Sin margen para el dogmatismo
El gasto primario real del gobierno central y BPS creció 5,7% más del doble del crecimiento potencial estimado.
El informe del Consejo Fiscal Autónomo (CFA) tiene una virtud cardinal: despeja lo accesorio. Mientras la presentación fiscal del MEF se afirmó que "la casa está en orden" (Alfonsin dixit) el CFA advierte que la situación fiscal es bastante más compleja.
El organismo señala que en 2025 el gasto primario real del gobierno central y BPS creció 5,7% más del doble del crecimiento potencial estimado y que para 2026 existen riesgos ciertos de que el balance estructural se deteriore significativamente, si no se adoptan medidas. También subraya que el déficit estructural se ubicó en 3,9% del PIB en 2025 y advierte que mantener un desequilibrio de este orden, en torno a 4% del PIB por varios años, es incompatible con la sostenibilidad de la deuda en el mediano plazo.
El mensaje del informe debería ser imposible de ignorar: el ajuste no puede seguir pateándose hacia adelante y, como afirma explícitamente, debe venir por el lado de la baja del gasto. Una política fiscal responsable no consiste en negar el problema hasta que los mercados o la realidad obliguen, sino en corregir a tiempo. Y corregir significa reducir el gasto, lo que implica abandonar la idea irracional expresada por el ministro Oddone de que no es posible, por meros atavismos ideológicos, reducir el gasto en un gobierno de izquierda. Existen numerosos ejemplos de gobiernos de izquierda que redujeron el gasto público cuando debieron hacerlo y no es necesario recurrir a casos del exterior, la gestión de Astori puede resultar ilustrativa.
El problema se agrava ante la coyuntura internacional desatada a partir de la guerra en Irán. El conflicto ya empujó el precio del petróleo por encima de los US$ 110 por barril (al momento de escribir esta nota).
Para una economía pequeña y abierta como la uruguaya, eso puede traducirse en un shock negativo para nada desconocido: menor crecimiento de la economía mundial, menos comercio internacional, costos energéticos más altos, más incertidumbre y, por tanto, peores condiciones financieras. Sin ir más lejos el FMI advirtió estos días que un aumento persistente de 10% en los precios de la energía durante un año podría agregar 0,4 puntos a la inflación mundial y restar entre 0,1 y 0,2 puntos al crecimiento.
Es verdad que un episodio de estas características también podría empujar al alza los precios de algunos commodities y dar cierto alivio a algunos sectores exportadores. Pero sería un error quedarse con esa parte del vaso lleno. El mundo ya venía mostrando una expansión moderada y un comercio menos dinámico; diversos organismos internacionales ya proyectaban para 2026 un crecimiento global menor al 3%. En ese marco el shock petrolero asociado a Medio Oriente puede desnudar la precariedad del programa económico presentado por el gobierno el año pasado, que se sostenía con alambres después del grueso yerro del crecimiento proyectado en el mismo año de elaboración presupuestal, entre otros errores.
La conclusión es contundente: como advierte el CFA el riesgo fiscal es relevante y mucho más aún después de un cambio en el escenario internacional cuyas consecuencias de mediano plazo hoy desconocemos. El MEF debe abandonar su dogmatismo absurdo cuanto antes y bajar el gasto público; ya no hay margen para argucias sin sentido cuando lo que está en juego es la suerte del país.