Claudio Magris explora la vida del Rey de la Araucanía
El autor de "El Danubio" , se adentra en las vidas de tres europeos en el fin del mundo patagónico, entre ellos Orélie-Antoine de Tounens.
Un nuevo libro del reconocido autor oriundo de Trieste (1939), "Cruz del Sur", esta dedicado a tres figuras que se internaron en el mundo desconocido para Europa, la Patagonia. Se trata de Juan Benigar, "gringo esloveno, criollo araucano"; en el segundo capítulo se detiene en Orélie-Antoine de Tounens, un abogado francés que se autoproclamó rey de la Araucanía, y el tercero, en Angela Vallese, una monja que entregó su vida a los indígenas de Tierra del Fuego. Los tres comparten destino, aunque no intenciones. Sus vidas podrían pasar por meras extravagancias si no estuvieran narradas con la gravedad con que Magris se detiene en ellas. El autor de "El Danubio" no cambia su modo de encarar la historia: habla de vidas desplazadas, al margen, que puedan iluminar las narraciones unívocas a las que conduce el paso del tiempo.
La historia, que dedica a Orélie-Antoine de Tounens, rey de la Araucanía y la Patagonia, Magris nos presenta a "un héroe de melodrama del siglo XIX, teatral y caricaturesco, propenso al patetismo y a los grandes gestos, en la frontera entre el drama y la opereta".
En su abordaje hay una mezcla de ironía y compasión. Orélie no es un simple loco -aunque después de su muerte despertara más interés en psiquiatras que en historiadores-, sino alguien que llevó al extremo la lógica de la utopía. Poseedor de una "idea demencial seguida de un comportamiento obstinadamente lógico", resulta ser un personaje enternecedor cuya monomanía le hizo impermeable a "las catástrofes, las derrotas y las humillaciones".
Magris resume la historia de la Araucanía, un territorio disputado y violento. Así se entiende mejor la génesis del nuevo reino, cuya Constitución, dice el autor, "es una obra maestra surrealista o dadaísta". El nuevo y vastísimo reino, que nunca sería reconocido por nadie, era una monarquía hereditaria pero constitucional, con aristócratas sin privilegios, un rey absoluto pero partidario del igualitarismo, un ministro de Estado imaginario y una población mayormente errante e imposible de censar. La mítica Ciudad de los Césares, con sus techos de oro y sus calles empedradas con diamantes, hubiera sido, dice Magris, su capital más propicia, dado el cariz ilusorio de todo el proyecto. Magris dedica a este reino legendario las páginas más sugerentes del libro, y aprovecha para hablar de la persistente tendencia humana a la mitología, a proyectar geografías ideales allá donde la realidad se vuelve insoportable.