Cada cinco años, los resultados de las elecciones nos hacen reaccionar, con furia, con rabia, con decepción
Cada cinco años, los resultados de las elecciones nos hacen reaccionar, con furia, con rabia, con decepción. En realidad, en la mayoría de los casos, con miedo. El ver que candidaturas con ofertas antisistema pasen a segunda vuelta ponen al sector privado, y sobre todo a la clase más alta del país, en vilo. El hecho de que José Mercedes Castillo Terrones sea uno de los senadores más votados nos está diciendo algo. Hay una población que quiere ser reivindicada porque se siente agraviada. Una población que, para los grupos de poder económico del país, es invisible.
En el Perú hay una enorme fractura. Quienes habitamos este país no nos reconocemos como pares, como iguales. En consecuencia, creemos que quienes piensan distinto lo hacen porque no tienen suficiente información. Peor aún, que no tienen derecho a pensar distinto ni a decidir. Y en ese proceso de construcción de una democracia, lo cuestionamos todo. Desde quiénes tendrían derecho a votar hasta quiénes tendrían la posibilidad de ser elegidos. Pero no entramos realmente a analizar cuál es el rol del sector privado en defender la democracia y las instituciones. En lograr construir una nación, donde exista cohesión social, respeto y donde, sobre todo, haya igualdad ante la ley.
El sector privado no puede desentenderse de lo que ocurre en el país y limitarse a defender la libertad económica. Creer que su único rol es generar riqueza, puestos de trabajo y pagar impuestos, es equivocado. Por supuesto, el sector privado no debe reemplazar al Estado. Pero sí tiene la obligación de, utilizando el enorme poder que tiene, exigir que el Estado sea más eficiente. Demandar rendición de cuentas, denunciar intentos de extorsión por parte de las autoridades y, los casos que todos conocemos, de corrupción. Pero, además, los líderes empresariales necesitan ejercer un liderazgo ciudadano para lograr que el Estado efectivamente exista. Necesitamos que ese 51% de hogares que no tiene servicios básicos acceda a ellos, mejorar la educación y el acceso a servicios de salud. Pero también justicia e infraestructura. Necesitamos conectar al Perú y escuchar a esos peruanos que no piensan como nosotros. Que viven en el campo, en el monte y en ciudades donde no hay Estado, entender su visión y por qué quieren un Perú distinto. Porque esos peruanos quieren ?y deben? ser escuchados.
¿Qué estamos haciendo desde el sector privado para que eso ocurra? Muy poco. Y podemos hacer mucho. Desde distintos espacios. Primero, debemos reconocer que quienes tenemos privilegios tenemos la enorme responsabilidad de usarlos para ayudar a mejorar la vida de quienes no los tienen y permitirles acceder a oportunidades. En el Perú no existe filantropía. Y esto es lamentable, porque no ayudamos a construir un mejor país. A igualar la cancha. El mayor recurso que existe en un país es su capital humano. ¿No deberíamos ocuparnos de que este sea desarrollado al máximo? ¿No debería el sector privado asumir, por ejemplo, las becas que el Pronabec ha cancelado? Son más de 300 jóvenes que se están quedando sin la oportunidad de ir a las mejores universidades del mundo. Jóvenes a los que estamos privando de un futuro por la incapacidad del Estado y la miope visión del sector privado.<2028> En los países desarrollados hay una cultura de filantropía. Las familias con recursos devuelven a la sociedad. Financian becas, hospitales, universidades, colegios, orfanatos, bibliotecas, investigación, arte y cultura, fundaciones y ONG que trabajan en campo. En el Perú nos miramos el ombligo y nos creemos ciudadanos del mundo.<FFFC>