Martes, 17 de Marzo de 2026

Microcrédito y tecnología

ColombiaEl Tiempo, Colombia 17 de marzo de 2026


Jesús Antonio Vargas Orozco
El microcrédito ha sido una herramienta de inclusión financiera que, por su propia naturaleza, implica costos operativos superiores a los del crédito tradicional


Jesús Antonio Vargas Orozco
El microcrédito ha sido una herramienta de inclusión financiera que, por su propia naturaleza, implica costos operativos superiores a los del crédito tradicional. La justificación ha sido clara: atender a pequeños empresarios informales, trabajadores por cuenta propia y poblaciones rurales requiere cercanía territorial, visitas periódicas, acompañamiento personalizado y asistencia técnica constante. El modelo intensivo en capital humano explicaba tasas más altas. Sin embargo, la tecnología cambió el modelo. Hoy, en Colombia, el ecosistema regulatorio impulsado por la Superfinanciera y la consolidación de fintechs especializadas han permitido integrar modelos de scoring alternativos basados en datos transaccionales, comportamiento de pago en servicios públicos, historial en billeteras digitales e incluso variables geoespaciales. Las metodologías de microcrédito —basadas en visitas físicas y evaluación subjetiva del asesor— han sido reemplazadas, en buena medida, por algoritmos de análisis predictivo. Modelos de machine learning que permiten estimar probabilidad de incumplimiento con mayor precisión y en menor tiempo. La originación digital reduce costos administrativos, automatiza procesos de verificación y disminuye el riesgo operativo. Además, la trazabilidad digital facilita monitoreo en tiempo real y alertas tempranas frente a deterioro de cartera. Si la tecnología ha reducido las barreras de información y ha mejorado la gestión del riesgo, ¿por qué el costo del crédito no se ha ajustado en la misma proporción? Parte de la respuesta puede encontrarse en la inercia institucional y en la estructura histórica del mercado. Muchas entidades continúan operando bajo esquemas diseñados para una realidad analógica, trasladando al cliente costos y prima de riesgo que ya no corresponden al nivel de eficiencia tecnológica. Cuando el costo operativo por cliente disminuye, el beneficio esperado debería trasladarse parcialmente al usuario en forma de tasas más competitivas. De lo contrario, el margen adicional no guarda coherencia con la narrativa de inclusión, menos en el sector rural. El microcrédito sigue siendo fundamental para el sector productivo informal. Pero su legitimidad social depende de que sus condiciones reflejen la realidad tecnológica actual. Si la digitalización ha democratizado el acceso a la información y ha optimizado la evaluación de riesgo, el debate ya no es solo financiero, sino ético y estructural: ¿estamos utilizando la tecnología para ampliar el acceso o para preservar esquemas de rentabilidad que mantienen la informalidad empresarial? En un país donde la informalidad productiva supera el 55%, revisar la estructura de costos del microcrédito no es un asunto menor. Esto compromete a reguladores, entidades financieras y fintechs por igual. Las ganancias provenientes de la tecnología no pueden quedarse en eficiencia interna; debe traducirse en mejores condiciones para quienes históricamente han pagado más por acceder al crédito.
Consultor Empresarial Jesusvargas.orozco@gmail.com
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