"Sin respeto a los derechos humanos no hay democracia"
Ha sido parte de varios procesos de la historia chilena reciente. En un comienzo en una segunda línea, como una profesional más, y más adelante asumiendo puestos de liderazgo. Ha formado parte de varias comisiones presidenciales y hoy sigue con preocupación el tema de la migración en Chile.
M aría Luisa Sepúlveda (78) nos recibe a las 10 de la mañana en su departamento. Pese a estar a una cuadra de la autopista Kennedy, en su terraza hay silencio y tranquilidad. No es su primera reunión de esta mañana. Antes, estuvo conversando sobre un tema que hoy la inquieta: la migración.
El día anterior había asistido al Palacio de la Moneda a un acto de conmemoración de los 50 años de la creación de la Vicaría de la Solidaridad. Allí se encontró con otros 80 exfuncionarios de la organización que se fundó en 1976 para apoyar a las familias que sufrían la represión de los servicios de seguridad del régimen militar.
"Fue un momento cariñoso, emocionante", dice, con su modo de hablar calmado y sin alzar la voz. Ella trabajó en la Vicaría desde sus comienzos. Entró como asistente social y llegó a ser su última secretaria ejecutiva. Estuvo a cargo de su cierre, en 1992, cuando se creó la Fundación de Archivos de la Vicaría. El reciente reencuentro en La Moneda fue especial, dice, porque en esos años "aprendimos a trabajar en equipo; aprendimos de humanidad y de solidaridad".
María Luisa se crió en Viña del Mar, donde su padre, Roberto Sepúlveda, se desempeñaba como médico internista. Ella era la segunda de siete hermanos, en un hogar en que la madre, María Teresa Edwards, era muy cercana a sus hijos y abierta a recibir a sus amigos.
Después del colegio, María Luisa estudió Trabajo Social en la U. Católica de Valparaíso. Allí, en un curso de Introducción a la Economía, conoció a su marido, el economista Humberto Vega. Él tenía 30 años y era el profesor. Ella tenía 23 y, pese a que fue a todas las clases, prefirió no dar el examen final del ramo porque ya estaban pololeando. "Me pareció que había colusión de interés", dice.
Pololearon ocho meses y se casaron. "Pudo haber sido complejo, pero nos fue bien", agrega. Tras casarse, la pareja se mudó a Santiago. Su marido entró a trabajar como subdirector de Presupuesto del gobierno Allende y ella como asistente social en un policlínico de la calle San Pablo. Después del 11 de septiembre de 1973, ambos se quedaron sin trabajo.
Relata que pasaron momentos difíciles, pero que su marido empezó a tener proyectos financiados por organizaciones internacionales o al alero de la Iglesia. Ella, como asistente social, entró a trabajar al Comité Pro Paz, una organización creada por las iglesias cristianas y la comunidad judía en Chile, para proteger a los afectados por la represión estatal.
María Luisa tenía 25 años y debía acompañar a los familiares de las víctimas a reconocer los cuerpos. "A las pocas cuadras, con solo sentir el olor de la morgue, a veces me salían granitos", cuenta. Y se arrepiente de contarlo porque -y lo repite varias veces en esta entrevista- no quiere aparecer como protagonista de toda esta historia.
Cuenta que, como funcionarios del comité, debían llevar los cuerpos de las víctimas al Cementerio General para enterrarlos y allí se improvisaba un funeral con los pocos familiares y los mismos sepultureros.
-¿Cómo lo hacía para contener a las familias, siendo tan joven?
"Me ayudó haber tenido seis hermanos y haber estudiado trabajo social. Y porque en el comité teníamos una relación de mucha contención entre nosotros. Antes de irnos a la casa, nos reuníamos a tomar un té y hablábamos de lo que había pasado en el día".
Su primer hijo, Javier, nació en 1975, cuando ella estaba en el Comité Pro Paz. Después llegaron las hijas, Valentina y Paula.
-¿Cómo fue criar niños, teniendo un trabajo tan demandante?
"Para ellos fue más difícil que para mí. Siempre sentí que los protegía y no hablaba de esto delante de ellos. Ellos tienen la sensación de que mi trabajo les inundó la vida".
En 1976, se cerró el Comité Pro Paz y dentro de la Iglesia Católica se creó la Vicaría de la Solidaridad. Allí, María Luisa se hizo cargo de la Unidad Asistencial, que estaba dentro del Departamento Jurídico. Fue una labor tan intensa como la del comité. Recuerda que se sentían protegidos por trabajar al alero de la iglesia.
