Martes, 03 de Febrero de 2026

Camilo Routin empezó a tocar el piano a los 4 años, es hijo de una leyenda del Carnaval y hoy dirige una murga

UruguayEl País, Uruguay 3 de febrero de 2026

Con una vida atravesada por la música y el trabajo colectivo, Camilo Routin dirige desde hace cinco años a Cayó la Cabra. Antes de actuar en el Teatro de Verano, repasa su recorrido en charla con El País.

El arte está en su ADN. Cuando Camilo Routin (30) y su melliza Eliana tenían cuatro años, su padre, Pinocho Routin, decidió mandarlos a aprender piano. En esas clases en Playa Pascual empezó a coquetear con la música y no soltó más los instrumentos. De adolescente profundizó en la percusión y luego tomó la guitarra para componer. El flechazo real con el Carnaval llegó al ser testigo de momentos sublimes donde la murga era protagonista. No olvidará jamás los ensayos de La Reina de la Teja en la casa de sus abuelos, el primer recuerdo de una Noche de Fallos vivida junto a su padre y sus compañeros de A Contramano en el club Peturrepe, o esos ensayos en los que se repiten cuartetas hasta el cansancio para sacar una melodía.

Todas esas escenas fueron calando hondo sin que se percatara y las piezas del rompecabezas comenzaron a cobrar sentido tiempo después, cuando le tocó elegir un camino y conectar con su vocación. "Uno inconscientemente va repitiendo lo que ve. Después crecés y vas tomando decisiones, pero esos gustos están influenciados por lo que te tocó ver de niño. A mi padre lo he visto mil veces ensayando o atravesando procesos murgueros extensos y profundos. Todos esos recuerdos hicieron que hoy esté donde estoy", expresa a El País Camilo Routin, que lleva cinco años como director escénico de Cayó la Cabra, la murga que hoy se sube al Teatro de Verano en la primera rueda del Concurso Oficial y que, entre otros lujos, le permitió disfrutar de salir en Carnaval con su padre en 2025.

Tenerlo como puestista en escena y compartir cuadro, dice, le sumó por todos lados. Lo asumió con la responsabilidad que implica un trabajo, pero también con la belleza de compartir una pasión.

"En Carnaval intercambiamos mensajes todos los días. Hoy me levanté y me había escrito para preguntarme cómo está la murga, cuántos tablados tenemos y cómo venimos para el Teatro de Verano. Eso se potenció por salir juntos y nos sumó mucha energía murguera y aprendizajes sobre cómo pararse en el escenario. Aprendí un montón", asegura.

El presente los encuentra compitiendo, ya que Pinocho volvió a su primer amor, Falta y Resto, de la mano de Edú "Pitufo" Lombardo, su aliado y socio en espectáculos memorables como Murga Madre. Su hijo lo extraña, pero apenas se enteró de que existía la posibilidad del regreso no dudó en alentarlo. "Era una oportunidad única de reencontrarse con gente con la que compartió hace 40 años. Él me decía: 'Es como que todo vuelve a empezar'. Sabía que lo iba a disfrutar un montón", comenta. El 26 de enero lo acompañó en el debut y se emocionó hasta las lágrimas.

La música está con él desde que tiene uso de razón: primero de la mano de su padre, luego aprendiendo, o tocando y cantando en la banda Salandrú hoy en un parate, disfrutando con amigos, formándose como licenciado en musicoterapia y dando talleres de música y teatro para infancias junto a su melliza (que es actriz y gestora cultural) en Cebú, el proyecto que comparten. Y además está la murga.

El camino de Camilo Routin hacia la murga

Camilo recuerda que su primer enganche con la murga llegó a través de la batería, y más precisamente del redoblante. Se crió en Playa Pascual, a una cuadra de la casa de Ronald Arismendi, emblemático percusionista de Carnaval y compañero de Pinocho Routin en distintas murgas. Al verlo en acción pensó: "Esto me gusta, es impresionante".

Con el tiempo, observar el detrás de escena terminó de completar el hechizo: el armado de los espectáculos, las pasadas interminables en los ensayos, la llegada de los vestuarios cargados de brillo y, finalmente, el resultado de ese trabajo colectivo en los tablados y en el Teatro de Verano. "Todo es atrapante. Es un combo mágico. No dejo de sorprenderme con el fenómeno del Carnaval. Es único", asegura.

Ese entusiasmo lo llevó a acercarse a distintas murgas jóvenes en 2013. En ninguna llegó a "destino", hasta que en 2015 dio con la barra de Murgan Friman, donde salió por primera vez. Cantó en la cuerda de segundos de Los Caretas de la Cuadra y en Jóvenes Son Los Trapos dio un paso más: escribió y musicalizó la retirada que ganó Mejor Retirada y luego la dirigió. Ese proceso marcó un antes y un después.

En 2021 llegó a Cayó la Cabra, invitado por Maira Sepúlveda, que lo había visto actuar y le habló del momento de recambio que atravesaba la murga. En principio iba a integrar el coro, pero el propio proceso y su experiencia previa lo llevó a aceptar el desafío de dirigir.


Desde el día uno encontró en Pitufo Lombardo a un referente, pero también a alguien cercano y cariñoso. "Los días de Teatro de Verano o de Desfile me manda mensajes y siempre se pone a disposición. Ha escuchado ensayos, me ha dado opiniones y hasta me ha invitado a su casa a laburar arreglos. Estar con uno de los mejores directores es un regalo inmenso", dice.

Defiende la murga como género, incluso en los momentos de frustración, tan comunes en los procesos creativos. "A veces uno no sabe hacia dónde va y aparecen las dudas, pero aprendí que no hay que entender qué está pasando, sino seguir la pasión y después todo se acomoda. Siempre termina con alegría", reflexiona.

Para este Carnaval 2026 no espera grandilocuencias. Prefiere algo tan simple como difícil: "Seguir disfrutando y que el grupo pueda plasmar en el escenario todo el esfuerzo artístico. Me gustaría terminar el Carnaval sintiendo que la gente disfrutó el espectáculo y que nosotros quedamos conformes".

Los procesos artísticos grupales y el aprendizaje colectivo son lo que le inyectan ganas de seguir: "Emocionarme cada vez que me subo al escenario hace que sienta que voy a estar cerca de la murga toda la vida", concluye.

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