La Nación, Costa Rica
5 de marzo de 2026
Los proyectos que entienden a Millennials y Gen Z apuestan por espacios multifuncionales, sostenibles y conectados, mientras dejan atrás el modelo de amenidades costosas que nadie usa
Las nuevas generaciones están cambiando silenciosamente las reglas del juego inmobiliario. Para un millennial o alguien de la Gen Z, elegir dónde vivir ya no pasa solo por el metraje o por la calidad de los acabados, sino por una pregunta mucho más práctica: ¿este proyecto me permite realmente vivir, trabajar y socializar mejor en el mismo lugar?
En este momento, muchos elementos que antes se consideraban lujos ahora son casi obligatorios en los edificios de vivienda: por ejemplo, los espacios de coworking ya no son solo una mesa con internet en un lugar bonito, sino que funcionan como una verdadera oficina extra para quien vive ahí, pues funcionan tanto para trabajar como para estudiar en línea o tener reuniones. Esta posibilidad de usar el edificio como un lugar completo para trabajar es clave cuando alguien con esquema híbrido decide si compra o renta.
La buena conexión a internet también pasó de ser un detalle técnico a algo básico. En edificios pensados para las nuevas generaciones, se espera que las áreas comunes, terrazas, coworkings y hasta las zonas de descanso tengan WiFi estable, enchufes a la mano y luz adecuada para trabajar o estudiar cómodamente. Al mismo tiempo, el gimnasio dejó de ser un cuarto pequeño con pocas máquinas y ahora se piensa como un espacio de bienestar más completo, con equipo funcional, zonas para ejercicio intenso, lugares para yoga o estiramientos y, a veces, conexión directa con áreas verdes o terrazas.
Las áreas verdes también han ganado mucha importancia. Ya no alcanza con tener un jardín decorativo; las personas jóvenes buscan vegetación real, senderos y rincones donde puedan leer, trabajar al aire libre o simplemente relajarse lejos del ruido de la ciudad. El contacto diario con la naturaleza se ve como algo que ayuda de forma concreta a la salud mental y física, por lo que los edificios que integran bien estos espacios resultan más atractivos que los que solo tienen patios duros o unas pocas macetas. A esto se suma que las zonas para mascotas dejaron de ser un plus y se volvieron una necesidad: espacios específicos para perros, lugares para que jueguen y se limpien, y reglas que entiendan el papel tan importante que tienen las mascotas en los hogares jóvenes.
De la infraestructura a la experiencia
Además, hay un contexto económico y demográfico que explica parte de este cambio en las prioridades. Las nuevas generaciones enfrentan más dificultades para acceder a la vivienda por la presión sobre los ingresos, el aumento del costo de vida y los precios de las propiedades, lo que hace que la casa propia sea un objetivo más complejo y, en muchos casos, más tardío. Paralelamente, el desarrollo urbano crece en vertical y se popularizan unidades más compactas pensadas para hogares de una o dos personas, en parte porque muchas parejas jóvenes deciden no tener hijos o postergar esa decisión, lo que también impulsa formatos residenciales más pequeños y eficientes.
"Más que lujo, estas amenidades representan eficiencia diaria. Los compradores jóvenes están dispuestos a sacrificar metros cuadrados privados si el proyecto les ofrece soluciones que amplíen su calidad de vida fuera de la unidad y faciliten su rutina híbrida", comentó Bertha Mora, country manager de 4S Real Estate.
En ese escenario, la función del proyecto y de sus amenities se vuelve todavía más relevante: los metros cuadrados privados se reducen, pero el edificio y su entorno deben compensar ofreciendo calidad de vida, comunidad y servicios que hagan que esos espacios pequeños sean suficientes para construir una vida plena.
Esta evolución no se limita a lo físico; el componente digital y la gestión de la comunidad son ahora diferenciadores críticos. Un proyecto que ofrece una aplicación propia para gestionar reservas y servicios, o que integra estaciones de carga para vehículos eléctricos y lockers inteligentes, demuestra entender que el tiempo y la conveniencia son el verdadero lujo para las nuevas generaciones. La vivienda ya no se entrega en el momento de la escritura, se vive día a día a través de una experiencia de usuario fluida y conectada.
Detectando trampas de mantenimiento
Este giro hacia comodidades y servicios funcionales contrasta con otra tendencia: la identificación de las llamadas "trampas de mantenimiento". El mercado latinoamericano está entrando en una etapa de madurez en la que se empieza a cuestionar la lógica de que mientras más amenidades tenga un proyecto, mejor. Piscinas sobredimensionadas, salones sociales gigantescos y equipamientos hiperespecializados pueden impresionar en un render, pero con frecuencia se usan poco y generan costos constantes en limpieza, seguridad y energía que terminan reflejándose en cuotas condominales elevadas. Cada vez más compradores jóvenes se preguntan si realmente van a utilizar esa piscina estilo resort o ese salón masivo, y si vale la pena pagar mes a mes por instalaciones que no aportan a su rutina diaria.
