Martes, 31 de Marzo de 2026

Lo que vendrá

ChileEl Mercurio, Chile 29 de marzo de 2026

Hoy ya no es necesario saber componer ni tocar algún instrumento ni mucho menos cantar, para producir música exitosa a nivel masivo. Entre los múltiples problemas de comprensión que se presentan, hay uno especialmente desafiante: la abolición de facto del concepto tradicional de autoría.

Tras regresar de París, donde estudió un tiempo con Nadia Boulanger (1887-1979), Astor Piazzolla (1921-1992) formó en Buenos Aires, en 1955, su famoso Octeto, con el cual grabó en 1957 un disco que, entre otras gemas, contenía una pieza fenomenal titulada "Lo que vendrá". Según indican algunos de sus biógrafos, el título daba expresión a la voluntad de Piazzolla de producir una verdadera revolución musical, que lograra poner al tango, anquilosado en su propio éxito de los años 30 y 40, a la altura de los nuevos tiempos. Por lo mismo, su música se presentaba como una suerte de anuncio del porvenir. En un sentido restringido, Piazzolla pudo ver cómo su vaticino se cumplía a través de su propia obra. Tuve la fortuna de presenciar cómo, a fines de los años 70, su música se convirtió poco menos que en objeto de culto, no para el público tanguero de los 30 y 40, sino para el público joven y hasta adolescente, que, desde comienzos de los 70, se había volcado al llamado " rock progresivo" o "elaborado" y seguía con fruición la música de grandes grupos -entonces no se decía "bandas"- como Emerson, Lake & Palmer, Yes, King Crimson, Jethro Tull, Pink Floyd y un largo etcétera. En esos años Piazzolla dio algunos conciertos inolvidables en Buenos Aires, con el acompañamiento de instrumentos electrónicos, incluso de sintetizadores, al estilo de Keith Emerson y Rick Wakeman. De repente, Piazzolla se había convertido en una estrella rockera o casi, aunque no mucho después volvió a una orquestación más tradicional. Sin embargo, ya había conquistado el éxito, que le había sido tan esquivo. Desde entonces, nadie se atrevió a descalificar su música como incomprensible o herética y, de pronto, eran cada vez más los que aseguraban haber sido "piazzollianos de la primera hora".
Sin embargo, tras medio siglo, la "revolución piazzolliana" se nos muestra ahora modesta y hasta conservadora. "Lo que vino", tras un par de décadas, no fue la revitalización del tango. Tampoco fue una elevación del nivel de la música popular, en general. Lo que vino fue, más bien, la transformación de esta en un producto industrial estandarizado y diseñado para satisfacer las demandas del consumo masivo. Hoy, como se sabe, ya no es necesario saber componer ni tocar algún instrumento ni mucho menos cantar, para producir música exitosa a nivel masivo. Desde los años 90, lo que cuenta, de modo creciente y tendencialmente excluyente, son los procesos de "producción" en estudio, cada vez más sofisticados, y los dispositivos, altamente tecnificados, que permiten presentar "en vivo" lo que, desde el punto de vista musical, no son sino productos enlatados, pues lo único que parece interesar, o casi, es la coreografía. El nivel de artificialidad y nivelación uniformadora alcanzado por esta vía es tal, que, por momentos, se tiene la impresión de que casi todo lo que se oye habitualmente es, más o menos, lo mismo. Por fortuna, quedan todavía reductos para melómanos de diversos perfiles, que, confieso, se me aparecen, cada vez más, como verdaderos oasis, en el creciente desierto del "pop" enlatado y el "reguetón" envilecido. Pero uno es viejo y no entiende mucho.
En todo caso, lo que me motivó a comunicar estas reflexiones poco simpáticas no es nada de lo anterior, sino, más bien, algo que "acaba de venir", mucho más etéreo y alucinante, sobre cuyas consecuencias es necesario tomarse tiempo para meditar. Lo resumo en dos noticias, una de ellas no tan reciente. La primera: el 22 de marzo de 2019 se presentó en el Centro Cultural de Roberto Cantoral de México una versión de la famosa Sinfonía Nº 8 de Schubert, inconclusa, que fue completada por medio de IA. La segunda: el 97% de los oyentes de plataformas de streaming no puede diferenciar canciones hechas con IA, que llegan a torrentes todos los días y, a veces, encabezan las listas de reproducciones.
Me pregunto cómo podemos encuadrar este nuevo escenario y si los medios conceptuales de los que disponemos resultan todavía útiles para intentarlo. Entre los múltiples problemas de comprensión que se presentan, hay uno que me parece especialmente desafiante: la abolición de facto del concepto tradicional de autoría. Esto es así no solo porque ya no hay autor humano por detrás de estas nuevas creaciones, sino, lo que es mucho más abismante, porque los autores humanos del pasado tienden a quedar privados de su individualidad irrepetible, para transformarse en tipos reproducibles. Por caso, la obra "de" Schubert puede ser ahora continuada mucho más allá de la Sinfonía Nº 8, prácticamente, al infinito. Y, al parecer, no está lejos el día en que se tenga por irrelevante seguir usando las comillas que acabo de poner en la expresión "de". Desde luego, todo esto no afecta únicamente a la música. Quien crea lo contrario, seguramente, está oyendo otra plataforma de streaming .
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