Ormuz y el shock de precios del petróleo: otro costo de la guerra en Irán
No estamos frente a un problema convencional de escasez, sino ante una amenaza sobre la accesibilidad de la oferta.
Durante los últimos años, una parte relevante del debate energético global estuvo dominada por la transición, la electrificación, la expansión de las renovables, la caída relativa de la intensidad energética en algunas economías, y la idea de que el sistema internacional había desarrollado mayores capacidades de absorción frente a episodios geopolíticos.
Luego de Ucrania, la llegada de la administración Trump en Estados Unidos y ahora la guerra en Oriente Medio volvieron a recordarle al mundo que cuando el riesgo vuelve a instalarse sobre un punto crítico de la infraestructura física del sistema energético, la geología, la logística y la seguridad material del suministro pesan más que la narrativa política. El shock actual no es, en su esencia, una simple perturbación de expectativas en el corto plazo; la crisis surge de una amenaza directa sobre los flujos de la cadena de suministro de los sistemas energéticos y por eso sus efectos son tan rápidos, extendidos y difíciles de neutralizar.
El corazón del problema es el Estrecho de Ormuz, que no es una ruta más en el comercio internacional de hidrocarburos. El Estrecho de Ormuz es el principal cuello de botella energético del planeta, porque por allí transita una porción relevante del petróleo que se comercializa globalmente y también una parte muy significativa del gas natural licuado que abastece a Asia y a otros mercados. Cuando ese corredor entra en zona de guerra, el mercado no reacciona solamente frente a la cantidad de barriles que efectivamente dejan de llegar de la oferta de Irán; reacciona ante la posibilidad de que una parte crítica de la oferta mundial quede físicamente atrapada detrás de ese punto de estrangulamiento. Esa es la diferencia central, porque no estamos frente a un problema convencional de escasez, sino ante una amenaza sobre la accesibilidad de la oferta.
Ese es el motivo por el cual el precio del petróleo ha superado la barrera de los 100 dólares por barril. En este tipo de crisis, el mercado no espera a que la escasez se materialice; el mercado descuenta el riesgo de una prolongación de la interrupción logística, que aumenten los desvíos, que se encarezcan los seguros, que se suspendan viajes y que la incertidumbre pase a convertirse en una restricción operativa. Cuando eso ocurre, el precio deja de reflejar solamente el equilibrio entre oferta y demanda y comienza a incorporar una prima de guerra asociada a la conectividad en ese nodo de la cadena de suministro global. Dicho de otra forma, el problema no es únicamente cuántos barriles se ofertan en origen, sino cuántos pueden llegar a destino, en cuánto tiempo y a qué costo final.
Allí aparece un primer tema clave para entender la magnitud de esta coyuntura. El sistema petrolero internacional funciona con una elasticidad limitada frente a interrupciones repentinas en las rutas críticas. Incluso cuando hay producción disponible en distintas regiones, no toda esa oferta puede reorganizarse con rapidez, los ductos alternativos tienen una capacidad acotada, los puertos no son sustituibles y las refinerías no procesan cualquier mezcla de crudos sin ajustes. Si a eso se agrega que los tiempos de navegación, los contratos, la logística y los seguros influyen en la construcción de precios, resulta claro que el mercado puede convivir con tensiones parciales o temporales de corto plazo, pero que, cuando la amenaza se ubica sobre un nodo por el que circula una fracción elevada de la energía global, la capacidad de compensación es mucho más reducida de lo que a veces se pretende transmitir con una declaración o un discurso político orientado a tranquilizar al mercado.
En este contexto, uno de los errores de cálculo más importantes de Estados Unidos fue haber subestimado la dimensión temporal del conflicto. Washington actuó bajo la premisa de que era posible combinar la escalada militar con una duración acotada del conflicto y una rápida normalización del corredor energético. Sin embargo, esa hipótesis fue equivocada y el conflicto no terminó resolviéndose dentro de una ventana temporal corta y manejable; por el contrario, la prolongación de la confrontación modificó completamente la lectura del mercado, y el sistema empieza a acumular tensiones en toda la cadena.
Ese componente temporal es decisivo porque, en los mercados de petróleo, el tiempo vale casi tanto como el volumen. Esa es una de las razones por las que el mercado siguió sosteniendo precios altos aun después de señales diplomáticas o anuncios de medidas de emergencia. Lo que estaba en duda no era simplemente la existencia de petróleo en el subsuelo o incluso en los almacenamientos disponibles, sino que está en duda la capacidad y continuidad del sistema de entrega en medio de un conflicto.
Aquí conviene introducir otro punto que suele recibir menos atención, pero que resulta absolutamente central para comprender la crisis: el mercado de seguros marítimos. En una crisis de esta naturaleza, no alcanza con considerar si un buque puede físicamente cruzar Ormuz. La pregunta es si puede hacerlo con cobertura válida, a qué costo y en qué condiciones. Cuando una ruta entra en zona de guerra, la navegación deja de depender sólo de la decisión del fletador y pasa a depender, en gran medida, de la disposición de aseguradores y reaseguradores a seguir tomando el riesgo y asegurar la carga. Las pólizas estándar suelen excluir guerra, terrorismo, minas, misiles, captura o ataques deliberados. Por lo tanto, el responsable de la logística debe recurrir a coberturas específicas de riesgo de guerra para operar con normalidad en un corredor como Ormuz bajo conflicto. Cuando esas coberturas se encarecen, se restringen o directamente desaparecen para ciertos trayectos, el efecto es muy similar al de una barrera física. Aunque el estrecho no esté totalmente cerrado, muchos buques dejan de navegar porque el costo del seguro vuelve inviable el viaje o porque el riesgo ya no puede ser colocado razonablemente en el mercado asegurador.
