Mariquitas Pérez
Parece haber un patrón en nuestro ambiente de atacar a las figuras femeninas de la política no con argumentos válidos, sino con descalificaciones personales de corte machista.
La "Mariquita Pérez" fue la muñeca más famosa de España. Apareció en la Segunda Guerra Mundial y era el juguete símbolo de estatus y belleza.
Pero como muchas otras cosas, el término "Mariquita Pérez" fue importado a Latinoamérica con un sentido distorsionado. Acá, los "mariquitas Pérez" eran los maltratadores de mujeres. "Mariquita Pérez le pega a las mujeres", se decía en el patio del colegio cuando yo era chico.
Me acordé de esto ahora, porque ya me llenó el canasto el maltrato sistemático a cuatro mujeres del Gobierno: las ministras Mara Sedini, Ximena Lincolao, Trinidad Steinert y Judith Marín. A todas las han agredido -a una físicamente; a las otras, de manera verbal y digital- por cosas distintas, pero con un común denominador: su biografía.
O es su origen, su etnia, su cuna; o sus creencias, su religión, su culto; o su biotipo, el color de piel o de pelo que heredaron; o algo que supuestamente hicieron en su vida privada pasada, como sus amores o sus ganancias o sus pérdidas.
Y el ataque ha sido feroz. Sin piedad. Disparando al cuerpo.
Es cierto que no es la primera vez que algo así ocurre. A Ena von Baer, la primera ministra vocera del primer gobierno de Sebastián Piñera, también le dieron duro. La caricaturizaban haciéndola parecer poco inteligente. A la propia Michelle Bachelet, en su primer mandato, le decían que "no daba el ancho" para el cargo, haciendo un juego de palabras mezclando capacidad intelectual con aspecto físico. Sus cercanos acusaron intento de "femicidio político".
Como ven, parece haber un patrón en nuestro ambiente de atacar a las figuras femeninas de la política no con argumentos válidos, sino con descalificaciones personales de corte machista.
Las mujeres políticas no pueden ser ni regias ni feas, ni gordas ni flacas, ni locuaces ni reservadas, ni elegantes ni casuales, ni enérgicas ni comprensivas, ni autoritarias ni dialogantes.
Los políticos hombres, en cambio, son inmunes. A nadie le importa que varios ministros de Kast sean medio pelados, que algunos no terminaran las sesiones con el fonoaudiólogo, que los ternos les queden o muy sueltos o muy slimfit , que a no muchos los invitaríamos a un carrete. Ellos pasan piola.
En cambio, a estas cuatro ministras las tratan de hacer bolsa, pese a que son especialmente power . Y tienen un común denominador: son muy valientes.
Mara Sedini, quien ha tenido el coraje de ser madre de acogida de niños vulnerables a los que después tiene que dejar ir, ha soportado los ataques con entereza. Ximena Lincolao, que tuvo el atrevimiento de irse a buscar sola y con 500 dólares en el bolsillo un futuro a EE.UU. (y triunfó big time ), decidió quedarse en Chile a servir como ministra pese a todo. Trinidad Steinert enfrentó al Tren de Aragua en el norte y metió presos a varios de sus líderes pese a las amenazas de muerte. Judith Marín, a sus 30 años de edad, decidió no cambiar ni de barrio ni de religión, pese a los amedrentamientos e insultos recibidos.
Son mujeres bravas de verdad, un orgullo para Chile. Son el antónimo de los "mariquitas Pérez" que las maltratan parapetados en la masa, en las redes o en sus disfraces.
Estas cuatro ministras están para que Arjona les haga una versión actualizada de su canción "Mujeres".
Por mientras, al menos les dejamos una humilde columnita de Joe Black.