Hace unos días sostuve un pequeño debate con un candidato al Senado sobre el uso de transgénicos
Hace unos días sostuve un pequeño debate con un candidato al Senado sobre el uso de transgénicos. El candidato se manifestaba rotundamente en contra. En el Perú, contamos con una moratoria vigente hasta el 2035, a pesar de que países vecinos como Argentina y Brasil ?así como más de 25 países en el mundo? los utilizan en el sector agrícola. Organismos como la FAO y las Naciones Unidas han señalado que los organismos genéticamente modificados tienen un gran potencial para mejorar la seguridad alimentaria, al incrementar el rendimiento agrícola. En un país donde el 51% de la población vive en situación de inseguridad alimentaria, poner este debate sobre la mesa resulta imperativo. Además, la Organización Mundial de la Salud ha señalado que no existe evidencia de que los alimentos transgénicos representen un riesgo para la salud humana. Asimismo, existen protocolos para su utilización con el fin de preservar nuestra muy preciada biodiversidad.
Si la evidencia científica es contundente a favor de su uso ?igualmente, siempre con precaución?, cabe preguntarse: ¿por qué existen candidatos al Senado ?así como actores políticos y ONG? que se oponen firmemente a levantar la moratoria? Es decir, la oposición difícilmente puede ser técnica, ya que la evidencia está claramente a favor del uso de los transgénicos. Desde una mirada más escéptica, podría tratarse de una oposición orientada a proteger a determinados grupos de interés.
Sin embargo, vale la pena ir más allá y considerar otra posibilidad: que la oposición responda a convicciones profundas, incluso impulsivas y emocionales, más que a criterios estrictamente racionales. No es raro que muchos actores políticos sustenten sus posiciones en lo anecdótico, lo mítico o en determinadas cosmovisiones. En ese sentido, la oposición a los transgénicos podría tener un fuerte componente moral.<2028> El candidato en cuestión lo expresó de la siguiente manera: ?Si un gusano no quiere comer la papa porque es transgénica, ¿por qué la querría comer yo? Va contra las leyes de la naturaleza?. Esta afirmación revela que su rechazo no se basa en evidencia científica, sino en una intuición moral vinculada a la idea de pureza. Para él, un alimento genéticamente modificado no es ?puro?, sino que está ?contaminado?, lo que genera una sensación de rechazo.
Aunque pueda parecer sorprendente, el disgusto es una emoción moral. Surge como respuesta a la percepción de impureza y puede trasladarse al plano político. Desde una perspectiva evolutiva, la contaminación es interpretada como una amenaza, activando lo que se conoce como el sistema inmunológico conductual, que genera emociones como el asco y promueve la distancia frente a posibles fuentes de daño, como los patógenos.
En el ámbito político, este mecanismo ha sido ampliamente estudiado. La activación del disgusto frente a amenazas percibidas puede manifestarse en distintos espectros ideológicos, tanto en sectores conservadores como progresistas.
Desde la psicología moral, podemos ubicar la oposición a los transgénicos dentro de la dimensión de pureza/santidad frente a degradación. Bajo esta lógica, la naturaleza es concebida como algo puro y sagrado, mientras que lo transgénico representa una forma de degradación asociada a la intervención humana. Así, la oposición a los transgénicos no sería principalmente ideológica, sino más bien una reacción profunda, intuitiva y, en muchos casos, instintiva.<FFFC>