Lunes, 23 de Marzo de 2026

La violencia sin fin

PerúEl Comercio, Perú 22 de marzo de 2026

Hay una fisura silenciosa ?y cada vez más violenta? que recorre el Perú

Hay una fisura silenciosa ?y cada vez más violenta? que recorre el Perú. No es solo la delincuencia, es una perversión del orden social. Un grupo creciente de ciudadanos (nacionales y extranjeros) ha decidido abandonar el camino del esfuerzo para instalarse en el de la extorsión. Ya no se trata de sobrevivir, sino de vivir del miedo y del esfuerzo ajeno. Mientras millones de peruanos se levantan temprano, trabajan, emprenden y sostienen a sus familias con dignidad, otros han optado por un atajo brutal: cobrar cupos, exigir ?colaboraciones? y convertir el plomo en el argumento principal. No producen, no construyen, no aportan; extraen, parasitan y arrebatan. Lo hacen con una mezcla de violencia y desparpajo que deteriora no solo la economía, sino la confianza misma en la convivencia y en la paz social.





Lo más grave no es solo el delito, sino su normalización. Comerciantes, transportistas, pequeños empresarios ?la base real del país? viven bajo amenaza constante. El mensaje que reciben es devastador: trabajar te expone; delinquir te empodera. Ese quiebre moral es quizás el daño más profundo.



Pero esta realidad no surgió de la nada. Es el resultado de años de abandono institucional, de un sistema de justicia lento e ineficaz, de una policía desbordada y, sobre todo, de una clase política que ha reaccionado tarde, mal o nunca. Cuando el Estado se retira, alguien ocupa ese espacio. Hoy lo ocupan las mafias y la delincuencia común.



Revertir esta situación exige algo más que operativos aislados o discursos enérgicos. Requiere una respuesta integral y urgente: recuperar el control del territorio, con inteligencia y presencia efectiva de la policía. Golpear la economía del crimen, siguiendo el dinero y desarticulando redes completas, no solo capturando eslabones débiles. Reformar el sistema de justicia para que la sanción sea rápida y real. Proteger a quienes denuncian, porque hoy el silencio es, muchas veces, la única forma de sobrevivir. Pero, sobre todo, exige recuperar algo que se está perdiendo: la idea de que el esfuerzo vale la pena; que trabajar no puede ser más peligroso que delinquir.



El Perú no está condenado a vivir en la violencia y el miedo. Pero salir de esta espiral requiere decisión política, instituciones que funcionen y una ciudadanía que deje de resignarse. Porque cuando el miedo se vuelve parte de la rutina, lo que está en juego ya no es solo la seguridad: es el alma misma de toda la sociedad.<FFFC>
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