El café,
salud y vida
Margarita Bernal
Hay algo profundamente cotidiano en el café
Margarita Bernal
Hay algo profundamente cotidiano en el café. No necesita explicación ni discurso. Aparece en la mañana, cuando el día apenas se organiza, o a media tarde, cuando hace falta recomponerse. Justamente por estar presente todos los días, vale la pena preguntarse qué lugar ocupa en la salud. Durante años se le miró con sospecha y desconfianza. Muchos estudios lo asociaron con problemas cardiovasculares, porque no siempre lograban separarlo de otros hábitos como el cigarrillo. A eso se sumaron los efectos visibles de la cafeína —el pulso acelerado, cambios transitorios en la presión arterial— y las recomendaciones médicas de la época, que ante la duda tendían a restringir más que a investigar. Hoy la evidencia científica ha cambiado esa conversación: consumido con moderación, no solo no hace daño, sino que se asocia con beneficios concretos. Diversos estudios han encontrado una relación entre su consumo habitual y una menor mortalidad por enfermedades cardiovasculares, así como un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 y enfermedades neurodegenerativas. Más allá de la cafeína, que mejora el estado de alerta y la concentración, contiene una alta cantidad de antioxidantes. Estos compuestos ayudan a reducir el estrés oxidativo, un proceso que interviene en el envejecimiento celular y en el desarrollo de enfermedades crónicas. Pero ojo no se trata de cualquier café: hablo del de buena calidad, bien tostado, sin quemarlo, donde sus compuestos se preservan y resaltan mejor. La ciencia también pone límites. No todo es para todos. Hay personas sensibles a la cafeína, a los momentos del día en los que conviene evitarlo y a formas de preparación que pueden incidir en cómo se absorbe, incluso si se le agregan endulzantes, leches o sabores artificiales. La medida importa: entre tres y cuatro tazas al día suele considerarse un consumo seguro para la mayoría de adultos sanos. Pero no solo actúa en el cuerpo. También incide en el estado de ánimo, en las emociones. Prepararlo, olerlo, esperar, servirlo. Ese ritual, repetido a diario, tiene un efecto que no se mide en estudios, pero que incide positivamente en el bienestar. Introduce una pausa, marca un inicio, permite retomar el ritmo. El café es encuentro. Es la excusa para sentarse, para hablar, para negociar, para conocerse. Es la mesa donde empiezan conversaciones, donde se toman decisiones, donde a veces se dicen cosas que no se dirían de otra manera. Es también el lugar del afecto, de la cercanía, de la amistad, incluso del amor. Compartir un café es una forma de relación. La salud no es solo la ausencia de enfermedad. Es también lo que nos conecta, lo que nos emociona, lo que nos hace sentir bien. Por eso el café, no se queda y termina en la taza. Se queda en la vida. Buen Café.
Comunicadora y consultora gastronómica.