Clasismo en Colombia
Julián López Murcia, DPhil
Si Colombia fuera a terapia, uno de los primeros temas por revisar debería ser su problema de clasismo
Julián López Murcia, DPhil
Si Colombia fuera a terapia, uno de los primeros temas por revisar debería ser su problema de clasismo. No es un defecto menor: es una fuente inagotable de dolor y retraso para la sociedad colombiana que, con demasiada frecuencia, nos negamos a reconocer. El clasismo alimenta expresiones violentas como los gritos de aquella mujer mayor contra un repartidor de pizzas en un video recientemente viralizado. Pero también violencias demenciales como las que describe Laura Restrepo en su novela ‘Los Divinos’, que nos muestra cómo un contexto clasista puede ir deshumanizando a niñas y mujeres vulnerables hasta convertirlas en objetos disponibles. Queremos que el país salga adelante, que progrese. Sin embargo, nos cuesta reconocer que la segregación de clase genera resentimientos que alimentan electoralmente a los movimientos populistas capaces de llevar al país al precipicio. No nos equivoquemos: como explica Müller, los populistas no crean el resentimiento, sino que lo moralizan y lo capitalizan políticamente. Tampoco reconocemos que esa misma segregación nos impide aprovechar al máximo el talento colombiano, tanto en el sector público como en el privado. La conformación de los mejores equipos está bloqueada por fronteras simbólicas diría Savage —acento, diplomas, redes— entre quienes tienen diferentes niveles de capital económico, social y cultural. Un desperdicio de capacidades que está frenando el funcionamiento estatal y el desarrollo empresarial. La diferencia entre las dos candidaturas que encabezan las encuestas y aquellas que van rezagadas dice algo importante sobre el clasismo en Colombia. Y no porque encarnen una confrontación entre clases populares y privilegiadas, sino porque ambos candidatos presentan rasgos que se distancian de los códigos clasistas convencionales. Por ejemplo, el electorado no rechaza que un candidato celebre abiertamente sus logros materiales —algo que quienes tienen más recursos suelen expresar con mayor discreción—, especialmente cuando lo acompaña con un lenguaje accesible. El origen regional refuerza esta conexión, sin que importe la diferencia en la escala: ya sea un jet privado o una moto, lo que cuenta es la narrativa común de progreso. Mientras otros candidatos proyectan que pertenecen a un círculo diferente. ¿Cómo explicamos esto a los 120.000 tipos que compran moto cada mes …?, se preguntaba uno de ellos. Ese desdén —consciente o inconsciente— es precisamente lo que el electorado castiga. Mientras sigamos negando o incluso celebrando el clasismo, seguiremos generando distintos tipos de violencia y alimentando resentimientos que corroen nuestra democracia y desperdician el talento que necesitamos para salir adelante. Deberíamos librar a las siguientes generaciones de colombianos de esa carga tan pesada.
Director de Nalanda Analytica.