Lunes, 09 de Febrero de 2026

Leer el verano

ChileEl Mercurio, Chile 8 de febrero de 2026

Para mí el verano siempre ha sido de los cuentos, de las novelas breves, de los audiolibros (espléndidos para viajes largos en bus o en auto) pero ahora, cada vez más, es el tiempo de la poesía y el ensayo.

Siempre me han dado curiosidad los libros que elegimos leer en verano. Sobre todo en gente que por lo general no lee mucho durante el año. De pronto, se pasa de no abrir un libro a llevarse a las vacaciones un novelón de quinientas páginas. Me parece noble el intento, hermoso incluso, querer irse a vivir así a una historia. Pero también es cierto que a veces esos intentos quedan por ahí, ayudando con su peso a que el viento no vuele nuestra toalla en la playa, o con la arena como único marcador de un avance de lectura casi inexistente.
Mi consejo siempre para estos tiempos son los cuentos. Hay tantos libros de relatos increíbles y suelen menospreciarse en pos de la gran novela (más que la gran novela americana, o latinoamericana, debiéramos pensar en la gran novela del verano), sin embargo, este año lo que llevo a todas partes son poemas, ensayos. Como los de la extraordinaria escritora mexicana Iveth Luna Flores en Neblina afuera (ensayos que se van entrelazando formando un paisaje tremendo en donde no deja de colarse la esperanza, con imágenes inolvidables de familias rotas que intentan funcionar como máquinas, de abuelas que cuidan pájaros y madres que cultivan plantas, e hijas que se aferran a la escritura mientras estudian Letras o juntan plata para arreglarse la sonrisa, no sin mucho de culpa de estar comprando con eso una belleza genérica) o en su poemario Mis amigas están cansadas (en el que escribe sobre el trabajo, sobre ser tía y querer el mundo entero para tu sobrina, con una ferocidad y una ternura que desarman), o la belleza del último libro de Yol Segura, Tiene adentro algo que brilla , en el que recupera la figura de Sor Juana y las meninas. Pero también la relectura de poesía, como los libros de Inger Christensen, Eso y Alfabeto , por ejemplo, e ir dejando que ese vaivén vaya invadiendo de a poco el ritmo del verano. Hay una expectativa distinta al leer en vacaciones, pasa algo con el tiempo, con nuestra paciencia, que creo funciona perfecto con la poesía. Con dejarse sorprender por ella, sin urgencias.
Pero este verano lo marca también el regreso y despedida, o el regreso para despedirse, del magnífico Julian Barnes, con uno de esos libros que se pasean entre géneros, a ratos ensayo, a ratos esbozo de novela, y que, si pueden leerlo en inglés, les recomiendo mucho buscar en audiolibro, narrado por el propio autor, bajo el título Departure(s ). O buscar otro de sus libros raros y breves como Niveles de vida , porque quizás que te rompan el corazón duela menos en verano (y Barnes es tan maestro en exactamente eso, en quebrarnos el corazón de formas inesperadas). Un verano para volver a Barnes mientras se despide (sufre de un cáncer hace años, dice que este será su último libro, aunque seguirá escribiendo reseñas y textos breves) con La única historia o esa maravilla de cuentos entrelazados que es Una historia del mundo en diez capítulos y medio.
O quizás este verano sea el momento perfecto para dejar que sea un libro breve el que nos lleve de regreso a libros enormes. Como El pequeño Gatsby, de Rodrigo Fresán, que celebra y nos vuelve a encantar con las páginas y vida de Francis Scott Fitzgerald, o Dos tardes con Jules Verne , de Laura Fernández, haciendo lo suyo y de las suyas para perseguir la sombra del autor que probablemente nos acompañó más de algún verano de infancia. O el libro -ahora no tan breve, pero igualmente invitador- de Lili Anolik sobre la relación entre Joan Didion y Eve Babitz ( Didion y Babitz , en traducción de Gala Sicart Olavide) autoras sin igual y que inauguran la especialmente feliz recuperación, o inicio de recuperación, de todo lo de Babitz. Y si de libros (recientes) que nos hagan repensar la idea de la infancia y la relación con la literatura infantil se trata, no puedo dejar de seguir recomendando Apuntes para una enciclopedia mágica, de María José Ferrada, así como también el bellísimo Pequeños lectores (de Yael Frankel, publicado por la editorial Gris Tormenta, que también nos ha traído joyas inmensas como Última carta a un lector de Gerald Murnane o el muy divertido Cien palabras a un desconocido , de Louise Willder, sobre ese género extraño y escurridizo que es el blurb o texto de contraportada).
Siempre me han dado curiosidad los libros que elegimos leer en verano, como si de alguna forma marcaran coordenadas de los días por venir. Independiente de la selección, para mí siempre conjuran una esperanza: la de que habrá tiempo para los libros. Que elegimos volver a ellos, siempre, pese a todas las distracciones. Que hay algo en sus páginas que no está en otra parte.
Quizás este verano sea el momento perfecto para dejar que sea un libro breve el que nos lleve de regreso a libros enormes.
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