Microcrédito agropecuario
Jesús Antonio Vargas Orozco
Desde la Ley 5ª de 1973 existen líneas de fomento de crédito agropecuario para los campesinos, dadas condiciones de producción al sol y al agua: hoy en Finagro hay tasas entre 3% y 5% efectivo anual para pequeños productores, e incluso cercanas al 1% EA con líneas especiales, gracias a recursos públicos canalizados para ello
Jesús Antonio Vargas Orozco
Desde la Ley 5ª de 1973 existen líneas de fomento de crédito agropecuario para los campesinos, dadas condiciones de producción al sol y al agua: hoy en Finagro hay tasas entre 3% y 5% efectivo anual para pequeños productores, e incluso cercanas al 1% EA con líneas especiales, gracias a recursos públicos canalizados para ello. Sin embargo, convive con ese financiamiento una realidad incómoda: el marco del microcrédito admite costos financieros que, para proyectos agropecuarios de alta incertidumbre, pueden convertir el "acceso" en un camino directo a la exclusión de los campesinos del sistema financiero. El punto no es negar el microcrédito, es entender su escala y su riesgo. En Finagro, el microcrédito agropecuario y rural opera con topes de saldo por beneficiario hasta 25 SMMLV y, con cartera sustitutiva, computan operaciones individuales de hasta 8 SMMLV. Son montos pequeños, con alta dispersión geográfica y costos operativos elevados que elevan el precio de este producto. El problema aparece cuando ese precio se vuelve incompatible con la caja del productor. La regulación de tasas no es una anécdota: la Superfinanciera certificó para enero de 2026, el "crédito productivo rural" tuvo un interés bancario corriente de 18,65% EA y un tope de usura de 27,98% EA. En la categoría ‘crédito popular productivo rural’, las cifras fueron aún más altas: 50,88% EA de interés bancario corriente y 76,32% EA de usura. Así, el marco regulatorio permite que el crédito productivo, incluso en el rótulo ‘agropecuario’, opere a precios que difícilmente dialogan con actividades del campo expuestas a volatilidad de precios, cosechas y clima. Ahí está el riesgo estructural: tasas de dos dígitos altos, combinadas con ingresos estacionales, pueden convertir un préstamo ‘salvavidas’ en un problema. Y cuando el productor entra en mora —por un choque climático o de precios— lo que sigue suele ser peor: refinanciaciones, deterioro del historial y, finalmente, el cierre de la puerta del crédito formal. Ahora bien, ¿por qué el productor termina allí si existen líneas subsidiadas? Porque el crédito a pequeños productores de Banagrario tiene fricciones no resueltas que les impide el acceso. En ese contexto, la inclusión real depende de que el crédito de fomento llegue oportunamente y se pague con la cosecha. El microcrédito agropecuario es promovido como un instrumento de inclusión para los campesinos. Sin embargo, la práctica financiera revela un efecto perverso: créditos de bajo monto colocados a tasas de mercado —mucho más altas que las tasas de fomento— están generando sobreendeudamiento y, en efecto, una forma, más bien, de exclusión financiera. ¿Qué hacer con el financiamiento agropecuario? Primero, transparencia y mejoramiento de los canales de acceso, menos discursos más efectividad. Segundo, velocidad y acceso efectivo a las líneas de fomento para evitar que la demora los lleve a utilizar alternativas más caras. Tercero, diseño productivo: calendarios de pago alineados con ciclos agrícolas y mayor uso de instrumentos que gestionen la volatilidad (seguros y coberturas), porque el campo no produce con reloj de oficina.
Consultor empresarial. Jesusvargas.orozco@gmail.com