"Terminé perdiendo esa inocencia cuando mataron a José Manuel Parada". En marzo de 1985, el sociólogo y jefe del departamento de Análisis de la Vicaría fue secuestrado en la vía pública y cinco días después su cuerpo apareció degollado junto a los del publicista Santiago Nattino y del profesor Manuel Guerrero.
-¿Empezaron a tener miedo entonces?
"Temor y fuerza a la vez. Una mezcla. Fuerza porque había que defender a la institución, había que proteger a la Estela (la viuda de Parada) y a sus niños".
-Años después, quien fue el vicario de la Solidaridad, Cristián Precht, fue acusado por abusos sexuales y en 2018 el Papa decretó la dimisión de su estado clerical. ¿Cómo vivieron esa situación?
"Fue algo muy difícil y triste. Por aquellas personas que se sintieron vulneradas por él; por él mismo y por los que confiamos tanto en él. No me corresponde a mí pronunciarme sobre las acusaciones, sino a los tribunales de justicia y a los eclesiásticos. Pero no podría dejar de reconocer el aporte que él hizo".
Con relación a los abusos, señala que ella ha tenido algunas experiencias en escuchar a víctimas. Además de sus trabajos en el ámbito de derechos humanos, en 2021 integró una comisión que investigó abusos en la congregación de los Hermanos Maristas. "Por desgracia, nunca me ha tocado ver que los abusadores reconozcan su responsabilidad", agrega.
En noviembre de 2003, el entonces Presidente Lagos creó la primera Comisión Valech con el fin de acoger los casos de prisión política y tortura por parte del estado desde 1973 a 1990. Y María Luisa fue nombrada su vicepresidenta ejecutiva. El trabajo, en esta primera etapa, concluyó en 2005 con más de 28.000 casos acreditados.
"Lo que más me impresionó es que había personas que nunca habían contado lo que les había pasado. Y lo contaban en la entrevista como si fuera el presente, lo revivían".
En 2006, la Presidenta Bachelet la convocó para enfrentar la crisis por los errores en la identificación de cuerpos del Patio 29 en el Cementerio General.
-En ese tiempo, usted dijo "llevamos 30 años en el tema, no podemos seguir ensayando". ¿Han mejorado las cosas?
"En ese tiempo, se trajo una comisión internacional de expertos. Entre ellos, a los genetistas de las Torres Gemelas. Más adelante se creó el primer banco genético. Se llegó a la conclusión de que para identificar los restos antiguos era muy importante la genética. En eso se avanzó".
-A los 50 años del golpe, usted dijo que habíamos retrocedido con respecto a la democracia y los derechos humanos. ¿Mantiene esa impresión?
"No dije que retrocedimos en democracia sino en el respeto y la valoración de esta y de los derechos humanos. Sin respeto a los derechos humanos no hay democracia".
-¿Qué le parece el Plan de Búsqueda?
"Es una responsabilidad del Estado. Este es un tema pendiente para muchos familiares que nunca han dejado de buscar. Y mientras así sea, no debe darse por finalizado".
Agrega que en décadas anteriores hubo más avances en esta materia, y pone como ejemplo el Museo de la Memoria, que se inauguró en 2010 con un directorio del cual fue su primera presidenta. Ahora es su presidenta emérita. "Cuando lo inauguramos, no sabíamos cómo iban a reaccionar las audiencias. El año pasado lo visitaron 200.000 personas, lo que no es menor. La mayoría de nuestros visitantes son menores de 30 y van de todo tipo de colegios".
Preocupaciones de hoy
En 2009 falleció su marido. Y hace 10 años su hija Valentina murió de cáncer. "Es lo más duro que me ha pasado en la vida. La echo de menos todos los días y está presente en mis pensamientos", dice.
Después del estallido de 2019, el Presidente Piñera la llamó para ser parte de la comisión que estudió una reforma a Carabineros. "Yo les dije que no era especialista en seguridad ni en carabineros, solo en derechos humanos; y me dijeron que igual podía aportar".
-¿Qué le preocupa en este momento de nuestra sociedad?
"La migración. Me preocupa que se confunda a personas ligadas al crimen organizado y al tráfico de drogas con otras que salieron de sus países para subsistir y vivir en paz".
-¿La sociedad le está abriendo espacio al aporte de los mayores de 75 años?
"No le abre mucho espacio. Es un tema complejo y pendiente. Hay muchas personas mayores de 75 que pueden tener una vida autónoma y hacer un aporte. Pero se requieren más espacios para dar estas oportunidades. Muchos mayores no tienen los recursos para satisfacer sus necesidades. Hay que seguir impulsando políticas públicas que mejoren su calidad de vida y abran espacio a sus aportes a la sociedad".