Domingo, 12 de Abril de 2026

Apoteosis del kitsch

ChileEl Mercurio, Chile 12 de abril de 2026

Kitsch es: cursi, falso, artificial, banal, sensiblero-sentimentaloide, imitación, mal gusto, vulgar, recargado, exceso, baratija. ¿Es tan serio el asunto como para denominar a la cultura actual con epítetos tan injuriosos?

Gilles Lipovetsky es de esos raros pensadores franceses contemporáneos que sí le han dado en el clavo, como cuando en los albores de los 80 definió la posmodernidad como el fin de los grandes relatos ideológicos, es decir, antes de la caída del Muro, como lo plantea en su ya clásico, La era del vacío, donde analiza no solo una nueva sociedad secular y despolitizada, sino una en esencia individualista y entregada ciegamente al consumo hedonista en una espiral inagotable de vacío existencial. Esa nueva sociedad que surge, la que se ha dado en llamar posmoderna, ¿ha dado lugar a una nueva estética? Vaya que sí, y la desarrollan Lipovetsky y Jean Serroy en La nueva era del kitsch. David Rieff, antes citado en estas páginas, había planteado en Deseo y Destino que la cultura kitsch sería aquella que dominará el siglo en marcha. Si revisamos algunas de las acepciones más aceptadas de un término tan elástico, sabremos de qué hablamos. Kitsch es: cursi, falso, artificial, banal, sensiblero-sentimentaloide, imitación, mal gusto, vulgar, recargado, exceso, baratija. ¿Es tan serio el asunto como para denominar a la cultura actual con epítetos tan injuriosos?
La nueva cultura, y aquí hablamos de una que sí es hegemónica, es la cultura de masas. La vieja dicotomía de alta y baja cultura ya no existe. Esas fronteras se derrumbaron. Hoy es la masa la que sanciona la cultura cuya única medida es la magnitud, la cantidad, la masividad, ni tampoco tiene una contracultura que la ataque desde los márgenes, porque, paradojalmente, se supone a sí misma como la contra de la alta cultura. La cultura de masas carece de depredador y se ha quedado con la victoria ya que la academia considera que cumple con el ideal democrático de alcanzar a todos los estratos. Impugnarla es un refunfuño nostálgico y reaccionario. La masa y la academia se extasían con los balloon dogs de Jeff Koons que se exhiben en el Guggenheim de Bilbao o su Bailarina sentada frente al Museo de Ciudad de México, o sus escenas en porcelana de Limoges, todas piezas que son el paroxismo del kitsch , una celebración de la bagatela, una mueca, una mofa, irónica se supone, del gran arte canónico. Koons, un excorredor de bolsa de Wall Street, cumple con otra característica del kitsch : ser uno de los artistas mejor pagados del mundo. Misma condición de artista multimillonario cumple Damien Hirst, con su tiburón en formol, o los cráneos humanos engastados en diamantes, o el becerro con cuernos y pezuñas de oro. Estas burlas son graciosamente pagadas por esas obscenas nuevas fortunas asiáticas o árabes que son en sí mismas otro síntoma del kitsch . El kitsch contemporáneo se define por tres coordenadas. Espectacularización extrema: desmesura, hipertrofia, grandilocuencia; efecto emocional: escenificación de sentimientos previsibles con el fin de suscitar emociones básicas; estandarización: simplificación, contenidos tópicos utilizados de manera maniquea y vulgar, (el Holocausto o el racismo en clave music hall ). Un arte de productos estandarizados es el opuesto a "ese arte que se dirige a un yo olvidado de sí mismo, hacia aquello insólito y extraño", que define Paul Celan. Por el contrario, el kitsch está volcado hacia el afuera, hacia la exhibición, ya no son los enanitos de jardín, sino la ostentación; es alarde, pretende mostrar, no demostrar. En el ámbito de la literatura, importantes premios internacionales laurean hoy día literaturas que con propiedad serían folletines rosas y que hoy se elogian sin ningún escrúpulo. Esto es, obras donde se idealiza al héroe y la heroína, se muestra la vida como el autor o autora quiera que fuese, donde el argumento se ajusta siempre a un simple mecanismo de buenos y malos. Nada muy lejos de Corín Tellado, la que hoy día tendría seguro un reconocimiento de mayor estima. La crítica, el rasero, ha sido reemplazado por el influencer , cuyo argumento suele ser, "me llegó al corazón", como si no hubiera en el arte otro valor que la emoción primaria. Una obra es kitsch , o su prima hermana, cliché, si sospechamos que fue creada por una IA o sospechamos que sería fácilmente producida por ella. La IA, esta nueva tecnología que tiene a tantos tan contentos, es el gran dispensador de clichés, lugares comunes, copias espurias, puesto que trabaja con gustos, valores, estéticas masivas y promedio. No por nada es uno de los símbolos de esta época.
Si bien el arte se mueve, entre otros, por el principio de seducción, provocar placer, el "arte de gustar", no es desde luego su fin último, pues el arte complaciente, como ocurre con todo arte que ha intentado halagar su época, sucumbe al paso del tiempo y es muy probable que mucho de esta industria no deje huella ninguna ni quede en la memoria de nadie. Pero, por otro lado, a quién podría importarle eso.
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