El gobierno de emergencia
José Antonio Kast construyó buena parte de su campaña presidencial en torno al concepto de emergencia
José Antonio Kast construyó buena parte de su campaña presidencial en torno al concepto de emergencia. La idea fue astuta, pues permitió cumplir varios objetivos a la vez: transmitir sentido de urgencia, reunir en torno a él a sensibilidades diferentes y evitar entrar en temas conflictivos que podrían espantar electores. Como si esto fuera poco, la noción sirvió también para antagonizar con el Gobierno: si emergencia hay, es fundamentalmente porque la administración actual ha sido un desastre. Y el desastre es de tal profundidad que obliga a concentrarse en algunas cuestiones fundamentales. Cuando la casa se llueve, lo único importante es detener la filtración. No hay tiempo para más, y todo el resto puede esperar.
La estrategia fue exitosa y, de hecho, la candidata oficialista nunca encontró un discurso que pudiera contrapesarla. El futuro gobierno no puede olvidar este dato, pues se trata de un compromiso de campaña, que no puede abandonarse sin más. El concepto conectó con un anhelo profundo de los chilenos: si la política es lenguaje, Kast logró articular una mayoría robusta a partir de esa idea. Por lo demás, la emergencia ha servido para mantener la tensión con el Gobierno durante el largo interregno: la administración de Kast aspira a ser la perfecta antítesis de los gobernantes de hoy. Debe decirse que hay argumentos para sostener el razonamiento, desde la fallida reconstrucción hasta el calamitoso estado de las finanzas públicas (con la gentil contribución de Javiera Martínez y Nicolás Grau, cuyas declaraciones solo abonan el terreno para Kast). Tan lejos ha calado el concepto de emergencia que el ministro Cataldo quiso apropiárselo ("el verdadero gobierno de emergencia fue el del Presidente Boric", aseveró), olvidando que su proyecto original estaba en las antípodas de esa palabra. Con todo, la cuestión crucial es clara: la derrota ideológica es tan profunda que el concepto de Kast es disputado por sus más enconados adversarios. A confesión de partes...
Con todo, la consigna de campaña también posee limitaciones; y uno de los principales desafíos del kastismo es saber hasta dónde llevarla. Desde luego, será grande la tentación por exprimir el limón hasta su última gota, pero me temo que sería un grave error. Por de pronto, el antagonismo con el Gobierno actual será útil por unos meses, pero no podrá sostenerse por demasiado tiempo, pues irá perdiendo fuerza con el paso de los meses. Además, ese antagonismo impide la construcción de un clima colaborativo con la oposición. En rigor, el mandatario electo y sus ministros se percatarán pronto de un fenómeno más profundo: por más errores que haya cometido el Gobierno actual (que no son pocos), la emergencia no remite solo a ellos. Para decirlo en simple: es innegable que hay emergencias, pero atenderlas con seriedad exige superar la coyuntura. La gotera se puede resolver con un parche, pero es posible que necesitemos arreglar el techo, o quizás incluso cambiarlo. ¿Puede un gobierno de emergencia acometer empresas de ese tipo? Baste pensar, por ejemplo, en el sistema político: ¿es posible impulsar una reforma de ese tipo desde la mera "emergencia"? Algo parecido ocurre en otros ámbitos: educación, vivienda, salud, solo por mencionar algunos.
Pero hay más. Si Kast aspira a ser algo más que un episodio, y acabar con la tragedia pendular en la que estamos inmersos, deberá mostrar mucha más ambición. Si acaso es cierto que el criterio de éxito del gobierno será su capacidad de tener continuidad en la próxima presidencial, hay que apuntar más arriba. Aquí, me parece, reside la dificultad central: el concepto de emergencia ha sido extraordinariamente útil para moverse en la coyuntura y golpear a Gabriel Boric, pero será insuficiente para ofrecer un proyecto de mediano plazo. Dicho de otro modo, lo urgente suele ocultar lo importante. En ese sentido, la idea de emergencia adolece del mismo defecto que la derecha ha mostrado en las últimas décadas: es demasiado tímida y obliga a quedarse en una posición defensiva. Y ya sabemos cómo continúa esta historia: una vez que la izquierda recompone sus fuerzas, dobla su apuesta y va por todo.
Desde luego, nada de lo señalado implica que la emergencia deba desecharse. Esta será útil en una primera etapa: implica tensión, sentido de urgencia y conexión con la ciudadanía. Sin embargo, puede transformarse en una trampa mortal que encierre al nuevo gobierno en una lógica estrecha. El desafío será, entonces, dotarla de contenido, de tal modo que pueda introducir otros registros discursivos: la pura emergencia no rendirá cuatro años, ni podrá dar soporte a la labor de más de veinte ministerios. La consigna electoral debe mutar profundamente para convertirse en bandera de un gobierno.
A José Antonio Kast le asiste la oportunidad histórica de ser el líder que articule y proyecte a las derechas en un mundo cambiante. El concepto de emergencia fue un buen primer paso, pero no agota las posibilidades que abre un gobierno. Por lo mismo, resulta indispensable elaborar una reflexión que, sin negar la emergencia, pueda abrirse a otras dimensiones. De lo contrario, las derechas seguirán siendo más paréntesis que proyecto.
La emergencia puede transformarse en una trampa mortal que encierre al nuevo gobierno en una lógica estrecha. El desafío será, entonces, dotarla de contenido, de tal modo que pueda introducir otros registros discursivos.