¿Y ahora qué nos espera?
La crítica parece estar reservada solo para los demás, en especial opositores políticos, mientras que la autocrítica brilla por su ausencia.
Cada vez que se hace política, y ni qué decir cuando se produce un cambio de gobierno, debería pensarse, sean entrantes o salientes, en la necesidad tanto de la crítica como de la autocrítica. Algo que siempre resulta difícil, por decir lo menos, sobre todo tratándose de la segunda. Si se nos convocara a un campeonato mundial de la crítica, ocuparíamos los primeros lugares del torneo, mientras que en uno de la autocrítica no clasificaríamos ni para la serie de eliminatorias.
La crítica parece estar reservada solo para los demás, en especial opositores políticos, mientras que la autocrítica brilla por su ausencia. Esta tendencia es hija del infantil maniqueísmo, un vicio muy arraigado, donde las posiciones se alinean entre buenos y malos, santos y pecadores, patriotas y antipatriotas, veraces y mentirosos.
Mani fue una figura histórica del siglo III d. C, transformada mucho después en personaje de una de las novelas del escritor libanés Amin Maalouf, caracterizado por la división tajante entre portadores de la luz y de las tinieblas y partidario de un pensamiento tan polarizado como simplista.
El espíritu crítico, o, más bien, la disposición crítica, se infunde de preferencia en la educación superior, donde se trata de investigar y estudiar con la mente abierta, despojándose de prejuicios y apreciando la vacilación, la conjetura y la duda, hasta llegar cada cual a formarse sus propios puntos de vista. Una disposición que hace frente a las tradiciones, pero también a los dogmas, o sea, a las verdades firmemente establecidas y seguras, tan heredables como inconmovibles, olvidando que el saber y sus aplicaciones prácticas no avanzan en línea recta, cual si se tratara de un camino ya previamente trazado, o sea, de un camino por descubrir y repetir antes que por hacer
Si la actividad académica presupone el deber de cultivar y desplegar una disposición crítica, en la actividad política, que concierne al poder -a cómo ganarlo, distribuirlo, limitarlo, ejercerlo, conservarlo, incrementarlo y recuperarlo cuando se lo hubiere perdido-, las cosas, por regla general, ocurren de manera distinta. Se critica solo a los adversarios políticos, mientras los afines cierran filas en torno a sí mismos y se defienden como un solo hombre. Lo mismo cuando se trata de un gobierno y de los opositores a este, e incluso de algunos de sus propios partidarios, preparándose con antelación para captar si lo que prevalecerá será el viento de la continuidad o la tormenta del cambio.
En cuanto a la autocrítica, y con la mala excusa de que la ropa sucia se lava en casa, no nos mostramos muy dispuestos a practicarla y solemos confundirla con la debilidad y hasta con la traición, considerándola como parte de lo que se llama "fuego amigo" o como simple expresión de ingratitud. La autocrítica, que es autoexamen y no necesariamente autoinculpación, es silenciada en nombre de la necesidad de mantener el orden en las filas y de cumplir con el besamanos de quienes acostumbran halagar al poder.
¿Y qué nos espera ahora?
La rotación democrática, desde luego, cuando esta ha sido decidida limpiamente en las urnas, sin permitir que ni la ultraderecha ni la ultraizquierda, nada partidarias de los procedimientos democráticos, busquen de pronto actuar no a plena luz, sino salvajemente en la oscuridad. En democracia, el poder político puede ganarlo cualquiera, si bien bajo la condición de que sea obtenido por la mayoría y de que las minorías puedan recuperarlo algún día. Además, el poder democrático está siempre sujeto a reglas y convenientemente limitado y dividido.