El boomerang de Trump: China en medio de guerras
Una parte no menor de la resiliencia actual de China es, paradójicamente, consecuencia de la propia guerra comercial que procuraba limitarla.
"Nadie sabe para quién trabaja" suele decirse para describir que, a veces, los actos y esfuerzos propios terminan beneficiando a otros. ¿Le está ocurriendo eso a Donald Trump con China? ¿Se le volvió un boomerang a Estados Unidos la nueva guerra comercial que impulsó? ¿También quedará China económicamente mejor parada tras la guerra de Irán?
Cuando en el último tiempo alertaba sobre la desaceleración económica de China, el balance y el pronóstico eran mixtos. Por un lado, tenía espacios de corto plazo para pasar a "modo estímulo" en medio de presiones deflacionarias. Pero, por otro, se extendían dudas sobre el avance en políticas de oferta para reimpulsar a la larga el crecimiento potencial.
El desempeño de 2025 y el inicio de 2026 parecen confirmar el diagnóstico y las perspectivas. El cuadro cíclico es relativamente favorable, sin que se despejaran los nubarrones estructurales.
La economía china evitó un aterrizaje desordenado y dejó atrás el escenario deflacionario, pese a la guerra comercial y al peor entorno externo. El PIB ha estado creciendo cerca de 5% y los principales indicadores de inflación (mayorista, minorista) volvieron a cifras interanuales positivas.
Previsiblemente, detrás de eso estuvieron las políticas expansivas de demanda: relajamiento monetario, bajísimas tasas de interés, estímulos fiscales y fomento selectivo del crédito. Si bien han continuado la debilidad del consumo y el ajuste inmobiliario, no decayó mucho el dinamismo de las exportaciones a mercados distintos de Estados Unidos, ni ciertas inversiones en alta tecnología e infraestructuras. La guerra de Irán ha funcionado hasta ahora como una prueba de resistencia.
Ese desempeño no es independiente de la presión externa ejercida por Trump. La guerra comercial empujó a China a diversificar mercados, fortalecer su posición en cadenas tecnológicas sensibles, profundizar la integración con Asia y otras regiones, y reordenar su matriz de crecimiento hacia exportaciones de mayor valor agregado y obra pública más selectiva. Con el shock petrolero reciente, esa combinación le permite absorber mejor que otros el aumento de costos energéticos y aprovechar la mayor demanda de bienes vinculados a eficiencia energética y transición verde.
En ese sentido, una parte no menor de la resiliencia actual de China es, paradójicamente, consecuencia de la propia guerra comercial que procuraba limitarla.
Los mercados financieros han empezado a reflejar este "triunfo relativo". La Bolsa de Shanghái giró hacia un mejor desempeño relativo tras años de rezago, mientras que el yuan alcanzó máximos desde 2023 y los bonos locales no perdieron atractivo pese a las bajas tasas de interés asociadas.
Nada de esto invalida, sin embargo, la perspectiva más cautelosa de largo plazo.
El crecimiento potencial parece claramente menor que en la década pasada; la demografía se vuelve un lastre más evidente; la productividad total de factores casi no crece; el ajuste del mercado inmobiliario está lejos de concluir; la inversión privada sigue rezagada frente a la estatal; y la política privilegia la seguridad, el control y la autosuficiencia por sobre las reformas pro mercado.
Al mismo tiempo, la rivalidad con Estados Unidos se ha desplazado del plano estrictamente comercial hacia la tecnología, las finanzas y la seguridad, en un contexto donde los conflictos geopolíticos y la guerra de Irán elevan la prima de riesgo global y complican a socios comerciales
importantes de China. El estímulo "funcionó" para ganar tiempo y evitar una corrección desordenada, pero no ha modificado estos límites de fondo.
Desde la perspectiva de Estados Unidos, el saldo también es ambiguo. Las medidas de Trump ayudaron a reducir la dependencia de ciertas cadenas, promovieron reshoring y friendshoring en segmentos críticos y expusieron vulnerabilidades del modelo chino. Pero al mismo tiempo, aceleraron la autonomía comercial y tecnológica de su rival, obligaron al resto del mundo a reordenar vínculos en torno a nuevos bloques y contribuyeron a erosionar algunas de las bases del liderazgo económico norteamericano. El resultado es un mundo más fragmentado, con mayor incertidumbre y menor crecimiento global.
Visto así, el boomerang de la guerra comercial no ha vuelto exactamente a la mano del lanzador, pero tampoco ha golpeado en el objetivo declarado.
China llega a 2026 previsiblemente más resiliente que lo que anticipaban cuando se discutía su "modo estímulo", pero sigue condicionada por los mismos desafíos estructurales.
EE.UU. preserva ventajas decisivas en tecnología, energía y finanzas, aunque con costos crecientes en términos fiscales, políticos y de orden internacional.
En ese tablero, la combinación de macro resiliente y activos que corrigen parte de su rezago sugiere que, por ahora, China emerge como triunfadora en términos relativos, pero en un mundo más proteccionista y menos globalizado, que le es menos favorable. Por eso defiende la fluidez del comercio global en una posición que recuerda a la Inglaterra del siglo XIX. Porque lo contrario la complica. Tanto más, cuanto menos reformas estructurales (de oferta, pro crecimiento potencial) promueva para balancear sus clásicos estímulos de demanda.