Reflexiones en voz alta
Como nos decía el maestro Aréchaga: no olviden que la vida es más imaginativa que cualquier legislador.
Dice el ministro Oddone que difícilmente dejemos de ser un país barato porque tenemos un Estado con un sistema de seguridad social importante. Tiene razón. Es el famoso Estado batllista. Pero como decía el propio Batlle: "Soy un reformador social y por eso el presidente del Banco de la República tiene que ser conservador porque hay que cuidar el dinero". Y en el ministerio quería "un Galarza", o sea un general en combate, y ese era el elogio al ministro de Hacienda José Serrato, que entregó el país con superávit después de la guerra civil de 1904. Con esto quiero decir que hoy el desafío no es imaginar novedosos paraísos sino lograr la preservación de las seguridades de ese Estado, en lo político, en lo jurídico, en lo social.
¿Por qué algo tan dramático? Porque cambió el concepto de riqueza, porque cambió la naturaleza del empleo, porque estamos en una civilización digital donde la IA avanza a paso de carga, porque el ritmo del mundo hoy lo marca el Pacífico y no el Atlántico y algunos etcéteras más. EE. UU. es el único que está en los dos lados, es potencia tanto al Este como al Oeste, pero ya no respeta a Europa.
Europa, sin embargo, sigue siendo lo nuestro. La idea siempre fue una sociedad como la francesa, la italiana o bien la tan soñada "Suiza de América". En los últimos años como la nueva España, la post-Felipe. Y allí nos encontramos, en otra escala, a otra altura, lo mismo: Europa es cara. En grande, muy parecido a lo nuestro. Su problema es cómo logra mantener su Estado liberal-social, construido por socialdemócratas y demócratas-cristianos, en medio de esta velocidad de cambio.
No nos enredemos tampoco con las etiquetas. El presidente Lacalle Pou es un liberal y responde a la tradición de un partido liberal, pero gobernó una coalición y defendió con ardor los valores de ese Estado, que le permitió salir airoso de la prueba tremenda de la pandemia. Las etiquetas han pasado de moda, porque estamos simplemente hablando del Estado uruguayo.
De todo esto resulta que no estamos para aventuras. Como el arrebato sentimental de gastar 30 millones de dólares en una estancia para la que luego se salió a inventar un proyecto que no existía. Es enorme el riesgo que estamos corriendo con las maniobras y propuestas sindicales despegadas de todo contexto real. Lo del portland en Ancap no da para más. Lo de Conaprole no da para más. Lo de la pesca es para llorar.
Los cálculos actuariales del BPS nos están poniendo un límite muy fuerte para los próximos años, con esta sociedad envejecida. Cuidado con el diálogo social y cuidado con las señales. Lo del 1% es la luz amarilla para que los inversores sientan que no son bienvenidos. Como ocurrió esta semana en Argentina con un presidente reunido con empresarios para alentar la inversión insultando al más importante del país. "El capital es cobarde", decía Perón. Y tenía razón. No entra donde no ve un ambiente acogedor.
Nos preocupa lo que ocurre en el sector digital. Allí veníamos creciendo muy bien, pero ahora, por una causa o por otra, las empresas se están reduciendo. Se ha hablado mucho de los casos de Sabre y BASF, una empresa seria que incluso envió a sus ejecutivos internacionales a explicarle al gobierno las razones de su reorganización, que reduce cientos de empleos. Señalaron que nuestro costo es igual al alemán, o sea que tenemos que correr solo a fuerza de calidad y ahí las exigencias se hacen mayores. Hasta "Pedidos Ya" ha reducido el personal.
En los últimos años hemos pensado que ese sector dibujaba el horizonte laboral a procurar para la nueva generación. Incluso porque el avance no se da sólo en el propio sector digital sino que este modo de trabajar y producir llega a todos lados. No hay chance de retroceso, pero quizás de afinar las estrategias para lograr lo que está en la esencia de todo: competitividad.
Por nuestra formación creemos en el valor de las empresas públicas, pero eficientes y competitivas. Por eso defendimos la pluralidad en las comunicaciones y hoy Antel compite con éxito. Por eso no podemos aceptar de modo alguno que Ancap siga perdiendo dinero en el cemento.
Quienes hemos vivido las peripecias del gobierno sabemos, además, que la sorpresa siempre nos acecha. Como nos decía el maestro Aréchaga: no olviden que la vida es más imaginativa que cualquier legislador. Por eso preservo intacto el ingrato recuerdo de aquellos primeros días de enero de 1999, cuando, de vacaciones en Anchorena, recibo la llamada de Fernando Henrique Cardoso para informarnos que Brasil devaluaba y nos dejaba a todo el Mercosur a la intemperie. ¿Podemos olvidar que llega el presidente Lacalle Pou a la Casa de Gobierno y diez días después tiene que abordar la inesperada pandemia? Hoy tenemos una guerra, cuyas dimensiones no estaban en el horizonte. Ninguna hipótesis es favorable. Hace un año tenía sentido discutir la jornada laboral. Hoy es una temeridad simplemente hablar de esa posibilidad.
La guerra no nos cambia las prioridades de fondo. No nos cambia los desafíos sobre los que venimos hablando. Pero nos impone, necesariamente, un esfuerzo adicional en el gasto público y la profundización de los estímulos a la inversión. Ya al fin del año pasado no estábamos creciendo a los niveles pensados cuando se votó el Presupuesto y por eso mismo se bajaron las tasas de interés y se trató de darle algún aliento a la economía.
El gobierno tendrá que optar entre el PIT-CNT o el país. Es una opción de hierro.