Miércoles, 04 de Marzo de 2026

Solo un puñado de canciones eternas

ArgentinaLa Nación, Argentina 3 de marzo de 2026

Cool y new wave: Andy Summers, guitarrista de The Police, en 1980 Los videos caseros no perdonan

Cool y new wave: Andy Summers, guitarrista de The Police, en 1980



Los videos caseros no perdonan. No, no hablo de todo eso que hoy, tan fugazmente registramos en los celulares -la visita de un ave a nuestro balcón, la hipnótica danza de los limpiavidrios sobre algún edificio-. Me refiero a esas otras grabaciones familiares que, al menos quienes fuimos niños o adolescentes en los 80, encontramos cada tanto en viejos VHS como perlas olvidadas en un cofre, y allí nos quedamos un rato, prendidos de su magia y su inocencia…

Eso me ocurrió hace semanas, en medio de una de esas limpiezas hogareñas que sacuden hasta los cimientos, ante el hallazgo del testimonio en video del casamiento de mis jóvenes tíos. Más allá del amoroso shock que desata el reencuentro temporario con abuelos, padres y otros familiares que ya no están físicamente con nosotros, disfruté en particular de una escena que me tiene como protagonista. De repente, en mitad de la celebración, me vi a mí misma en 1987 , con un traje blanco fulgurante y moñito plateado al cuello -qué cruel es, a la distancia, la moda de los 80 -, bailando con frenesí "De Do Do Do, De Da Da Da", de The Police , un hit incuestionable de esa era que desde sus primeros acordes invita a las pistas -¿qué cuerpo no sucumbe a semejante riff ?-.

Ese gesto tan pasional de mi yo de 13 años fue una estocada: vi el germen de mi amor por una banda , por una cierta música que me acompañaría el resto de mi vida y que marcaría después varios momentos definitorios. Sting, Stewart Copeland y Andy Summers; The Police, en el despunte de una carrera que resultaría consagratoria para sus tres integrantes

Apelando metafóricamente a los botones de aquellas entrañables videocaseteras, mi mente (¿mi alma?) presionó "Fast forward", avance rápido. Pasé con velocidad a un año más tarde, a esos días en casa de mi amiga Liliana, donde The Police era cosa sagrada porque había dos hermanas mayores que ya entendían que aquel grupo formado por Sting, Andy Summers y Stewart Copeland marcaba el pulso de la década. Entre cálculos matemáticos, fórmulas químicas y análisis del Cantar del Mio Cid se colaban en cassette los temas de ese trío británico tan cool , cuyos pósters hermoseaban nuestras paredes y a quienes soñábamos con algún día, cuando fuéramos adultas y la secundaria fuese solo un mal recuerdo, ver en vivo.

El tiempo pasó. La adolescencia quedó ahí, encorsetada en aquel colegio de señoritas , y ya con la profesión periodística floreciente en la punta de los dedos, un día de 1997, en viaje por la fascinante ruta que une Los Ángeles con San Francisco , en la radio empezó a sonar The Police ( "Every Little Thing She Does Is Magic" , nada menos) y yo comprendí súbitamente, como a golpe de rayo, que aquel hombre en el asiento del conductor con quien sonreíamos y cantábamos a gritos iba a ser más que un novio de ocasión . Y así fue por años.

Algo similar ocurrió una década después, en una esquina perdida de Buenos Aires , cuando de regreso tras una madrugada de fiesta le dije a mi acompañante que lo único que deseaba era llegar a mi hogar, silenciarme y escuchar "Tea in the Sahara", otro tema de The Police, y su mirada se iluminó de tal forma -como solo los que aman pueden- que supe que allí estaba el futuro. Terminamos pasando por el registro civil. Andy Summers en Buenos Aires, la noche del 1º de marzo de 2026

Hay más; más corazonadas, indicios, comprobaciones. Para qué aburrir. Lo importante es que el sueño de aquella colegiala se cumplió en 2007, cuando The Police tocó en River , en esa gira de reunión impensada que los trajo de nuevo a esta tierra. Y que ahora, hace apenas tres días, un octogenario Andy Summers -el virtuoso guitarrista de esta banda anclada en el corazón de tantos- volvió a presentarse en vivo en un pequeño teatro porteño, donde sonaron todos esos himnos de un tiempo fértil en el arte, que marcaron vidas.

Fue una noche fantástica, pero austera: sin pantallas, sin parafernalia, sin gran producción. Solo un montón de música sobre el escenario; apenas un puñado de canciones eternas. ¿Acaso hace falta algo más para emocionarse?
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