Martes, 03 de Febrero de 2026

O en la mesa, o en el menú

UruguayEl País, Uruguay 3 de febrero de 2026

Una frase que si bien se ha utilizado en los últimos años para la geopolítica, puede ser aplicada a otros ámbitos.

Hace unos días, en el World Economic Forum en Davos, el primer ministro de Canadá Mark Carney dio un discurso contundente en el que con mucha elegancia pero con firmeza, le dio de frente al actual (des)orden mundial y al papel de los líderes de las principales potencias globales. En especial a Trump.

En su discurso usó una frase de la jerga estadounidense, "si no estás en la mesa, estás en el menú", haciendo alusión a cómo se ejerce -y cómo se pierde- el poder. Frase que si bien se ha utilizado en los útlimos años para la geopolítica, puede ser aplicada a otros ámbitos.

Por ejemplo, a la vida democrática. Es sabido que los ciudadanos estamos cada vez más aburridos de la política y el desinterés es creciente. Pero el problema es que la apatía no es neutral. El desinterés no es inocente. No existe vacío de poder. Cuando alguien se corre de la mesa, otro ocupa su lugar. La falta de participación no elimina las decisiones, lo que hace es dejarla en manos de alguien más.

Por eso cuando reducimos la política a algo ajeno, molesto o inútil, corremos el riesgo de dejar de ser sujetos para convertirnos en objeto de las decisiones de otros.

Pasa también en el mundo de las empresas, pero generalmente por el opuesto: muchas veces pecamos en concentrar las decisiones relevantes en directorios, comités ejecutivos o altas gerencias. Y hay una cantidad de actores que sostienen el funcionamiento cotidiano, que no es raro ver que sean dejados fuera de la mesa. Los que están en el terreno son quienes traducen la estrategia en hechos y son los que conocen de primera mano los problemas cotidianos y las oportunidades que no aparecen en los informes. Tienen la responsabilidad, pero es bastante común ver que no tengan voz. O tienen voz, pero no siempre incidencia. Así es como muchas iniciativas fracasan, no por falta de inversión o de visión, sino porque se diseñan desde con distancia del terreno.

Además de ineficiente, lo que termina pasando es que, al igual que en las democracias, los que sufren las consecuencias pero no están en la mesa de las decisiones se desgastan como tuercas de engranajes que contienen la fricción, hasta volverse cínicos, apáticos o silenciosos.

Las estructuras humanas organizadas no son sólo pirámides jerárquicas. Son una red. Y ahí es donde aparece la dimensión política de todas las organizaciones y sociedades con estructuras complejas para la toma de decisiones y tiene que ver con cómo se distribuye el poder.

Es política no en el sentido partidario, sino en el más elemental: quién decide, quién participa y quién asume las consecuencias. Así como un país que no se sienta a negociar queda a merced de decisiones ajenas, cualquier posición de responsabilidad, ya sea corporativa o ciudadana, sin espacios reales de participación queda condenado a administrar consecuencias, no a construir rumbo. Ya sea por omisión o por exclusión.

Esa es quizás la enseñanza más interesante y, a la vez, más incómoda de esa frase escuchada en Davos: en la política internacional, en las organizaciones y en la vida democrática, no estar en la mesa no nos vuelve neutrales. Nos vuelve vulnerables. Porque quien no participa de la conversación donde se decide, tarde o temprano, es muy probable que termine siendo parte del menú.
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