Vacaciones e infancia
Cada vez que salgo de vacaciones surge poderosamente en mi memoria el recuerdo de tantas vacaciones de la infancia, en una época en la que los niños de entonces vivíamos sin tantas pantallas y en la que los veranos de ese tiempo aparecen hoy revestidos de nostalgia, pues deja como huella la constancia de su pérdida
Cada vez que salgo de vacaciones surge poderosamente en mi memoria el recuerdo de tantas vacaciones de la infancia, en una época en la que los niños de entonces vivíamos sin tantas pantallas y en la que los veranos de ese tiempo aparecen hoy revestidos de nostalgia, pues deja como huella la constancia de su pérdida. El ayer suele irse con demasiada prisa, sobre todo respecto de ese antaño más feliz que se va difuminando sin pausa en la lejanía.
Junto con esa remembranza de algunos lugares se da, asimismo, un fenómeno todavía más melancólico. Me refiero a la evocación de esos seres queridos que ya no están en esta vida y que fueron protagonistas precisamente de esos veranos en los que toda la familia partía hacia un destino distinto y muchas veces distante. Pienso, por ejemplo, en mi papá (Jorge Figueroa Cruz) que, pese a su importante ceguera, era muy entusiasta por conocer lo más posible el propio país, ese Chile de antes que albergó nuestros primeros años de un modo más recatado y provinciano que el actual (era un tiempo sin internet).
Me acuerdo de largos recorridos en auto por Valdivia, La Serena, Pucón, Algarrobo, Maitencillo y un largo etcétera de sitios que visité en mi niñez bajo la guía de mi padre a quien, en esta crónica estival, recuerdo con inmenso amor y gratitud.