En un país donde la corrupción ha perdido la vergüenza y muchos han normalizado lo inaceptable, urge hacernos una pregunta incómoda: ¿hemos olvidado qué es un líder íntegro?
En un país donde la corrupción ha perdido la vergüenza y muchos han normalizado lo inaceptable, urge hacernos una pregunta incómoda: ¿hemos olvidado qué es un líder íntegro?
Porque no se trata solo de elegir autoridades. Se trata de elegir referentes. Y hoy, más que nunca, estamos fallando en ambos. No solo por quienes llegan al poder, sino por lo que toleramos, justificamos o dejamos pasar.
Hace años escribí que quería un líder con valores, uno que pudiera hablarnos de ética con la cara en alto, porque la vive en cada acto. Hoy, esa aspiración parece casi ingenua. Pero no lo es. Es, en realidad, lo mínimo indispensable para cualquier sociedad que aspire a progresar de verdad.
Liderar es un acto de carácter. Y el carácter ?no el temperamento? es la coherencia sostenida entre lo que pensamos, decimos y hacemos, incluso cuando nadie nos ve. Es lo que se mantiene firme cuando todo invita a ceder. Por eso, en tiempos como estos, vale la pena recordar con claridad qué define a un líder íntegro:
Dice la verdad, siempre. No acomoda el discurso ni relativiza los hechos según su conveniencia.
No miente, no engaña, no roba, no soborna. Puede parecer obvio, pero hoy eso es excepcional.
Tiene una sola línea de conducta. No vive en la duplicidad ni en el doble discurso.
Honra su palabra. Cumple lo que promete, incluso cuando le cuesta.
Actúa con transparencia. No tiene nada que esconder ni teme ser observado.
Asume sus errores. No culpa, no evade, no se victimiza.
Resiste las tentaciones del poder. No se enriquece ni se sirve del cargo.
Pone el bien común primero. No lidera para su ego ni para su bolsillo.
Se enfrenta a los corruptos con valentía. No convive con ellos, aunque le cueste.
Tiene coraje. El necesario para decir ?no? cuando todos callan.
Es predecible éticamente. Su conducta genera confianza porque es consistente en el tiempo.
Respeta a las personas. No humilla ni abusa del poder que se le ha confiado.
Humanidad. Empatiza con el dolor y las dificultades de la gente. No finge para la foto, las encuestas o las redes.
No necesitamos líderes perfectos. Necesitamos líderes decentes. Personas que entiendan que el poder no es un privilegio, sino una responsabilidad. Que sepan que cada concesión ética, por pequeña que parezca, abre la puerta a una degradación mayor. Porque cuando la integridad desaparece en la cima, la corrupción se filtra inevitablemente hacia abajo, contaminando instituciones, decisiones y cultura.
Y eso es exactamente lo que estamos viviendo.
Tal vez el problema no es que no existan líderes íntegros. Tal vez el problema es que hemos dejado de exigirlos con firmeza, con claridad y sin concesiones. Hemos tolerado demasiado. Hemos relativizado demasiado. Hemos aplaudido el ?éxito? sin preguntarnos el ?cómo?. Y ese ?cómo? lo es todo. Es momento de cambiar eso. De volver a poner los valores en el centro. De volver a admirar el carácter. De volver a exigir decencia, sin matices ni excusas. El Perú necesita líderes íntegros. Y eso ?aunque algunos lo hayan olvidado? no es mucho pedir. Es lo mínimo.<FFFC>