"Las amenidades que se consideran como ‘trampas de mantenimiento’ suelen ser aquellas que son costosas de operar, se utilizan poco y no aportan valor real al residente. Ejemplos comunes incluyen amenidades sobredimensionadas, áreas demasiado especializadas o infraestructuras complejas que elevan la cuota condominal sin impactar la calidad de vida ni la plusvalía; hoy los compradores valoran más la funcionalidad y el uso cotidiano que el exceso de amenidades llamativas pero poco prácticas", dijo Grethel Campos, directora comercial de RC Inmobiliaria.
De acuerdo con especialistas, las áreas que pueden transformarse según la hora o el día —un coworking que por la mañana recibe laptops y por la noche funciona como salón social, una terraza que admite desde eventos comunitarios hasta sesiones de trabajo informal— muestran una mejor relación entre costo de operación, frecuencia de uso y percepción de valor. En un contexto donde la sensibilidad al costo total de vivir en condominio es cada vez mayor, este tipo de decisiones de diseño se vuelven determinantes.
La ubicación también entra en esta ecuación de bienestar. En ciudades como San José y, en particular, en zonas consolidadas como La Sabana, cobra fuerza la idea de vivir en proyectos que integren vivienda con acceso inmediato a centros corporativos, gastronomía, comercio, parques y servicios en un radio de pocos minutos. Reducir tiempos de desplazamiento, depender menos del vehículo privado y tener la posibilidad de resolver trabajo, ocio y necesidades diarias a pie o con traslados cortos se percibe como un factor tangible de calidad de vida. Para las generaciones jóvenes, esta movilidad eficiente puede pesar tanto o más que una cocina de lujo o un baño revestido en materiales caros.
Todo esto plantea un reto claro para los desarrolladores: diseñar amenidades que seduzcan a millennials y Gen Z sin poner en riesgo la sostenibilidad del condominio. El punto de equilibrio está en concebir espacios multifuncionales, con alto nivel de uso, mantenimientos razonables y un impacto real en la comunidad. No se trata de tener la lista más larga de amenities, sino las correctas: aquellas que fortalecen el sentido de pertenencia, favorecen hábitos saludables y respaldan la plusvalía a largo plazo. La sostenibilidad, en este escenario, no es solo ambiental; también es económica y social.
En mercados como el costarricense, donde el acceso a vivienda se enfrenta a presiones económicas crecientes, este enfoque se vuelve aún más crítico. Los compradores jóvenes analizan con lupa la relación entre costo, funcionalidad y estilo de vida, y muestran cada vez menos interés en símbolos tradicionales de estatus que no se traducen en una mejor experiencia diaria. La vivienda comienza a entenderse como un servicio integral, conectado con el barrio, la comunidad y el trabajo, más que como un objeto estático. En ese escenario, espacios que antes eran un lujo —coworking, áreas verdes vivas, gimnasios completos, zonas pet‑friendly y espacios de socialización bien pensados— se consolidan como el nuevo estándar mínimo de cualquier proyecto que aspire a ser relevante para millennials y Gen Z.
Las mismas generaciones que están redefiniendo cómo deben ser los edificios de vivienda también están elevando la vara para los espacios de trabajo. En oficinas corporativas y coworkings buscan algo muy similar a lo que exigen en sus casas: entornos flexibles, bien conectados y pensados para el bienestar. Valoran oficinas con buena tecnología integrada, internet rápido, salas para videollamadas, zonas colaborativas donde puedan trabajar en equipo y áreas más relajadas para desconectarse unos minutos sin salir del edificio. A esto se suman espacios con luz natural, presencia de plantas, mobiliario ergonómico y pequeños gestos de bienestar —como áreas de descanso o rincones informales para socializar— que ayudan a que la oficina compita de verdad con el home office y no se perciba solo como un lugar al que "hay que ir" por obligación.
En este contexto, tanto en vivienda como en espacios laborales, el mensaje es similar: ya no basta con un buen edificio desde el plano, se exige un ecosistema que facilite la vida diaria y conecte mejor a las personas con su trabajo, su comunidad y su tiempo libre. Las empresas que entienden esto están rediseñando sus oficinas como lugares de encuentro, aprendizaje y bienestar, más que como filas de escritorios; y los proyectos inmobiliarios que logran alinear sus comodidades con esta nueva forma de vivir y trabajar se posicionan mejor frente a las nuevas generaciones.