primero y tercero, la sonoridad adquirió un brío festivo algo excesivo, que por momentos desdibujó la sutileza que el conjunto escénico parecía exigir.
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