Este punto muestra que la crisis de oferta no necesita un cierre absoluto y permanente del estrecho para producir consecuencias equivalentes a una restricción severa. Basta con que las primas de guerra suban a niveles extremos, que algunos aseguradores retiren capacidad, que se endurezcan las condiciones de cobertura y que parte de la flota internacional adopte conductas defensivas para que una porción relevante de la oferta global deje de ser comercialmente accesible en condiciones normales.
También por eso importa entender que el problema actual no es sólo geopolítico ni exclusivamente petrolero. El encarecimiento de la prima de guerra incrementa el costo marginal de cada barril transportado, la contracción de la cobertura disponible reduce la oferta efectivamente accesible, las esperas, los desvíos y las cancelaciones de itinerarios alargan los tiempos de entrega y la permanencia de algunos operadores frente a la salida de otros fragmenta el mercado, deteriorando su eficiencia, su liquidez y su costo general.
Es a partir de este punto que puede analizarse el resultado de las medidas adoptadas por la administración Trump para contener el precio del petróleo, recurriendo al paquete habitual de instrumentos de emergencia que consiste en liberar reservas estratégicas, flexibilizar regulaciones y aliviar temporalmente ciertas restricciones comerciales, acompañando estas acciones con mensajes orientados a tranquilizar al mercado. Sin embargo, ninguna de esas herramientas produjo resultados reales y sostenibles en el mercado internacional del petróleo, porque todas actuaban sobre la disponibilidad contable de barriles, pero no resolvían el problema central, que era la inseguridad sobre la ruta crítica para el tránsito del petróleo global.
Liberar reservas puede amortiguar una perturbación puntual, suavizar picos extremos y enviar una señal política. Incluso puede ayudar a ordenar temporalmente el mercado interno de un país. Pero no reemplaza, durante semanas o meses, una ruta por la que transita una porción tan significativa del petróleo mundial. Lo mismo ocurre con las flexibilizaciones comerciales o regulatorias. Pueden servir para mejorar algunos flujos marginales, pero no actúan sobre la restricción real. En otras palabras, Washington intentó administrar el precio como si se tratara de un problema de inventarios, cuando en realidad se estaba enfrentando a un problema de logística global. Ese error conceptual es profundo, porque en una crisis logística de gran escala, el mercado no valora sólo cuántos barriles existen, sino dónde están, por dónde pueden moverse, cuánto demora su reemplazo, qué calidad tienen y en qué condiciones pueden ser utilizados. De allí que el mercado haya seguido incorporando una prima de guerra aun después de los anuncios oficiales.
A esto se suma otra limitación fundamental. La capacidad de respuesta de la oferta mundial hoy es menor de lo que muchos discursos políticos sugieren, porque aumentar la producción no es una decisión instantánea. Requiere inversiones, logística, servicios asociados y condiciones de mercado. Incluso en Estados Unidos, donde la narrativa de autosuficiencia energética ha sido políticamente poderosa, la realidad es que la producción no puede expandirse de manera inmediata para compensar una disrupción de esta naturaleza y reorientar los flujos del comercio global excluyendo el Estrecho.
Por lo tanto, el intento de Trump de instalar la idea de que la presión política, la señal al mercado y algunas medidas tácticas podían contener rápidamente el precio, terminó chocando con la estructura material del sistema energético global. No hay comunicación política ni liberación de reservas estratégicas capaz de neutralizar una amenaza prolongada sobre el principal cuello de botella petrolero del mundo.
Los efectos de esta crisis, además, no se limitan al petróleo, porque cuando el problema alcanza al Golfo también se afecta al gas natural licuado, a la petroquímica, a los fertilizantes, a los costos de transporte marítimo y, finalmente, se impulsa un efecto inflacionario global. El encarecimiento del crudo se transmite a toda la estructura de costos industriales y logísticos y la crisis deja de ser exclusivamente energética para adquirir una dimensión macroeconómica. En tal sentido, las economías importadoras netas comienzan a sufrir un doble impacto: mayor costo externo y menor capacidad de respuesta interna.
Para América Latina, este escenario exige una lectura particularmente cuidadosa. La región no es homogénea, porque hay países exportadores y países importadores. Hay sistemas más expuestos al precio internacional del petróleo y otros relativamente amortiguados por matrices eléctricas más renovables. Pero incluso en los países con mayor participación de renovables en la generación eléctrica, un shock petrolero de esta naturaleza sigue teniendo efectos relevantes sobre transporte, inflación, costos productivos y cuentas externas. El conflicto vuelve a mostrar que la seguridad energética no depende solamente de producir más energía internamente, sino también de reducir vulnerabilidades estructurales frente a puntos críticos del abastecimiento.
En síntesis, el sistema energético internacional continúa descansando sobre infraestructuras muy concentradas, con redundancias insuficientes y con una fuerte dependencia de la estabilidad geopolítica en regiones críticas. Más allá del episodio concreto, el conflicto con Irán deja una enseñanza más, la seguridad energética global sigue siendo mucho más frágil de lo que a veces se admite. Sigue dependiendo de nodos estratégicos cuya interrupción parcial puede alterar precios, costos industriales y comercio a escala global.
En definitiva, lo que estamos viendo es el retorno del shock de oferta en su forma más clásica porque vuelve a recordarnos que, cuando se pone en riesgo el flujo físico de hidrocarburos, eso se refleja en precios y tiene un impacto de alcance global.
Se podrán seguir ensayando medidas tácticas para contener el precio, pero mientras la conectividad del Golfo siga bajo amenaza, el petróleo seguirá incorporando una prima de riesgo geopolítico en su precio.