Viernes, 10 de Abril de 2026

Doble vara: cautela en Ucrania audacia en Irán

ColombiaEl Tiempo, Colombia 10 de abril de 2026


Rafael Herz
La política exterior de Estados Unidos ha dejado de disimular sus contradicciones


Rafael Herz
La política exterior de Estados Unidos ha dejado de disimular sus contradicciones. Si antes la diferencia entre su postura frente a Ucrania y su actitud hacia Irán podía explicarse como matices estratégicos, la reciente escalada hacia una confrontación abierta con Irán ha expuesto algo más profundo. No solo una doble vara, sino una incoherencia difícil de justificar. En Ucrania, Washington mantuvo durante años una estrategia marcada por la contención. Apoyo militar, sí, pero medido, respaldo político, pero condicionado, sanciones, pero sin cruzar ciertas líneas. El objetivo nunca fue una victoria rápida y decisiva de Ucrania, sino evitar una escalada directa con Rusia. Esa cautela, presentada como responsabilidad global, terminó traduciéndose en una guerra prolongada, donde el aliado es sostenido lo suficiente para resistir, pero no para imponerse. Sin embargo, esa misma lógica desaparece cuando el escenario es Irán. La intervención directa de EE. UU. marca un punto de quiebre. De la prudencia casi paralizante en Europa del Este, se pasa a una acción mucho más decidida en Medio Oriente. El contraste es brutal. En Ucrania, el temor a escalar frente a una potencia nuclear justificó una política que muchos consideran insuficiente. En Irán, ese temor parece relativizarse, a pesar de que las consecuencias regionales —e incluso globales— pueden ser igualmente impredecibles. No se trata de principios, sino de cálculo. Rusia representa una amenaza directa al equilibrio global con posibles implicaciones para un riesgo existencial. Irán, en cambio, aunque poderoso en su región, no tiene la misma capacidad de destrucción global. A esto se suman intereses económicos. La guerra en Ucrania ha reconfigurado el mercado energético europeo, abriendo espacio para que EE. UU. fortalezca sus exportaciones de gas y reduzca la dependencia europea de Rusia. Sin necesidad de intervenir directamente, Washington ha obtenido beneficios estratégicos y económicos significativos. En el caso de Irán, el cálculo es más sensible. La región concentra algunas de las rutas energéticas más importantes del mundo, y cualquier alteración en el equilibrio afecta directamente los precios del petróleo y la estabilidad de los mercados globales. Lo preocupante no es solo la diferencia de respuestas, sino lo que esta revela sobre el orden internacional. EE. UU. no actúa ya como un garante de normas universales, sino como un actor que decide cuándo aplicarlas y cuándo ignorarlas. Esta inconsistencia tiene consecuencias. Para Ucrania, refuerza la percepción de que su destino está condicionado por intereses externos, se le apoya, pero no se le prioriza. Para el resto del mundo, envía un mensaje claro en cuanto a que la defensa de principios depende del contexto. La intervención en Irán reconfigura la lectura de la guerra en Ucrania. Lo que antes podía interpretarse como prudencia ahora se ve como una forma de contención interesada, incluso de cálculo frío. La comparación ya no deja espacio para ambigüedades. EE. UU. no busca coherencia, sino eficacia. Y en ese camino, la distancia entre lo que dice defender y lo que realmente pretende es difícil de ignorar.
Analista Internacional.
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