Martes, 17 de Marzo de 2026

Ormuz, el estrecho que acelera la fragilidad del (des)orden internacional

ArgentinaLa Nación, Argentina 16 de marzo de 2026

La localización del Estrecho de Ormuz En los últimos días quedó claro que el estrecho de Ormuz es una de las pocas zonas del planeta donde un espacio tan reducido puede influir de manera tan determinante sobre la economía global

La localización del Estrecho de Ormuz



En los últimos días quedó claro que el estrecho de Ormuz es una de las pocas zonas del planeta donde un espacio tan reducido puede influir de manera tan determinante sobre la economía global. Ese pasillo angosto entre Irán y Omán, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho, funciona como la arteria que mantiene en movimiento el sistema energético del mundo. La combinación de su geografía vulnerable, tensiones militares persistentes y rivalidades regionales convierte a Ormuz en un termómetro político-estratégico del (des)orden internacional.

En las últimas crisis (ataques, amenazas cruzadas, ejercicios militares, sabotajes) , los precios del petróleo reaccionaron con extrema rapidez. Subas repentinas del 6 o 7% en una sola jornada bastaron para demostrar que, aun sin un cierre total, la sola percepción de riesgo basta para sacudir los mercados. Esta sensibilidad tiene explicación directa: Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos e incluso Irán dependen de ese corredor para exportar su petróleo.

La centralidad del corredor se vuelve aún más evidente al observar a los grandes consumidores asiáticos. China importó en 2025 un promedio récord de 11,6 millones de barriles diarios, gran parte de ellos provenientes del Golfo y transportados a través de Ormuz, según datos del Center on Global Energy Policy y la International Energy Agency. La India presenta una dependencia similar: alrededor del 50 % de sus importaciones de crudo transitan por el estrecho, principalmente desde Irak, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, de acuerdo con datos de la consultora Kpler (enero‑febrero de 2026). Ambos casos ilustran hasta qué punto las principales economías asiáticas dependen de un corredor cuya estabilidad no controlan.

El panorama es incluso más complejo si se considera que, tras la guerra en Ucrania, los grandes consumidores, desde Europa hasta Asia oriental, reconfiguraron su geografía energética. La energía volvió a colocarse en el centro de la competencia entre grandes potencias, mientras que los Estados costeros del estrecho, tradicionalmente dependientes de alianzas externas, ganaron margen de maniobra y autonomía diplomática.

Ormuz pone en evidencia una verdad incómoda para el discurso globalista : la globalización no ha reemplazado a la geopolítica, sino que ha quedado subordinada a ella. Su funcionamiento depende de una serie limitada de espacios estratégicos cuya estabilidad no está garantizada. Cuando uno de esos puntos entra en crisis, el sistema global revela su fragilidad estructural. Un fenómeno presentado durante décadas como universal y autosostenido puede verse condicionado -e incluso temporalmente paralizado- por acontecimientos que tienen lugar en un corredor marítimo. La globalización, así entendida, no constituye un orden estable, sino una arquitectura profundamente vulnerable.

Zhang Yuan y Yu Binqiang, académicos del Instituto de Estudios de Medio Oriente de la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái, describen esta dinámica con precisión: Ormuz condensa los elementos centrales del mundo en transición. Coexisten allí la pugna entre Estados Unidos y China por el modelo de gobernanza global, la competencia regional entre Arabia Saudita e Irán y, superpuesto a todo, un entramado de actores no estatales (como los hutíes en Yemen) capaces de atacar puertos, oleoductos y buques, alterando el flujo energético con un costo operativo mínimo. Según estos autores, el estrecho funciona como un "laboratorio" donde un shock externo -como una guerra o una pandemia- acelera o invierte lógicas de seguridad preexistentes.

En ese rompecabezas también pesan las percepciones . Aunque un cierre formal y sostenido del estrecho sigue siendo improbable (requeriría una capacidad militar sostenida que Irán no podría mantener), la amenaza funciona como un instrumento político.

Durante la llamada "guerra de los petroleros" en los años 80, cientos de buques fueron atacados, aunque el paso jamás se clausuró por completo. Hoy, los expertos recuerdan esa experiencia para subrayar que el daño no proviene tanto del bloqueo físico del corredor como de la manipulación de la incertidumbre: minas, drones, misiles o interdicciones puntuales provocan alzas en los seguros marítimos, fuerzan desvíos costosos y alimentan la preocupación y ansiedad de la opinión pública global.

Las tensiones en el estrecho no solo giran en torno a quién puede controlar su paso, sino a quién moldea la arquitectura de seguridad regional. Desde hace décadas, Estados Unidos impulsa coaliciones navales y vigilancia avanzada; Europa mantiene misiones de monitoreo; Rusia e Irán promueven arquitecturas alternativas, y China propone un "diálogo de seguridad del Golfo". Todo ello ocurre en un sistema internacional donde las alianzas dejaron de ser rígidas: son flexibles y, a menudo, contradictorias.

También es evidente que los países del Golfo ya no aceptan ser meros escenarios de disputa: buscan convertirse en jugadores autónomos. Emiratos Árabes Unidos practica una "diplomacia de los estrechos", alternando acuerdos con Occidente, acercamientos a Irán y negociaciones con Asia. Arabia Saudita explora nuevas combinaciones de alianzas sin renunciar a Washington. Omán, históricamente neutral, sigue intentando mediaciones discretas para evitar que el estrecho se convierta en escenario de una confrontación abierta.

Desde hace tiempo, la región enfrenta una paradoja cada vez más pronunciada : aunque los países del Golfo necesitan estabilidad para no comprometer sus exportaciones, la ausencia de un mecanismo regional de seguridad efectivo vuelve permanente el riesgo de escaladas repentinas. Las iniciativas planteadas en la última década, como el Hormuz Peace Endeavor (HOPE) iraní o la arquitectura de seguridad propuesta por Rusia, no lograron avanzar más allá de la teoría y hoy lucen todavía más inviables en un contexto de creciente confrontación. De hecho, la ofensiva militar reciente terminó de cerrar cualquier margen para la construcción de un marco común de seguridad.

En este contexto, hoy el riesgo dejó de ser una abstracción: tras los ataques estadounidenses e israelíes sobre territorio iraní y la posterior respuesta de Teherán, el estrecho de Ormuz ingresó en una fase de disrupción sin precedentes desde la década de 1970. Ataques con drones y misiles contra buques comerciales, advertencias explícitas de la Guardia Revolucionaria y el retiro de cobertura por parte de aseguradoras marítimas derivaron en una caída abrupta del tránsito y en la suspensión de operaciones por parte de navieras globales como Maersk o MSC.

Más que un cierre formal, se consolidó un bloqueo de facto : el flujo energético global quedó condicionado no por la imposibilidad física de navegar, sino por la combinación de riesgo militar, costos prohibitivos y ausencia de garantías de seguridad. Ormuz dejó así de ser solo un termómetro del desorden internacional para convertirse en uno de sus aceleradores. La lección es clara: en un sistema internacional fragmentado, sin mecanismos regionales de seguridad efectivos y con potencias dispuestas a escalar, un estrecho de apenas unos kilómetros puede poner en jaque a la economía mundial.

El problema ya no es únicamente el estrecho, sino la velocidad con la que se desintegra el orden que lo contenía. Y es justamente esa velocidad -más que los misiles, los drones o el desarrollo de la IA- la que convierte a Ormuz en uno de los puntos más inquietos y críticos del mapa mundial.

Profesor de Relaciones Internacionales (Ucalp), especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP) y en Asuntos Transnacionales (FPHV)
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