Entre urgencias y apuros
Las noticias apenas trascienden y ya se están borrando.
Da la sensación que cada día que pasa la cantidad de información y desinformación que recibimos es mayor. El celular es uno de los responsables. Nos acompaña permanentemente. Y, agrega datos de lo que sea. Plataformas, redes, mensajes y el diablo a cuatro nos siguen y no hay actos de la vida que no queden registrados en algún medio del Gran Hermano que nos acompaña en todo lo que hacemos.
Lo audiovisual cambia los hábitos. A medida que ideas y hechos nos llegan con imagen y sonido nos acostumbramos a la comodidad de recibir los relatos resueltos al instante. Los lectores de antes nos vamos habituando a pensar menos. Algunos sentimos que hemos ido perdiendo algo. De lo que el razonamiento era parte importante. La rebeldía ante lo nuevo no obsta a tener presente que desde las primeras letras y los dibujos pintados en las cavernas de Altamira (España) a hoy en el conocimiento y la comunicación el ser humano registra un progreso sostenido e imparable. Sin que la revolución tecnológica haya implicado el fin de la especie. Sino el advenimiento de nuevas formas de vida y organización social.
En los estudios universitarios de Derecho que conocí desde 1965 en adelante -vale para todos los oficios- no habían fotocopias, ni computadores, ni impresoras. Cuando a veces recuerdo la cantidad de libros que leíamos, de resúmenes que hacíamos, y que seguimos luego cotidianamente leyendo y ordenando es reflexión espontánea sentir que eso le pasó a otra persona. Especialmente cuando ante determinado problema que requiere una opinión docta uno de la vieja guardia busca respuesta en su memoria y un joven resuelve el asunto en fracción de segundos, después de teclear en una maquinita. Sin biblioteca.
Dentro de tres meses harán 40 años que escribo esta columna en El País. Con el pasaje del tiempo cuando la gente es más grande, tiene a sentir que la vida es corta. Es algo espacial porque con la edad al mirar hacia al horizonte que hay por delante, se lo siente cada vez más cerca. En los años de periodismo aludidos mirar la realidad, cambiar ideas con personas que tienen inquietud por lo que pasa en el mundo y en el vecindario, comentarlo y pasarlo a un texto público es vocacional. A lo largo de estos 40 años dentro del diario hemos tratado con personalidades singulares, inteligentes, con formación académica y espíritu libre, muchos de los cuales ya no están entre nosotros. Inevitablemente, a los cambios vinculados al periodismo y a la prensa que se mencionaron los conocemos por causa del diario vivir.
En la década del 60 del siglo pasado una veintena de jóvenes compañeras y compañeros nacionalistas le pedimos una audiencia al entonces Senador Martín R. Etchegoyen. Era una personalidad herrerista, del Partido Nacional, con sólida formación jurídica. Había pasado alguna cosa de impacto político en el país, siendo presidente el Sr. Jorge Pacheco Areco y nuestra visita era para pedirle un pronunciamiento público tajante. Lo que nos parecía debía de hacerse rápidamente. Recuerdo que nos dijo dos cosas. Una fue: "No se preocupen mucho, miren que antes que asuntos urgentes lo que hay son personas apuradas". Y, lo otro fue: "Sepan que en política las noticias duran 24 horas".
Lo último es para comentar que hoy -por lo dicho- las noticias viven "chiquísimas" fracciones de segundos.