Un país atrasado por la polarización
Diego Marulanda Díaz
El bien común no admite polarización a ultranza
Diego Marulanda Díaz
El bien común no admite polarización a ultranza. Imaginemos un desierto abrasador al mediodía. El calor agota y la sed apremia. En el centro del paisaje surge un pozo de agua fresca donde coinciden un hombre judío y una mujer samaritana (Juan 4, 5-42); pero el problema es que entre ellos no hay relación, ni reconocimiento, ni posibilidad de diálogo porque son políticamente enemigos y representan visiones disímiles con sus heridas históricas y prejuicios. Sin embargo, alrededor del pozo tienen una necesidad vital compartida: el agua para sobrevivir. La palabra, en toda circunstancia, es el puente que propicia el encuentro con el otro y sana el pasado negativo. Colombia evoca ese pozo en medio del desierto. Somos ricos en agua, biodiversidad y talento humano. Aun así, actuamos como si nos faltara la conversación esencial. Esta metáfora ilustra cómo en cada proceso electoral se repite un patrón: la confrontación política se intensifica, proliferan discursos incendiarios y se profundiza la fractura social, la estigmatización y resentimiento. En un país que aún cicatriza décadas de conflicto armado, esta dinámica es especialmente dolorosa. El debate, que debería centrarse en propuestas para educación, salud, seguridad, crecimiento económico, se reduce a descalificaciones y acusaciones. La polarización extrema no es nueva, pero en los últimos años ha escalado a niveles preocupantes porque nos hemos olvidado de poner la fuerza en los argumentos por el interés de dañar la persona. Como consecuencia, la polarización genera división, pérdida de confianza en las instituciones públicas, destinación de recursos hacia objetivos partidistas, se lesiona la conversación pública, aumenta la intolerancia y la violencia que dificulta encontrar espacios para las soluciones a problemas complejos y esenciales. La democracia no exige unanimidad; se fortalece en la diversidad de opiniones y el debate argumentado. El desafío no es eliminar diferencias, sino aprender a convivir con ellas. Todos bebemos del mismo pozo: el de la dignidad humana y el bien común. Reconocer esto requiere humildad. En tiempos de fatiga democrática, el milagro no es ganar discusiones, sino construir puentes para saciar juntos la sed de país. Superar la polarización pasa por volver al pozo común. Líderes políticos deben priorizar el diálogo sobre la descalificación y reconocer al otro como interlocutor legítimo. A la sociedad civil, educadores y medios de comunicación nos asiste la responsabilidad de promover narrativas que unan en torno a soluciones concretas. En Colombia, con su historia de resiliencia es posible, como el judío y la samaritana, transformar el pozo de tensión en fuente de vida compartida. Solo así avanzaremos hacia una democracia madura en donde la sed de desarrollo permita encontrarnos, sin dañar la dignidad humana.
Rector Universidad Pontificia Bolivariana.